Honrados traidores
El que no es capaz de traicionar a nadie ya no es libre, precisamente porque no tiene ninguna clase de relación frente a la cual esté en juego su existencia.
Conrad apuntó a su amigo, el General, por la espalda. Quería -acaso ya tuviera- a su mujer. Así las cosas en el mundo y en la novela de Sándor Márai, El último encuentro. La traición ya no parece ser un tema principal, igual que la gloria y el honor. Konrad no pudo matarlo y huyó al trópico; demasiados años pasaron hasta que volvieron a verse las caras. Esa traición fue suficiente para que un aristócrata y burgués con sentido absoluto del deber esperara al amigo de la juventud, para escuchar sus motivos, comprender la deriva de su deseo, conocer la verdad como si, tantos años después, tuviera algún peso en la experiencia de la traición.
Tenemos relaciones fundamentales, otras que vienen y van, otras de pura cordialidad. El israelí Avishai Margalit escribió un libro al respecto: Sobre la traición. Habla de las relaciones espesas, que implican pertenencia, expectativas normativas fuertes, lealtad y cuidado, reconocimiento mutuo. Según parece, no pueden reducirse a reglas impersonales ni a densos contratos. Quizá por eso el general esperó 41 años; la fractura que se da en la traición es decisiva para los asuntos humanos, ni que hablar para la personalidad.
"Éramos amigos, y esta palabra tiene unos significados cuya responsabilidad sólo la conocen los hombres. Tienes que ser consciente de la absoluta responsabilidad que contiene esta palabra", asevera el general. Se deja ver en las palabras el fundamento de la traición: la responsabilidad incuestionable que hace eco de la noción de relación espesa de Margalit. La amistad, de hecho, es una de las formas del espesor relacional. Precisamente por ello, la traición no es solo causar un daño al otro, ni decepcionarlo, ni ser injusto con él. Lo brutal de esta clase de experiencia está en la fractura radical desde dentro de la pertenencia.
Si es verdad eso que ha dicho Zygmunt Bauman hasta la saciedad en cuanto a la liquidez de nuestros tiempos, de lo poco sólida que es nuestra cultura "del desapego, de la discontinuidad y del olvido", está claro que la misma idea de traición parece una antigüedad. Ahora bien, no es lo mismo la descripción diagnóstica de una época, de los vicios de una cultura o de las ineptas derivas de los hombres, que señalar cierto aspecto propio de la realidad. El hecho subjetivo-cultural de que la traición no tenga posibilidad de emerger porque las clases de relaciones que se dan anulan el discurso que referiría a esa realidad, no significa que, en última instancia (esto, a pesar de muchos, todavía es de interés fundamental para la filosofía), no haya cierta clase de fenómeno relacional de la cual sí se puede, contra toda confusión, predicar lo propio de la traición.
En principio, la traición importa porque el hecho mismo de que los espacios de emergencia de la traición como fenómeno discursivo sean reducidos demuestra lo estúpida que es nuestra concepción de la libertad. Extrema se tangunt. No hay nada menos libre, en primera instancia, que la identificación con la inmediatez y, sin embargo, es precisamente en todo lo inmediato -el deseo sin reflexión, las ideas espontáneas, la autenticidad concebida como decir cualquier cosa, la intensidad de las amistades rotativas, etc.- donde creemos encontrar lo más libre; una libertad mal concebida y líquida, a decir de Bauman. Por eso se tocan los extremos: en cierto sentido, esas intensidades espontáneas son fachadas de la libertad, sin que den el núcleo de lo que implica fundamentalmente su concreción.
El que no es capaz de traicionar a nadie ya no es libre, precisamente porque no tiene ninguna clase de relación esencial, espesa, significativa y profunda desde donde se constituya su identidad y frente a la cual esté en juego su existencia. El hiper-subjetivista contemporáneo y el individualista a ultranza no pueden traicionar. No hay nada que lo sostenga con el otro y nada en ello que lo ponga en juego. Sin embargo, es distinto decir que uno no puede traicionar a que uno no traiciona. Quizá sea significativo para la vida en común poder traicionar, ser capaz de romper la pertenencia. ¿No sería eso declarar que la pertenencia tiene, todavía, sentido? Parece ser que una vida sin la posibilidad de la traición carece de relaciones fundamentales.
Yo no sé qué haya esperado el general. A lo mejor, lo que le interesaba, más que las explicaciones, era la comprensión, que no necesariamente justifica. La traición le pesaba porque algo verdaderamente quedó fracturado y quiso que el mundo volviera a tener forma. Muchas veces la caída de los mundos está en la desaparición de ciertas palabras del discurso. La cuestión, no obstante, no es una vanidad del vocabulario porque una palabra que se disuelve del espectro de lo significativo refiere a los modos de concebir lo más esencial dentro de una sociedad.
En última instancia, la pérdida de la traición señala lo que falta en la libertad, cuya densidad más propia puede aparecer, lejos de vicios subjetivistas e individualistas, pero también de rancios colectivismos, cuando existe pertenencia entre los hombres. Quizá eran mejores los tiempos en que fuimos honrados traidores, no por virtud ni sensatez, ni siquiera por diversión; esa honradez seguramente estaba en que la libertad no era como mobile qual piumma al vento, como se canta en Rigoletto.