Domingo, 15 de Febrero de 2026

Perspectivas de la economía global: resiliencia engañosa y riesgos crecientes

ChileEl Mercurio, Chile 15 de febrero de 2026

Los informes de enero del FMI y del Banco Mundial sobre las perspectivas de la economía global entregan, con matices, un mensaje que parece tranquilizador a primera vista: el año 2025 la economía mundial volvió a mostrar una notable resiliencia

Los informes de enero del FMI y del Banco Mundial sobre las perspectivas de la economía global entregan, con matices, un mensaje que parece tranquilizador a primera vista: el año 2025 la economía mundial volvió a mostrar una notable resiliencia. En medio de shocks arancelarios originados en Estados Unidos, crecientes tensiones geopolíticas, déficits fiscales elevados en Estados Unidos y otros países avanzados, y una incertidumbre sobre las políticas económicas inusualmente alta, el crecimiento global -medido en paridad de poder de compra- habría alcanzado 3,3%, superando las proyecciones previas e igualando el registro de 2024.
Sin embargo, el dinamismo observado respondió a fuerzas muy específicas y, en parte, transitorias, que compensaron los efectos de los shocks y de la mayor incertidumbre. Por un lado, la inversión asociada a la inteligencia artificial -tanto en firmas desarrolladoras y proveedoras como en empresas usuarias- ha generado un impulso relevante a la demanda, especialmente en Estados Unidos y en algunas economías asiáticas exportadoras de tecnología. A ello se sumaron estímulos fiscales significativos y condiciones financieras más favorables de lo proyectado para empresas y hogares.
A estos factores se añadió un elemento coyuntural difícilmente repetible: el adelantamiento de importaciones por parte de empresas estadounidenses, y de producción de parte de países oferentes, para evitar los aranceles anunciados por Trump en abril pasado. Este impulso contribuyó a sostener el crecimiento de la actividad en el corto plazo, pero no constituye una base duradera para el crecimiento global.
Las proyecciones para 2026 y 2027 -en torno a 3,2% - 3,3% según el FMI, y algo menores según el Banco Mundial- sugieren continuidad. No obstante, el sesgo de riesgos es claramente negativo. El comercio mundial se desaceleraría este año como resultado del mayor proteccionismo, mientras que las materias primas, con excepción de algunos metales, enfrentarían presiones a la baja, particularmente el petróleo.
El mayor riesgo, paradójicamente, proviene del propio motor reciente del crecimiento: la inteligencia artificial. Si las expectativas sobre su rentabilidad o sus efectos sobre la productividad resultaran exageradas, se puede producir una corrección financiera abrupta. Dado el nivel de valorizaciones actuales y la concentración sectorial del entusiasmo inversor, tal corrección podría tener efectos relevantes sobre la riqueza de los hogares, el consumo, la estabilidad financiera y la actividad global.
A ello se suman riesgos más tradicionales, pero no menos significativos: un escalamiento de las tensiones comerciales, un deterioro adicional de la sostenibilidad fiscal en economías avanzadas que presione las tasas de interés de largo plazo, y eventuales disrupciones geopolíticas que afecten rutas de transporte y cadenas de suministro. En un contexto de altos niveles de deuda pública y vulnerabilidades financieras acumuladas, los márgenes de maniobra son hoy más estrechos que en ciclos anteriores.
En materia inflacionaria, el panorama tampoco es completamente favorable. En Estados Unidos, el retorno a la meta de inflación será más lento, en parte por los efectos de los aranceles, mientras que en el mercado laboral, aunque se corrigió fuertemente a la baja la creación de empleo del 2025, la creación de empleo de enero fue robusta y la tasa de desempleo bajó a 4,3%, lo que sugiere que la Fed será cauta con respecto a nuevos recortes de tasas. En la Zona Euro, el espacio para nuevas bajas es limitado, mientras que en Japón la inflación sobre la meta y la expansión fiscal podrían llevar a un mayor endurecimiento monetario. El mundo, por tanto, no enfrenta una normalización simple, sino un delicado equilibrio entre crecimiento, inflación y sostenibilidad fiscal, en un entorno de deterioro institucional creciente.
Para Chile, este entorno externo ofrece algunas oportunidades, pero sobre todo exige prudencia y reformas. La eventual mantención de precios elevados del cobre constituye un factor favorable. Sin embargo, el elevado precio del cobre -causado en parte por aumentos en su demanda, disrupciones de producción, la creciente incertidumbre geopolítica y la disminución de la confianza en el dólar estadounidense- de sostenerse por un tiempo es positiva, pero no compensa un mundo más fragmentado, con una institucionalidad más débil, y un comercio menos dinámico.
La resiliencia global reciente no debiera inducir complacencia en Chile. Los informes del FMI y del Banco Mundial muestran que el crecimiento global reciente depende cada vez más de factores específicos -innovación tecnológica, estímulos fiscales y mejoras transitorias en las condiciones financieras- y menos de fundamentos amplios y estables.
En este contexto, el principal desafío para la economía chilena no es reaccionar a cada vaivén externo, sino fortalecer sus propios fundamentos para impulsar el crecimiento tendencial y estar preparado para enfrentar un entorno internacional más volátil y exigente y donde la institucional de las relaciones económicas y políticas se ha estado deteriorando. Elevar el crecimiento tendencial y fortalecer la solvencia fiscal son condiciones necesarias para financiar, de manera sostenible, las demandas sociales de la población (seguridad, salud, vivienda, educación, pensiones, más y mejores empleos y un crecimiento sostenible de los salarios reales).
La experiencia histórica muestra, además, que los avances tecnológicos no se traducen automáticamente en mayores niveles de productividad y bienestar. Sin marcos institucionales adecuados, reglas claras, competencia efectiva y una fuerza de trabajo capacitada, la innovación difícilmente se transforma en prosperidad sostenida.
La economía mundial ha sido resiliente. Pero esa resiliencia descansa sobre bases frágiles y riesgos significativos. Para una economía pequeña y abierta como la chilena, la respuesta más consistente frente a la incertidumbre externa sigue siendo fortalecer sus fundamentos y profundizar su inserción internacional. Apostar a que la próxima sorpresa global vuelva a ser favorable no es una estrategia responsable.
La resiliencia global reciente no debiera inducir complacencia en Chile. Los informes del FMI y del Banco Mundial muestran que el crecimiento global reciente depende cada vez más de factores específicos (...) y menos de fundamentos amplios y estables".
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