El cuesco de palta
Estamos desayunando con el Prócer y nuestras mujeres en la terraza de la casa de veraneo que nos alberga
Estamos desayunando con el Prócer y nuestras mujeres en la terraza de la casa de veraneo que nos alberga. A lo lejos se divisa el mar y las olas blancas que se despliegan sobre la orilla. Como somos paltófilos, en la mesa hay una gran fuente de palta molida con la que embadurnamos las tostadas, y sin querer el fruto se transforma en tópico de conversación.
Me cuenta que en el libro "Un mundo que se fue", de Eduardo Balmaceda Valdés, que está releyendo, el autor relata que el secretario de la legación del Japón de la época, don Minoru Fuji, se hizo muy aficionado a las paltas, las que no existían en su país, y le envió a su madre varios cuescos para probar su cultivo allá. Ella le respondió que cómo le podía gustar una fruta tan dura y amarga, pues sin conocerla, se había comido los cuescos. "¿Te acuerdas que antes servían para marcar la ropa?", prosigue. "Se ponía la tela sobre la mitad del cuesco y con un alfiler se atravesaba poniendo las iniciales, quedando la ropa impregnada de un líquido indeleble. Además, servían de municiones de las pistolas que hacíamos de niños con los tubos de metal de las lapiceras a pasta, las que impulsábamos con un alambre introducido en uno de sus extremos". "Darling, ¿sabes que el té de cuesco de palta es muy bueno para la salud por su potente capacidad antioxidante? Pruébalo", acota su mujer. Pero ante su mueca de asco le propone con sabiduría: "¿Y por qué no pruebas, en cambio, un gin cuescopaltonic?".