Deseo
Hay algo que me nombra desde un lugar que no alcanzo a reconocer
Hay algo que me nombra desde un lugar que no alcanzo a reconocer. No es voz ni pensamiento, sino una aparición suave, como una raíz que ignoraba y que, sin embargo, me sostiene. No conserva una forma fija: a veces duele, a veces imagina, otras solo deja un murmullo tenue en el transcurso del día. Se desplaza como un sedimento ligero por lo que soy y, al pasar, deja un brillo antiguo, la huella de un tiempo que no viví, pero que insiste en colorear mis gestos.
Es materia y, al mismo tiempo, falta; permanece sin afirmarse del todo, como una presencia discreta que camina conmigo sin pedir reconocimiento. Habita en el pulso, en ese intervalo casi imperceptible en el que la sangre parece detenerse para atender otra cadencia. Crece sin deseo de imponerse, del mismo modo en que la noche avanza sobre la ciudad: lentamente, sin énfasis, hasta que su presencia resulta inevitable.
Cuando me excede, no me rompe ni me borra: me desborda hacia un margen más quieto, donde me vuelvo menos nítido y más permeable. Allí continúa, cruzando sombras, mezclándose con otras, rozando la piel del aire, confundiendo fronteras. A ratos parece querer disolverse por completo, volverse agua, perderse. Pero evita la nada y regresa, mínima y persistente, como una brasa que no termina de apagarse.