La corrupción, un mal endémico
Diego Marulanda Díaz
En cada contienda electoral, Colombia se enfrenta con mayor acento a un adversario persistente y devastador: la corrupción
Diego Marulanda Díaz
En cada contienda electoral, Colombia se enfrenta con mayor acento a un adversario persistente y devastador: la corrupción. Este mal endémico, que ha minado los cimientos de la Nación por décadas, se agudiza en períodos de renovación política en el que pone en jaque el progreso y la equidad. Lejos de ser un problema abstracto, la corrupción se manifiesta en el desvío de recursos vitales que deberían fortalecer la educación, garantizar el acceso a la salud, proteger a las comunidades de desastres naturales y mejorar la infraestructura que nos conecta. Los subsidios, que deberían aliviar la pobreza o los dineros destinados para vías, a menudo se esfuman en manos inescrupulosas, que perpetúan un ciclo vicioso de desigualdad y fragilidad ambiental, azotando con mayor fuerza a quienes menos tienen. La generalidad de los colombianos, ciudadanos honestos y trabajadores que cumplen con sus deberes, son víctimas de esta afrenta constante. La corrupción no sólo mancilla la dignidad individual y colectiva, sino que destroza la confianza en las instituciones, debilita el tejido social y desequilibra nuestro valioso ecosistema. Durante las campañas electorales, el peligro se magnifica: el financiamiento oscuro de campañas y candidaturas, la adjudicación de contratos con criterios de favoritismo y la vergonzosa compra de votos, son prácticas que envenenan la democracia desde su raíz. Para erradicar esta plaga, es imprescindible un fortalecimiento decidido de nuestros órganos judiciales y de control: la Fiscalía General de la Nación, la Contraloría General de la República y la Procuraduría General de la Nación. Estas entidades deben afianzar su total autonomía presupuestal, seguir siendo equipadas con tecnología de punta, realizar auditorías predictivas y contar con personal altamente especializado. Además, es indispensable que se practique el autocontrol personal como la medida más eficaz para evitar la corrupción. Las sanciones para quienes traicionan la confianza pública deben ser ejemplares a la par que es crucial diseñar estrategias nacionales de educación cívica para desmantelar la tolerancia social hacia estas prácticas corruptas, que promueva una cultura de integridad y rechazo a la deshonestidad. Ciudadanos, exijamos coherencia moral: votemos limpio, denunciemos y no permitamos estas prácticas inadecuadas. El futuro nos lo jugamos ahora. El Evangelio dirige esta palabra a quienes han puesto sus nombres como candidatos y a quienes pondrán sus nombres como votantes: "ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se corrompe, ¿con qué la salarán? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres", (Mateo 5,13).
Rector de la Universidad Pontificia Bolivariana.