Hola, Mides, así no se puede vivir
No se puede vivir en una zona urbana con 3, 4 o 6 mil personas que cultivan un estilo de vida absolutamente incompatible con el del otro millón y medio con el que conviven en el mismo espacio.
La noticia fue impactante. Aunque generó escaso ruido en una sociedad anestesiada por un problema que busca no ver. Hablamos de la persona que no tuvo mejor idea que tirarse a dormir en la mitad de la rambla capitalina.
El episodio refleja mejor que ningún diagnóstico, la raíz del problema de convivencia que tenemos en el país. Una persona, que claramente tiene problemas mentales, se tira en la mitad de la calle como si estuviera en un monte del Queguay, obligando al resto de los ciudadanos a tener que salirse de su camino, simplemente para proteger su vida.
Todos los uruguayos, y en especial los que vivimos en la zona metropolitana, debemos convivir a diario con situaciones similares. Es que la flotilla de personas que viven en la calle, han generado un ambiente tóxico de convivencia, que hoy afecta la vida de todo el resto de la sociedad. Desde la basura que desperdigan por todos lados, pasando por la mendicidad abusiva que padecen de manera más seria mujeres y personas mayores, al nada menor tema de los restos fecales que perfuman toda la capital del país.
Este tema, que hasta hace mucho era anecdótico, hoy es un problema serio, que hace temer por la situación sanitaria de Montevideo. Parece mentira, pero estamos teniendo que resolver desafíos higiénicos que son propios del siglo XVI.
El tema tiene un origen y una solución de fondo compleja, no hay como omitirlo. Desde hace muchos años tenemos problemas en marginalidad en buena parte de la región metropolitana, a lo que se suma el fracaso del sistema educativo en dar a muchos jóvenes una opción tentadora de encauzar su vida por el camino del trabajo y el estudio. Luego hay que sumar al cóctel la proliferación del narcotráfico y al abuso de sustancias muy dañinas a nivel neuronal, así como la tragedia nacional que significa nuestro sistema represivo y las cárceles.
Todo eso es conocido, y nada será resuelto de un día para el otro. Está claro. Ahora bien, mientras el sistema político se pone de acuerdo en cómo encarar esos desafíos de fondo, algo hay que hacer con el mientras tanto. No se puede vivir en una ciudad, en una región metropolitana moderna, con 3, 4 o 6 mil personas que cultivan un estilo de vida absolutamente incompatible con el del otro millón y medio con el que conviven en el mismo espacio.
Los problemas son obvios, desde los sanitarios hasta la seguridad. ¿Hasta dónde se le puede pedir paciencia al ciudadano que paga sus impuestos, que trabaja 8 o 10 horas por día, que se esfuerza por hacer algo constructivo con su vida, y tiene que convivir con esta situación? Hablamos de la prepotencia, de los códigos de vida distintos, de la permanente amenaza de violencia que existe, cuando se tiene en la puerta de su casa a alguien que no está bien de la cabeza, que no tiene nada que perder, y que coloniza la calle como si fuera su propiedad privada.
El gobierno tiene claro que hay límites a lo que la gente puede soportar, y ha empezado un programa que muy tímidamente retira a algunas personas que están en la calle, para llevarlas a centros de atención.
Como no podía ser de otra manera, esto ha generado la reacción indignada de ciertos nichos bienpensantes de nuestra hemiplégicamente sensible intelectualidad local.
En las últimas semanas, han proliferado los artículos de opinión en medios asociados con el Frente Amplio, denunciando poco menos que violación a los derechos humanos, y apelando a conceptos caricaturescos de manipulación sentimental.
Uno de estos argumentos, es que la gente malvada del país, no quiere resolver el tema, sino que simplemente la saquen de la vista a esos pobres que le arruinan el paisaje.
Dentro de las estupideces que uno se va acostumbrando a escuchar, en estos tiempos donde gente con voz en el debate público, apela a tonos que parecen sacados de la telenovela mexicana de las 5, esto incluso destaca. ¡No! La sociedad uruguaya invierte cada año de su bolsillo proporciones escandalosas en programas de ayuda social, y apoyo a los que menos tienen. Claramente, algo ahí está fallando. Pero la autoridad pública tiene la obligación de amparar a la mayoría, de generar condiciones de convivencia sustentables y saludables. Y eso es algo que hoy brilla por su ausencia.
Si no se hace algo, la reacción de quienes hoy deben padecer en silencio este problema todos los días, será votar a alguien que venga con soluciones mucho más duras y radicales. Ahí veremos que dicen los que hoy ostentan esa sensibilidad falluta, que busca frenar el enfoque racional del problema.