Humanos obsoletos
En el mundo de la IA, el rol tradicional del profesor como fuente de conocimiento que los estudiantes absorben se vuelve obsoleto y pasa a ser más bien un tutor.
El progreso suele asociarse y simbolizarse con chips, redes, smartphones, etc. Parece que todo lo digital es un fait accompli. Y cuando se debate sobre la IA, parece que no hay otra que aceptarla. Esto tiene algo de verdad: como escribió el historiador Thomas Hughes, los sistemas sociotécnicos adquieren un "momentum" o impulso por el que se vuelven cada vez más difíciles de modificar o detener con el tiempo. Cuando la IA mejora la productividad y tus competidores la usan, no te queda otra que ver cómo la adoptás. Ya en 1956, el filósofo Günther Anders escribió sobre la "obsolescencia del hombre" y, recurriendo al mito de Prometeo (que simboliza nuestra creatividad y poder técnico), propuso la tesis de una brecha entre lo que los humanos creamos y nuestra capacidad de comprender y asumir sus consecuencias.
Con la IA, esta brecha prometeica es evidente. Es una tecnología sin un fin claro. Se dice que va a curar el cáncer, pero también te va a dejar sin trabajo. Es más bien una ideología impulsada por empresas tecnológicas que se benefician de su adopción dentro de un marco cultural cuyo valor primordial, como dijo el sociólogo Jacques Ellul, es la eficiencia. Si sumamos la exacerbación de la eficiencia con las ideas de Anders, vemos que la IA vuelve obsoleto el razonamiento humano y por eso sentimos lo que Anders definió como "vergüenza prometeica": lo que los humanos creamos (como la IA) es mucho más poderoso y preciso que nosotros.
Una de las expresiones más preocupantes de la brecha prometeica de la IA aparece en la educación. Al sustituir el razonamiento, amenaza profesiones basadas en abstracción y manejo de información-algo en lo que la IA nos supera ampliamente. Así, las universidades deben repensarse, ya que las credenciales pueden volverse obsoletas si no revisan qué y cómo enseñan.
Los exámenes en papel u orales para que los estudiantes vomiten lo memorizado son una posible forma de tratar que se aprenda, con el profesor controlando que no se copie. Pero, como advirtió Ivan Illich, esta forma tradicional es incoherente; parafraseando al filósofo Julián Marías, el riesgo es que no se aprehenda la realidad en su conexión, ya que los conocimientos quedan fragmentados y carecen de un sentido claro.
En el mundo de la IA generativa, el rol tradicional del profesor como fuente de conocimiento que los estudiantes absorben se vuelve obsoleto y pasa a ser más bien un tutor. En este rol, la capacidad crítica es una de las habilidades más importantes que se pueden transmitir, acompañada del cultivo de curiosidad intelectual que lleve a buscar información relevante e integrarla con coherencia. El profesor se vuelve aún más importante como guía en aquello que las máquinas no pueden hacer: articular aplicaciones concretas de lo aprendido con otros saberes, fomentar la investigación empírica, el discernimiento ético, la resolución de problemas, el desarrollo de productos creativos, etc. Su tarea consiste en enseñar a recurrir a la información disponible en el bolsillo e integrarla coherentemente. El profesor cumple el papel que Hannah Arendt atribuía a la educación: el de mediador entre el mundo heredado y quienes lo reciben, ayudando a los nuevos a orientarse en una realidad que deben comprender antes de transformarla.
En este sentido, es crucial fomentar las virtudes necesarias para el florecimiento humano en esta época. La autora Shannon Vallor las define como "virtudes tecnomorales", es decir, desarrollar el carácter para prosperar responsablemente en un entorno tecnológico cambiante. Esto implica cultivar la sabiduría práctica para discernir cómo moverse en esta circunstancia. El filósofo Harry Frankfurt distinguía entre deseos de primer orden y de segundo orden. Mientras que los de primer orden son impulsos o deseos para hacer u obtener algo (por ejemplo, mirar WhatsApp ahora), los de segundo orden son los deseos de los deseos (como querer no querer mirar WhatsApp todo el tiempo), lo cual implica reflexionar sobre qué queremos que nos defina. La virtud de pensar críticamente sobre quiénes somos, es una que los educadores debemos transmitir, dejando claro que las empresas tecnológicas buscan anular los deseos de segundo orden y hacer con nosotros lo que quieran. Para transmitir estas virtudes, las humanidades son imprescindibles. Estas tratan, como decía Sábato, con los problemas eternos del hombre y pueden orientarnos, dándonos herramientas para pensar el "momentum" que inevitablemente nos arrastra y ayudarnos a despertar para no seguir sonámbulos. Quizá así haya algo humano que valga la pena y no quedemos obsoletos.
* Doctor en Sociología y Filosofía. Director Académico de la Licenciatura en Política, Filosofía y Economía de la Universidad de Montevideo".