Raíces difíciles de cortar
Hace unos días una amiga me enseñó a trasplantar plantas
Hace unos días una amiga me enseñó a trasplantar plantas. Organizamos varias de la casa y, mientras removíamos con cuidado la tierra húmeda, apareció una raíz que había crecido tanto que había partido el barro de la matera. "Hay plantas que, aunque no se vean tan grandes por fuera, tienen raíces que no dejan de crecer", me dijo. Me quedé pensando en eso todo el día. En la cuadra de mi casa, desde hace semanas, cuadrillas de la alcaldía podan y talan un árbol que terminó adueñándose del andén. Sus raíces incluso levantaron el pavimento de la calle. Cierran la vía, cortan, observan, calculan. Pero la raíz sigue allí, con un tronco firme que no han logrado retirar, desafiando la lógica urbana. Entonces surgen las preguntas inevitables: ¿quién debe adaptarse? ¿El árbol? ¿Los carros que pasan? ¿El andén que se angosta? ¿Qué van a hacer? La naturaleza siempre nos recuerda algo elemental: hay fuerzas que crecen por debajo mientras creemos tener todo bajo control. Hay realidades que no pueden talarse ni cortarse del todo, aunque lo intentemos. Este año, mientras avanza lo que muchos describen como una "guerra de las identidades", justificada por algunos como reacción frente a una supuesta tiranía de las minorías, vuelvo a pensar en esa matera y en ese árbol. Se pretende imponer una sola visión del mundo, una identidad que se proclama superior y que busca dominar o reducir a las demás. Me pregunto hasta dónde puede llegar esa pulsión de cortar lo que incomoda. Porque, como ese árbol, hay raíces profundas. Muchas de las reivindicaciones identitarias que hoy algunos desprecian como excesos o imposiciones surgieron después de siglos de violencia: la esclavización y el comercio de millones de personas, la negación sistemática de derechos, la normalización de lo inaceptable y la subvaloración de comunidades enteras. Esas raíces no nacieron del capricho. Crecieron de la herida. Al final, hay espacio para todos. Pero convivir exige reconocer una verdad simple: nadie florece arrancando al otro. Cada vez que la historia se divide en "ellos" y "nosotros", sabemos cómo termina. Son ciclos que se repiten con distintos nombres, pero con el mismo saldo de dolor. Ahora que muchas cosas se han convertido en negocio, y que algunas máscaras han caído, la equidad ha dejado de maquillarse de altruismo para mostrarse, en ocasiones, como cálculo estratégico. Paradójicamente, agradezco esa crudeza. Aunque resulte incómoda, perversa o brutal, al menos es honesta. Ya sabemos que no siempre se trata de empatía, sino de poder; no necesariamente de humanidad, sino de rentabilidad. Antes se disfrazaba. Hoy se nombra. Cierro esta columna en marzo y, sin embargo, tengo la sensación de que fuera agosto, como si el año avanzara más rápido que nuestra capacidad de comprenderlo. La destrucción y las agendas que se imponen parecen eficaces, disciplinadas, coherentes. En contraste, los esfuerzos por construir se ven dispersos, frágiles, a veces hasta anémicos. ¿Dónde está entonces la esperanza? Está en las raíces. En esa planta que rompió su matera. En el árbol que levantó el andén. En todo aquello que crece sin pedir permiso y resiste incluso cuando intentan cortarlo. Porque llega un momento en que las raíces se vuelven tan profundas que, aunque talen el tronco, ya no pueden arrancarlas. Quizá de eso se trate este tiempo: de comprender que hay estructuras que tendrán que romperse para que la vida siga creciendo y el futuro encuentre espacio. Las raíces profundas no buscan destruir: buscan sostener. Y cuando todo pase, cuando cambien las agendas y se desgasten las consignas, lo que quedará no serán los discursos. Quedarán las raíces. Las que resistieron. Las que no pudieron cortar. Las que volvieron a crecer.
La lección de la matera y el árbol
Paula Moreno