Colombia en El Campín
La noche era fría, pero caliente a la vez, en el estadio El Campín de Bogotá, el pasado 17 de marzo
La noche era fría, pero caliente a la vez, en el estadio El Campín de Bogotá, el pasado 17 de marzo. Y ahí estábamos con mi hijo y unas 34.094 personas -no las pude contar bien-, para el encuentro entre Millonarios y Atlético Nacional, de Medellín. Que se tomaba como revancha, pues Millonarios lo había eliminado en su casa, el Atanasio, de la Copa Sudamericana. Se dice que el fútbol es el país. Pues sí. Aquí, por lo menos, personifica al nuestro, más cuando juegan estos dos rivales. Dije rivales, no equipos, pues las hinchadas se entienden y quieren menos que el lateral izquierdo Iván Cepeda y el centro derecho Álvaro Uribe. A un partido como estos se va de azul hasta la ropa interior. Puede ser sospechoso tener los ojos verdes. Inclusive, al comprar una hamburguesa me dio temor pagar con un verde. Y echaron pólvora al cielo y no vi destellos verdes. Ni los hubo en Nacional, que perdió hasta los papeles: 3-0 fue el marcador final. Me llama la atención la tensión. Esa rivalidad y ese odio creados, tristemente, en torno de una camiseta de un bello deporte que debería ser solo fútbol, distensión y alegría pura. Pero no, a ese pura le cambian una letra. La rechifla a la salida del verde es atronadora. Y "hay que saltar, hay que saltar, el que no salte es un p. nacional". Y yo estaba cojo. A un jugador, no sé por qué le gritamos "asesino, asesino". Perdón si se me salió uno. Y ese "asesino" mató el partido. Pues tiró el penalti a Tunja y, para su desgracia, al minuto, Millos, que estuvo grande, anotó. El delirio. Y "hay que saltar, hay que saltar...". Saltaban hasta lágrimas. Dicen que en el Atanasio cuando juega Millos es lo mismo. Que hay bloques de búsqueda para sacar, no muy amablemente, al de camiseta infiltrada. Aquí también los vimos. Por fortuna hubo sensatez en occidental y les dijeron que aquí no. Así tiene que ser. ¿Esto es fútbol, señores? Es el país, en el que hoy se juega un partido con barras bravas, con masas divididas, poco reflexivas, que se pueden desbordar y volverse incontrolables. Sin saltar, veía yo a Colombia retratada en la cancha. Hasta la intervención oficial en política, que se da por estos días, estaba en la gramilla. Alguien gritaba, como si fuese desde la Casa de Nariño, que por la derecha no. Otros decían que había que fortalecer el centro y casi hay gol de ‘palomita’. Pero hay algo grave: el desconocimiento de la autoridad de los jueces. Porque en el fútbol, como en la política, solo sirven las decisiones que favorecen al equipo. Si no, "chulo, chulo", y la palabra el machucón. No importa que el juez actúe bien. Si tumba una reforma, es peor que un penalti mal pitado, se interpreta como no dejar gobernar y se busca echarle la tribuna encima. "Chulo, chulo". Eso sin contar que los jugadores, de ambos equipos, de todos los equipos, al menor toque se tiran, se revuelcan y se tocan la cara así les hayan pegado en el pie, similar a las pataletas de nuestro golero estrella cuando el Congreso frena una emergencia injusta que es un balonazo al bolsillo de todos. En este país se necesita juego limpio en fútbol y en política, desarmar los ánimos y promover el respeto. Una camiseta, una filosofía política no nos hacen enemigos a muerte. Urge, sobre todo, acatar la autoridad. Es muy grave que no se respete a los jueces, los del fútbol y los de las altas cortes, que son los representantes de las leyes y el Estado de derecho. No se pueden desconocer las sentencias. El mensaje de desacato a la autoridad tal vez sea uno de los más graves daños que se le hagan a una sociedad. "Hay que acatar, hay que acatar", debemos cantar todos. Pero bueno, ya viene la fiebre amarilla, la que nos une a todos, la de la Selección, porque la otra da miedo, con este sistema salud en que la vida es un balón con que juega el Gobierno. luioch@etiempo.com
El arca de Noé
Luis Noé Ochoa