Al país le hará falta
Servir al país implicaba divulgar sus ventajas, abrir mercados y facilitar la tarea de uruguayos que por su trabajo recalaban en países lejanos.
En agosto de 1995 viajé a Washington DC becado por la Universidad de Maryland. La misma noche que llegué fui invitado a cenar por un jerarca de la embajada uruguaya al que no conocía, si bien teníamos un formidable amigo en común, Antonio Mercader.
Hablamos de los más variados temas esa noche. Fue fácil percibir que estaba ante un diplomático avezado, sólido y además empático. Era un hombre alto, le gustaba el basquetbol, esposo atento y buen padre. Hablaba en un peculiar tono bajo, pero cada cosa que decía tenía sentido. Así nació mi amistad con el embajador Álvaro Moerzinger fallecido la semana pasada. Un amigo, sí, y además una persona que dedicó su vida a servir a su patria en todos los terrenos posibles. Y esto no está dicho por pura amabilidad. Fue así.
En los organismos internacionales y en sus embajadas en DC, en esa época Uruguay estaba bien representado. El referente ineludible era el presidente del BID, Enrique Iglesias, inteligente, sagaz y generoso. También en ese banco estaba Javier Bonilla, después presidente del Codicen. Carlos Steneri representaba al país ante las entidades financieras y el entrañable Julio Jauregui ante la OEA.
Con varios establecí una duradera amistad. Fueron un apoyo enorme cuando con mi esposa me establecía en un país ajeno. Pero además eran profesionales de primera: Jean Michel Arrighi, reconocido experto en derecho internacional a nivel mundial, hoy Secretario de Asuntos Jurídicos de la Secretaría General de la OEA, y su esposa Anabel Cruz que entonces trabajaba en la OPS; Fernando González Guyer, representante alterno ante la OEA y su esposa Denisse Vaillant que luego se integraría a la ANEP en la era de Germán Rama y Álvaro Moerzinger con su esposa Ana Trabal.
Moerzinger fue un diplomático de vocación y de profesión. Como bien lo dijo una colega suya en una reciente carta publicada en Búsqueda: "Disfrutó con plenitud ser un diplomático porque lo vivió como una forma privilegiada de servir a la Republica".
Abogado, ingresó por concurso al Ministerio de Relaciones Exteriores en 1976 y así inició una brillante carrera. Fue delegado de Uruguay ante el GATT, negociador de los acuerdos textiles con Canadá, Europa y Estados Unidos. Fue cónsul general en Hong Kong y jefe de misión en el Reino de Tailandia. Fue el primer director de la Secretaría Administrativa de Mercosur. Entre 1995 y 2000 ocupó el cargo de embajador alterno ante la OEA en Washington DC para volver como director general de Asuntos Políticos de la Cancillería. Fue embajador en Canadá, en los Países Bajos y como retirada, ante los organismos de la ONU en Ginebra, tarea que con su esposa Ana Trabal emprendieron con entusiasmo juvenil porque Ginebra había su primer destino.
Era un convencido defensor de los diplomáticos profesionales (frente a los políticos): los que tras graduarse en la Universidad ingresaban por concurso y se formaban en el Instituto Artigas del Servicio Exterior, los que investigaban sobre temas de política exterior, los que habían pasado por los destinos más dispares. A ellos había que confiar las principales tareas y si bien aceptaba renuente que hubiera embajadores políticos, ese número debía ser limitado.
Servir al país implicaba divulgar sus ventajas, abrir mercados y facilitar la tarea de uruguayos que por su trabajo recalaban en países lejanos. Así como me recibió en Maryland siendo un simple becario, recibía empresarios, políticos o gente de la cultura. Su esposa, Annie Trabal, asumió el rol de ser su socia y lo cumplió muy bien. Un destacado periodista que viajaba por el sudeste asiático fue invitado a cenar con el matrimonio, ocasión en que fue cálidamente tratado. Al día siguiente, ya en camino a otro destino se enteró que la esposa del embajador había pasado por un delicado trance, pero ello no fue excusa para eludir su compromiso, que cumplió con entereza admirable.
Siendo blanco, Moerzinger asesoró a Luis Lacalle Pou, lo cual le trajo problemas. Si bien el tenía claro que su trabajo de aconsejar al ministro de turno implicaba por esencia cumplir a rajatabla con las instrucciones del gobierno, les gustara o no, no logró hacer entender que otra cosa era intercambiar ideas con sus correligionarios. Moerzinger lo tenía claro y sabía distinguir su función en la cancillería, de la posibilidad de asesorar a sus amigos políticos.
La última vez que hablé con Álvaro, estaba preocupado por la situación mundial. Veía alarmado como un método de hacer diplomacia, forjado desde el fin de la Segunda Guerra, con sus tonos, sus maneras de buscar acuerdos, de discrepar, de comerciar, de cuidar fronteras, de defender derechos humanos, se desplomaba sin atisbo de que apareciera algo que pudiera llamarse diplomacia.
A veces pienso que Álvaro se nos fue habiendo cerrado con brillantez ese ciclo de la diplomacia. Otras veces pienso que se nos fue cuando más se lo necesitaba para explorar nuevas formas de trabajar en política exterior.
Como amigo, ya lo extraño. Y al país, le hará una enorme falta. Hay pocos como él.