La misión más ambiciosa
Editoriales
En aquel julio de 1969, cuando la cápsula de la misión Apolo 11 se posaba sobre la superficie de la Luna, acá abajo arreciaba la guerra de Vietnam
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En aquel julio de 1969, cuando la cápsula de la misión Apolo 11 se posaba sobre la superficie de la Luna, acá abajo arreciaba la guerra de Vietnam. Mientras Neil Armstrong daba sus históricos primeros pasos y pronunciaba sus famosas palabras, "Un pequeño paso para un hombre, pero un salto gigantesco para la humanidad", la misma nación que lo había puesto allá usaba su prodigiosa capacidad tecnológica para hacer la guerra al otro lado del planeta. Estaban en evidencia los dos rasgos más descollantes de la humanidad. Por un lado, su habilidad técnica, capaz de elevar a tres de los suyos por sobre la órbita terrestre y lanzarlos, gracias a un dominio soberbio de las leyes de la física, hacia un astro lejano, depositarlos suavemente allí y, luego, traerlos de vuelta a casa. Todo esto en una época en que la computación era todavía una tecnología incipiente. Al mismo tiempo, sin embargo, se manifestaba la inclinación de la especie hacia la autodestrucción: su capacidad de poner el ingenio tecnológico al servicio de la dominación y la guerra. Hoy, cuando hemos vuelto a circunnavegar la Luna -aunque esta vez sin aterrizar en ella-, observamos un contraste similar. La tecnología no ha dejado de avanzar desde 1969. Tanto la que nos proyecta hacia las alturas como la que nos acerca a los precipicios. Al tiempo que los cuatro astronautas de la misión Artemis II emprendían su recorrido, que fue seguido desde la Tierra por millones de personas sobrecogidas de asombro, el presidente del país que había diseñado la operación amenazaba con bombardear al pueblo iraní y enviarlo de regreso "a la Edad de Piedra". Qué ironías. El ataque anunciado por Donald Trump por fortuna no ocurrió; un cese del fuego fue alcanzado poco antes de la hora en que presuntamente volarían los misiles. Los viajeros espaciales, entre tanto, enviaban a la Tierra imágenes de sí misma: una suerte de selfi planetaria que servía de comentario sosegado con respecto a la fiebre que aumentaba en Oriente Medio. Las fronteras y las rencillas entre los países -parecían sugerir esas fotos- son minúsculas frente al deber irrevocable de trabajar, todos unidos, por el progreso de la civilización que hemos logrado construir. La cápsula Orión debía acuatizar anoche frente a la costa de San Diego, con lo cual habrá conseguido con creces su objetivo: demostrar la viabilidad de la nave y su sistema de lanzamiento, en preparación para una próxima misión que buscará aterrizar en la Luna antes de 2030. Una vez más, la humanidad confirma su naturaleza dual: capaz de grandes hazañas, que rebosan incluso los límites planetarios, pero también de grandes cataclismos. El éxito de Artemis II, sin embargo, debe servirnos de inspiración. El mismo empeño que nos permite vencer la gravedad terrestre puede ser usado para vencer el influjo de esas otras fuerzas que nos empujan hacia abajo, como la pulsión belicista, y nos impiden fijar nuestra mirada en las estrellas. Seamos capaces de imaginar una misión más ambiciosa que la de regresar a la Luna: la misión de que, ese día no muy lejano cuando volvamos a pisar su superficie, no haya guerras en la Tierra que nos empañen la emoción.
El viaje a la Luna debe inspirarnos para que un día no lejano cuando volvamos a pisar su superficie, no haya guerras en la Tierra que nos empañen la emoción.