Mitología charrúa
Es la hora de que digamos que el Día del Patrimonio no nació para abrir disparatados contenciosos en que la historia discute con la mitología.
Este año el Día del Patrimonio se ha dedicado al pasado indígena del Uruguay. En general se ha reconocido a grandes realizadores como Alfredo R. Campos y Horacio Arredondo, por su restauración de la Fortaleza de Santa Teresa; a Eladio Dieste, ingeniero innovador; o bien a historiadores tan relevantes como don Juan Pivel Devoto, pionero en el tema. En algunos momentos se celebraron elementos culturales inmateriales como el tango, pero en los últimos años se ha mantenido el espíritu de reconocer a quienes se vinculan a realizaciones que integran el patrimonio mayor del país. Como fue en 2024 a Vidiella y Harriague por su introducción de la vitivinicultura o a China Zorrilla, por su aporte a la vida teatral uruguaya.
El año pasado nos centramos en el Bicentenario del Desembarco de los 33 Orientales, comienzo del proceso final de la independencia nacional, y en éste se mira hacia los pueblos indígenas del Uruguay. El tema es relevante, ha merecido en los últimos años estudios muy valiosos, pero también -desgraciadamente- una construcción mitológica increíble, basada en falsificaciones y acusaciones destructivas de una identidad nacional que ya no se asienta en los valores de la filosofía liberal que inspiró a nuestros padres fundadores, desde Artigas a José Pedro Varela, pasando por Lavalleja y el vilipendiado Rivera, sino en la culpa por el presunto genocidio de una tribu minoritaria de cultura paleolítica.
Ya se han realizado actos en instituciones oficiales a cargo de unos fantasiosos "charrúas de apartamento" -como decía Daniel Vidart- y es la hora de que con toda claridad digamos que el Día del Patrimonio no nació para abrir disparatados contenciosos en que la historiografía discute con la mitología. Mucho menos para cargar al nacimiento de la República el presunto genocidio de un pueblo que llegó tardíamente a nuestro territorio, ya diezmado por sus enfrentamientos con la sociedad hispano-criolla y especialmente con la etnia mayoritaria en la región, la guaraní, con la que batalló desde siempre. Recordemos, a solo modo de ejemplo, que en 1702 (ni siquiera existía Montevideo) un ejército de indígenas guaraníes de las Misiones, acristianados por los jesuitas, enfrentó a los charrúas que venían ya pasando el río Uruguay hacia el Este. Ese enfrentamiento, que se ha recordado como la Batalla del Yí, duró cinco días, murieron 280 guerreros charrúas y se aprisionaron 500 personas, entre mujeres y niños, que se distribuyeron en los pueblos de las Misiones. En torno a 1830, no pasaban de 500, según Larrañaga, pero chocaban constantemente con quienes pretendían desarrollar la ganadería y eran víctimas de robos y secuestros de mujeres y niños. A quienes se dicen ser feministas, pero apoyan la teocracia patriarcal de Irán, les recomendamos el libro de Diego Bracco, "Cautivas de indígenas y gauchos", para que, por un momento, asomen a lo que fueron las penurias de esas mujeres en manos de esos varones estereotipados como héroes.
Lo fundamental es que en el Día del Patrimonio poco o nada debería hablarse de los charrúas, y cuando decimos nada es nada, porque nada aportaron a esa larga construcción cultural que es nuestra nación. Y sí, rescatar el enorme aporte guaraní, que empieza en nuestro nombre como país y abarca toda la toponimia uruguaya. Desde Uruguay hasta Tacuarembó, Aceguá, Arapey, Camacuá, Tacuarí y Yí, nuestro territorio está identificado por esa lengua. La mitología charrúa, construcción más que moderna, se hizo a fuerza de invisibilizar la tradición guaraní y su mestizaje con la tradicional sociedad criolla. El libro de Susana Rodríguez y Rodolfo González Rissotto es exhaustivo en su demostración.
En el período artiguista fue fundamental su presencia. Recordemos que los Artigas (José Gervasio, como blandengue, y su padre Martín José como alcalde) enfrentaron reiteradamente a grupos charrúas y los documentos -publicados en el Archivo Artigas- testimonian las muertes que les provocaron. En toda esa etapa revolucionaria, en cambio, la presencia guaraní es fundamental. En el campamento del Ayuí se contaban 400 soldados de ese origen. Es copiosa la documentación probatoria de esa presencia. Hay guaraníes que llegaron a generales como el famoso Andresito, José Andrés Guarucurá, que integró el ejército de Belgrano y luego el artiguista en la lucha contra los lusitanos. Fue un gran bastión en esa frontera norte hasta que en Itacurubí, el 6 de junio de 1819, es derrotado y marcha hacia la prisión de Isla das Cobras en Río de Janeiro, donde falleció. Su historia es ejemplar, no solo como comandante militar, sino como real gobernador de las Misiones entre 1812 y ese nefasto 1819. Su espíritu organizador, su respeto por la gente le ganaron el afecto de nuestro prócer, que siempre le dio un trato de "hijo".
Si la idea del Día del Patrimonio era en este año recordar nuestros orígenes indígenas, bien podría haberse simbolizado en su nombre, con ajuste a la real historia.
Tanto se ha invisibilizado el aporte guaraní que está olvidado el Acuerdo de Guaviyú, documentado por Oscar Padrón Favre en "Ocaso de un pueblo indio" y recientemente recordado en una conferencia por Manuel Flores Silva. En ese episodio, el gobierno de las Misiones guaraníticas nombra al general Rivera como su jefe y pocas semanas después será fundamental en las tropas con las que el caudillo, en la noche del 21 de abril de 1828, traspasaría el Yí y lanzaría su "fulgurante" campaña de las Misiones, al decir de Luis Alberto de Herrera, que fue el precipitante de nuestra independencia.
Entre los tantos olvidos está que Rivera funda Bella Unión y Durazno con guaraníes, y hermoso es recordar que Juan María Mastai Ferretti (el futuro papa Pío Nono) escribe, en 1824, en su diario de viaje: ".los sobrevivientes de esos pobres indios católicos han sido transportados el año pasado a un punto que se llama Durazno., donde procuran conservar sus costumbres y prácticas piadosas.".
Aspiramos, quizás con ingenuidad, a que toda esta conmemoración no se deslice hacia la mitología, oscureciendo la historia. Sería muy triste. Pero sabemos que los "charruístas" no reconocen pruebas históricas ni realidades, sino que viven de su invención. Allá ellos, pero que el Estado se haga cómplice de la mistificación ya es harina de otro costal.
Los pobres guaraníes no han tenido suerte histórica en Uruguay.
La "garra charrúa" los ha sepultado y la mitología los ha arrinconado. Hasta que, por su adhesión a don Frutos y la novela de Acevedo Díaz sobre Salsipuedes, los haya etiquetado, sin que se enteraran, como "indios colorados".