Domingo, 19 de Abril de 2026

Un capital dilapidado

ColombiaEl Tiempo, Colombia 19 de abril de 2026

Parecen ya tiempos lejanos aquellos en que las intervenciones gringas en el extranjero se justificaban en nombre de grandes ideales: la libertad, la democracia, la contención del totalitarismo, etc

Parecen ya tiempos lejanos aquellos en que las intervenciones gringas en el extranjero se justificaban en nombre de grandes ideales: la libertad, la democracia, la contención del totalitarismo, etc. Eran, a menudo, verdades a medias: en realidad, los intereses de Estados Unidos siempre iban primero. Pero incluso esa hipocresía tenía algo positivo: obligaba a rendir homenaje, aunque fuera retórico, a ciertos valores. Bajo Trump, ese ropaje ideológico ha desaparecido. En su reemplazo, hay una actitud abiertamente transaccional. No se trata de promover la democracia ni de derrocar tiranías, sino de asegurar recursos naturales estratégicos y ventajas geopolíticas, con el respaldo de regímenes colaboracionistas, que estén dispuestos a recibir órdenes del Tío Sam. El caso venezolano sirve de ejemplo. Para Washington, hasta hace poco, el régimen chavista que gobierna en Caracas era un antro de malhechores. Hoy, salvo que faltan Nicolás Maduro y señora, son los mismos que antes. Pero algo cambió: gracias a que Trump decidió que puede hacer negocios con ellos, se han transformado, de la noche a la mañana, en un gobierno legítimo, liderado por la "maravillosa" Delcy Rodríguez. En Irán, Trump ha sido igual de transparente. "Tomaremos el petróleo y haremos una fortuna", escribió, en mayúsculas, en su red Truth Social. Mientras tanto, los aliados tradicionales de EE. UU., reunidos en la Otán, son tratados como traidores. Y Ucrania, que ha puesto los muertos para contener la invasión del autócrata Putin en la goteras de Europa, es dejada a su suerte. Así son las cosas en la era Trump: no se defienden valores ni principios, ni siquiera de dientes para afuera. Todo se reduce, como le gusta decir al estadounidense, a una negociación. Una que favorezca los intereses de EE. UU., por supuesto, país cuyo poderío económico y militar siempre le permitirá arrancar de su contraparte concesiones generosas. Lejos estamos, pues, incluso del idealismo retórico de la Guerra Fría. Si Trump se hubiera enfrentado a la Unión Soviética, habría mantenido a los comunistas en el poder, a cambio de algunos millones de barriles de petróleo siberiano. A muchos esa postura les parece natural. Cualquier país, al fin y al cabo, busca lo mejor para su gente. Y la obligación de todo jefe de Estado es procurar que sea así. Estados Unidos, sin embargo, no es cualquier país. Fue el primer lugar donde los ideales de la Ilustración encontraron una realización política duradera, años antes de la Revolución francesa. Pese a todas sus fallas —incluida la persistencia de la esclavitud hasta bien avanzado el siglo XIX—, Estados Unidos representa, o representaba, un conjunto de valores que el resto del mundo aspiraba a emular: libertad, democracia, igualdad ante la ley, economía de mercado, un Estado limitado, igualdad de oportunidades. Esto último, en particular, es radical y asombroso: en ninguna otra parte del mundo es posible empezar tan abajo y llegar tan alto, materialmente hablando, como en EE. UU. Repito: no siempre estuvo a la altura de esos ideales. Los traicionó muchas veces, tanto dentro como fuera de sus fronteras. Pero cumplía una función indispensable: la de representarlos, así fuera de manera imperfecta. Permitía que otros países miraran en su dirección y pensaran: eso, más o menos, es lo que hay que imitar. Hacia allá hay que ir. Europa, para muchos, encarnó también esa función de faro. Pero nunca llegó a tener el peso de EE. UU. en el imaginario global. Al actuar con total desinterés por esos —u otros— principios, Trump está destruyendo uno de los activos más valiosos de su país, y de la humanidad: el capital simbólico de los Estados Unidos. No hay reservas de petróleo ni de minerales que puedan compensar esa pérdida. @tways / tde@thierryw.net
Tubo de ensayo
Thierry Ways
Así son las cosas en

la era Trump: no se defienden valores

ni principios, ni siquiera de dientes para afuera.
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