Un Quijote de capa caída
No siempre una novela toca a su fin en el mismo momento en que lo hace el personaje principal del relato
No siempre una novela toca a su fin en el mismo momento en que lo hace el personaje principal del relato. No fue ese el caso de Don Quijote, puesto que el final les llegó juntos: al concluir la segunda parte de la obra de Cervantes, el Quijote enferma y muere. Pero lo hace recuperando la cordura y su antiguo nombre, Alonso Quijano, mientras su confesor le recomendaba que "atendiese a la salud de su alma, porque la del cuerpo corría peligro".
Sancho, su compañero de andanzas, aportó también lo suyo al momento de la enfermedad y muerte de su amo, al que acompañó junto a su esposa con total fidelidad, aunque la gran contradicción del hidalgo caballero fue que terminara abominando de los libros de caballería. No solo volvió a su nombre original y a una pretendida cordura, sino que renegó del tipo de novelas que él había celebrado y hasta protagonizado. ¿Se avergonzó finalmente Don Quijote de sus andanzas y quiso hacer alarde de corrección al momento de dejar este mundo? ¿Tuvo en su final un giro no solo hacia la cordura, sino, en lenguaje actual, hacia la "corrección política"? En sus últimos instantes, ¿no habrá tratado Don Quijote de enmendarse y mejorar su imagen?
El siempre expresivo y desafiante caballero andante que conocimos en las páginas de la brillante novela cervantina, y ya hacia el final de esta, concibe incluso la posibilidad de transformarse en un apacible pastor, y este mismo destino imagina para Sancho y su mujer, Teresa, a quienes piensa llamar, respectivamente, "Pancino" y "Teresaira", mientras que para el propio Quijote imagina el nombre de "pastor Quijotís". ¿Pero qué es eso de querer transformar a todos en humildes pastores, incluidos también el cura y el bachiller que lo acompañan en su última hora? En ese momento, la sobrina del personaje, que también se encontraba presente, preguntó: "¿Qué es esto, señor tío?", y agregó que ella había pensado que lo mejor era que se recluyera en su casa y "pasara en ella una vida quieta y honrada", insistiendo con la pregunta sobre la súbita vocación pastoril de su pariente: "¿Se quiere meter en nuevos laberintos, haciéndose pastorcillo, tú que vienes, pastorcito, tú que va?", se mofó la sobrina, notando que don Quijote ya no estaba ni siquiera para los trotes del pastoreo de ovejas. "Mejor ser caballero andante que pastor", ratificó el ama de llaves, pero Alonso Quijano las hizo callar a ambas y pidió que lo llevaran a la cama, "donde le dieron de comer y trataron lo mejor posible".
Hecho su testamento y recibido los sacramentos, sin dejar de rechazar los libros de caballería ni por un minuto, se produjo en la casa un gran alboroto. Don Quijote se desmayaba a menudo, pero, y a pesar de todo -relata Cervantes-, "comía la sobrina, brindaba el ama de llaves y se regocijaba Sancho Panza, que esto del heredar algo borra o templa en el heredero la memoria de la pena que es razón que deje el muerto". El difunto pasó a ser "Alonso Quijano el Bueno" y se pidió que ningún otro autor le resucitase falsamente y urdiera otras inacabables historias de sus hazañas.
"Morir cuerdo y vivir loco": a eso aspiró finalmente el personaje de Cervantes, y lo que puede preguntarse en este Día del Libro es si ese fue el más indicado y coherente de sus finales. O si deberíamos volver atrás desde las últimas páginas, dedicadas a la muerte de Alonso Quijano, a fin de saborear nuevamente el gusto a los capítulos y episodios realmente "quijotescos" del notable personaje.