Después del fallecimiento de mi papá debido al cáncer, hubo una disputa sobre qué haríamos con el cuerpo
Después del fallecimiento de mi papá debido al cáncer, hubo una disputa sobre qué haríamos con el cuerpo. Él siempre dijo que quería ser cremado y que bajo ninguna circunstancia quería ser enterrado. Aun así, algunos familiares quisieron imponer sus creencias religiosas o promover el entierro tradicional por encima de lo que él deseaba. Como hijos, priorizamos cumplir su deseo, sabiendo que la cremación debía ser voluntad del fallecido, dejando de lado opiniones y creencias de nuestros seres queridos.
La espiritualidad es una elección personal. Mi papá era católico y, durante su enfermedad, había dejado en claro que quería ser cremado. Para mí, a pesar de ser no creyente, y para mis hermanos, que sí lo son, no había duda. Sin embargo, recibimos críticas por esa decisión, sobre todo de adultos mayores con una concepción antigua de la religión, como mi abuela, quien creía que la Biblia prohibía la cremación. Por el contrario, la Iglesia sí lo permite. El padre Nelson Mitchell lo explica: “La Iglesia interpreta que la resurrección del cuerpo no pasa por el cuerpo físico, porque este se degrada enterrado o cremado, sino por el cuerpo espiritual”.
La cremación fue un proceso más simple, menos costoso y nos permitió vivir el duelo con calma. Además, ofrece más posibilidades: las cenizas pueden estar en casa, en un columbario o cumplir deseos personales del fallecido. Nosotros esparcimos la mitad de sus cenizas en el río Santa, en su ciudad natal, Caraz, Áncash, y la parte restante la colocamos en un columbario cerca de nuestra casa, donde lo visitamos cada quincena.
Fuera del aspecto religioso, la Ley 26298 permite que una persona deje por escrito su voluntad sobre qué debe hacerse con su cuerpo, incluyendo la potestad de delegar esa decisión a familiares cercanos. Es ideal para evitar disputas y que esa voluntad no quede sujeta a interpretación.
En realidad, el problema está en quién toma la decisión. Lo más importante es que las creencias y tradiciones familiares no pesen más que esta última voluntad. Y si realmente queremos honrar a los fallecidos, hay que empezar por escuchar y hacer valer lo que expresaron en vida.<FFFC>