Volver a ser escuela después de la balacera
Hasta antes del crimen de una inspectora en Calama, la balacera en el Colegio Nuevos Horizontes de San Pedro de la Paz era el precedente más extremo de violencia escolar en Chile. A casi un año del ataque, este reportaje sigue la huella que dejó en alumnos, profesores y directivos, y el intento de recomponer una comunidad herida por el miedo, el estigma y la necesidad de recuperar la confianza.
El jueves 29 de mayo de 2025 , poco antes de las tres de la tarde, Amaro Valenzuela esperaba en el hall de entrada del Colegio Nuevos Horizontes, en San Pedro de la Costa. Estaba por terminar tercero medio. Era un día cualquiera. Los alumnos habían salido antes porque a las cuatro estaba programado un mate criollo, una convivencia con autoridades, profesores y apoderados. En una oficina del establecimiento, la directora Carla Chandía y el jefe de la Unidad Técnico-Pedagógica Jaime Sabando trabajaban en un plan para mejorar la asistencia escolar.
Amaro tiene hoy 17 años. Está sentado en una sala del colegio. Desde ahí recuerda que estaba con su hermana menor, despidiéndose de un amigo, cuando escuchó el primer estruendo. Eran las 15:04. Alcanzó a tirar sus cosas al suelo, agarró a su hermana por el brazo y la mandó a esconderse con una amiga dentro de una sala. Desde el segundo piso empezaron a bajar los gritos.
En la oficina, Jaime alcanzó a decirle a la directora:
-!Agáchese, que están disparando¡
Carla Chandía contará luego que nunca había escuchado un balazo. "Para mí eran explosiones", dice. Tres explosiones. En vez de agacharse, dirá, salió al pasillo y subió al segundo piso, donde se encontró con tres alumnos de cuarto medio heridos a bala.
Esa misma tarde, el caso abrió noticiarios, radios, portales y sitios de noticias de Chile y el mundo. Llegaron declaraciones del alcalde de San Pedro de la Paz, del delegado presidencial, de Carabineros, de la fiscalía. Al día siguiente, el entonces ministro de Educación Nicolás Cataldo visitó el colegio junto a autoridades regionales. Hasta entonces, decían las noticias, no se había registrado en Chile que un grupo armado ingresara a un establecimiento escolar para comenzar a disparar.
Ha pasado casi un año del ataque. Luego, Carla dirá:
-Hasta ese momento, en Chile, éramos lo más terrible que estaba pasando dentro de una escuela.
Las dos semanas
Antes de convertirse en noticia por una balacera, el Colegio Nuevos Horizontes tenía otra historia. En San Pedro de la Paz lo conocían como el establecimiento público más grande de la comuna: 730 estudiantes, 69 docentes, 35 asistentes de la educación. Pero también como un colegio que, al menos en los papeles, venía mejorando. La asistencia acumulada entre marzo y abril de 2025 llegaba a 87,5%. Los resultados Simce llevaban cuatro años de alza. En cuarto básico, el puntaje de Lectura había llegado a 281, uno de los más altos entre los colegios públicos del sector.
Ramón Jara, director ejecutivo del SLEP Andalién Costa, describe el sector como un territorio complejo, cruzado por balaceras y familias que viven bajo amenaza, demandando mayor presencia policial. Pero insiste en que lo ocurrido en Nuevos Horizontes no debería leerse como una violencia nacida en la escuela. "Aquí hay temas de porte de armas, de armas de fuego, de armas blancas, hay territorios más complejos unos que otros, hay temas de seguridad pública que no se vigilan en la escuela", dice. Lo que pasó ahí, agrega, fue una "violencia externa al establecimiento".
También fue, a su juicio, la ruptura de un límite que parecía intocable: "Era impensable, hace 30 años atrás, 40 años atrás, que entraran a una escuela. Aunque quedara en el sector más marginal del país. Nunca se entraba a una escuela, o se entraba a un consultorio, o se entraba a una iglesia. Es como los lugares sagrados que existían en las poblaciones. Todo el mundo cuidaba la escuela, el consultorio, las iglesias", dice.
Carla Chandía está al mando del colegio desde 2015. Cuando llegó, había poco más de 300 alumnos en jornada diurna y vespertina. Fue la primera mujer en dirigirlo. Antes que ella, dice, todos habían sido hombres y ninguno duró más de tres años. "Como el colegio está en un contexto altamente vulnerable, siempre tuvo directores varones", cuenta.
Para ella, las dos semanas que siguieron a la balacera fueron las más difíciles desde que llegó al colegio. Mientras seguía respondiendo llamados de Carabineros, la PDI, la fiscalía y las autoridades educacionales, empezaron a caer una tras otra las licencias médicas de profesores y funcionarios. Ella contabilizó más de treinta. "No tenía profes, no tenía equipo de gestión, no tenía duplas psicosociales", recuerda. "Quedamos literalmente solos, cuatro personas dirigiendo el colegio y dándole sostén a esto".
Jaime Sabando lo recuerda parecido. Dice que, desde el mismo día del ataque, él, la directora y el inspector general siguieron trabajando casi sin interrupción, en reuniones permanentes con el Servicio Local de Educación (SLEP). Parte del equipo de convivencia estaba con licencia. Parte de la UTP también. Lo más extraño, recuerda Carla, es que ni siquiera tuvieron tiempo de hablar entre ellos sobre lo que sentían. "Fue como que tuvimos que seguir funcionando como que esto pasó, pero ya mañana veremos cómo nos afectó", dice. "No sé si me sentí presionada o yo, por mi forma de ser, me puse esa presión de que tenía que funcionar la cosa y que teníamos que tirar para adelante".
El regreso no solo dependía de los profesores. En las reuniones con los apoderados, cuenta Carla Chandía, le pedían garantías que ella no podía dar. "Me decían: directora, pero usted nos promete que esto no va a volver a pasar, usted me asegura que mi hijo va a estar bien y que esto no va a volver a pasar. ¿Cómo yo podría decirle a un papá, sí papá, yo le aseguro que esto no vuelve a pasar?", dice.
El problema, agrega, era que casi nadie quería volver. Según recuerda, los profesores se resistían a regresar a clases. Pedían que el colegio adelantara las vacaciones de invierno y cerrara durante un mes completo: las dos semanas que faltaban para el receso más las dos semanas oficiales. "Había mucha presión a que eso ocurriera", recuerda Carla. Pero desde el principio la respuesta fue que no. El colegio tenía que retomar.
Los estudiantes, en cambio, reaccionaron distinto. Jaime Sabando recuerda que, mientras los adultos seguían afectados por el impacto, varios alumnos querían recuperar la rutina lo antes posible. Los de cuarto medio estaban pendientes de la PAES. Los de segundo medio, del Simce. "Los estudiantes ya querían clases, querían normalidad. No así los profesores, que les costó un poco más", dice.
Amaro también recuerda ese regreso como un retorno tímido, raro, a media máquina. Dice que las clases estuvieron completamente suspendidas cerca de una semana y que, cuando volvieron, el ambiente seguía cargado de miedo. Los alumnos andaban más aislados. Cada uno más pegado a su grupo. Sus propios padres, cuenta, dudaban en enviarlo de vuelta. "Mi padre me dijo que tenía miedo que yo volviera. Para varios era lo mismo", dice. Pero cuando regresó, ya habían vuelto varios más.
La contención, dice la directora Chandía, llegó desde todas partes. Según ella, al colegio comenzaron a llegar duplas psicosociales del territorio, programas del ministerio, apoyos de la municipalidad, de la Subsecretaría de Prevención del Delito, de la ONG Educando en Red y de universidades que pusieron a disposición equipos multidisciplinarios. La ayuda estaba, recuerda, pero organizarla no era fácil. "Nosotros estábamos tan afectados como estaban todos", dice.
El estigma
Según el Ministerio Público, el día del ataque, un grupo de al menos seis personas llegó al colegio en un vehículo conducido por una mujer de 20 años. Dos subieron al segundo piso con una pistola calibre .40. Otros dos se quedaron en el hall portando otra arma de fuego y un cuchillo. Carla Chandía agrega que el arma utilizada en el ataque la habría facilitado V.I.R.M., un alumno del propio colegio, formalizado después como uno de los responsables. Dice que se había incorporado al establecimiento el año anterior, cuando entró a tercero medio desde otro colegio donde había tenido problemas. Según ella, V.I.R.M. no tenía rencillas previas con Francisco. El vínculo con los atacantes, según la directora, pasaba por la relación que entonces mantenía con la hermana menor del autor material de los disparos.
Carla Chandía reconstruye el origen de esa secuencia un día antes, fuera del colegio. Dice que el miércoles 28 de mayo, un grupo de estudiantes fue asaltado frente al Cesfam de San Pedro de la Costa, a menos de una cuadra del establecimiento. Entre ellos iba Francisco. Según la directora, los jóvenes se defendieron y él golpeó a uno de los asaltantes. Cuando ese grupo volvió al auto, dice Carla, vino la amenaza: "Esto no va a quedar así". Al día siguiente, según esa reconstrucción, fueron a "cobrar".
Lo que Carla vio cuando subió al segundo piso después de los disparos fue a Francisco tendido en el suelo. Una bala le había atravesado la rótula. Más allá estaba otro estudiante herido: uno de dos hermanos que habían intentado frenar al tirador. Al otro también lo había alcanzado una bala. El que estaba menos grave se abalanzó sobre la directora y la abrazó. "Dire, hay que ayudar a Francisco", le decía. "Ayudemos a Francisco. Yo voy a estar bien".
Francisco perdía sangre por un orificio en la pierna, hasta que llegó el inspector general junto a un apoderado, ambos voluntarios de Bomberos, para aplicarle un torniquete.
En los días que siguieron, el colegio empezó a cargar con otro tipo de estigma.
Cuando Amaro Valenzuela empezó a volver a la rutina, por ejemplo, amigos de su condominio reaccionaban con alarma cuando sabían que estudiaba en Nuevos Horizontes. "Decían: 'Nunca me cambiaría a ese colegio, es muy malo'", recuerda. Él trataba de explicarles otra cosa. Que lo que había pasado no ocurría todos los días. Que, a nivel de enseñanza, el colegio era bueno. "He pasado por muchos colegios y es un colegio bastante bueno", dice.
En redes sociales aparecieron también comentarios sobre los heridos. "Había gente que colocaba: debió haber muerto ese pendejo, un delincuente menos", recuerda Carla. "Es súper duro leer eso y verlo cuando tú conoces a ese niño. Yo llevo diez años viéndolo crecer". A ella misma la trataron mal en redes, cuenta, pero prefirió no mirar. Durante casi un año no dio entrevistas. Esta es la primera vez que habla públicamente del tema.
Según la directora, en esos días circularon versiones falsas en medios y redes sobre su actuación durante la emergencia. Una de esas versiones la supo por su hija de 13 años. En su colegio, cuenta, sus compañeros empezaron a decirle que su mamá había querido que mataran al niño. "Ella me defendía, les decía que su mamá no era así", dice Carla, emocionada. "Fue súper triste. La gente no piensa en todas esas cosas y en el daño que hacen. Con todo eso encima yo pensé que todo el trabajo que habíamos hecho por una década se iba a ir a la basura. Que se iban a ir todos los niños. Que la gente no iba a confiar más en nosotros".
Volver a ser escuela
El lunes 9 de junio, once días después del ataque, el colegio reabrió sus puertas. Una patrulla de Carabineros custodiaba el ingreso. De los 730 estudiantes matriculados, ese día llegaron 189. Al cierre del año, Carla Chandía calcula que los retiros definitivos fueron siete. La mayoría, según Jaime Sabando, por cambios de domicilio. La rutina volvió, pero no del mismo modo.
Algunos cambios se vieron de inmediato: cierre perimetral, cámaras, iluminación, guardias, presencia de carabineros en los accesos. El Servicio Local invirtió más de 222 millones de pesos en obras inmediatas y comprometió otros 1.300 millones en un proyecto de conservación que arrancó en abril de este año.
Pero esas medidas, dice la directora, no resuelven del todo un problema más básico. "Cuando alguien quiere ingresar al colegio, puede entrar diciendo que es apoderado de, y probablemente yo lo voy a dejar entrar igual. Porque no podemos tener una identificación para cada abuelito, cada tía, cada padrino, cada vecino. La confianza tiene que volver a estar en la gente. Yo no puedo andarlos mirando a todos con desconfianza".
Los cambios, por eso, dice, no pasaron solo por rejas, cámaras o guardias. Antes del ataque, los niños que salían primero o esperaban a sus hermanos mayores se quedaban en el hall . Ahí conversaban, jugaban o se sentaban a esperar. Ahora no. Quedan bajo el cuidado de inspectoría y son llevados a la biblioteca, donde hay juegos de mesa y espacio para esperar. "Yo no tengo ningún niño en el hall ", dice Carla. La decisión vino de una escena precisa. Recuerda a los más chicos corriendo espantados en medio del caos. "Lo primero que yo veo que corren y salen espantados obviamente eran los pequeños que estaban ahí". Desde entonces, el hall dejó de ser un lugar de espera para ellos.
La ONG Educando en Red instaló dentro del colegio una sala de escucha activa, atendida por psicólogos. Estaba pensada para los estudiantes. Pero terminó usándose de otro modo. "Era más usada por los funcionarios y por adultos que por niños. Yo creo que nuestros estudiantes son más resilientes que los propios adultos", dice Jaime Sabando. Los profesores, en cambio, pedían talleres de primeros auxilios psicológicos y capacitaciones para hacer mejor contención emocional. Al mismo tiempo, el colegio incorporó talleres de danza y robótica. "Muchos se sintieron más tranquilos, más relajados, sobre todo por los talleres que se implementaron. Como que se fue generando confianza", dice Amaro.
Algunas reacciones, sin embargo, no se fueron. Amaro dice que durante meses siguió pendiente de cualquier ruido fuerte: petardos, explosiones pequeñas, globos que reventaban. En el colegio, cuenta Carla, ya no usan globos para ninguna clase ni ceremonia.
Para Carla, ninguna de las medidas externas explica del todo lo que pasó después del 29 de mayo. "Los apoyos que llegan de afuera son apoyos que funcionan desde la teoría", dice, "desde lo que dicen los estudios, los académicos, los doctores en educación, sobre cómo hay que hacer frente a una crisis. Y eso no siempre resulta". La clave, agrega, estuvo en otra parte. "Yo creo que la mejor prueba de ello es que nosotros pudimos construir entre todos la manera de levantarnos de esta situación tan compleja".
Varias de las mejoras que hoy se ven en el colegio, dice Carla, eran necesidades anteriores al ataque. "Para mí Dios fue clave en todo esto. Si ese fue el medio para que tuviéramos por fin el cierre perimetral, la iluminación, las cámaras, guardias de seguridad en el ingreso y un proyecto de mejoramiento de 1.300 millones de pesos, entonces gracias, Señor, porque llegó lo que anhelábamos por años". Después recuerda una imagen más simple: "Mi colegio está pintado la mitad celeste y la mitad verde para arriba", dice. "Eso representa cómo funcionamos los colegios que estamos en la periferia, escondidos, donde nadie nos ve. Quedó así desde que vinieron unos maestros y pintaron hasta donde les alcanzó el brazo. Quedaron de volver y así pasaron los años. Nunca más volvieron".
La cicatriz
Después del ataque, Francisco siguió vinculado al colegio. La bala que le atravesó la rótula le dejó una lesión permanente en la rodilla. No le impide caminar, cuenta Carla Chandía, pero sí condicionó otras cosas. Francisco era deportista. Quería entrar a la Marina. Después de la balacera siguió matriculado en Nuevos Horizontes y tuvo un plan de acompañamiento especial, que incluía evaluaciones diferenciadas hasta terminar cuarto medio con sus compañeros.
Hoy, cuenta Jaime Sabando, Francisco estudia ingeniería en Concepción. También dice que el colegio sigue teniendo contacto con él, y lo siguen invitando a actividades. Para las vacaciones de invierno está programado un desayuno con todos los egresados de 2025. A Francisco, dice Jaime, lo van a invitar.
Casi un año después, la causa sigue abierta. La investigación ya fue cerrada. La audiencia de preparación de juicio oral, prevista primero para el 2 de abril, fue reprogramada para el 26 de mayo. El menor formalizado como autor material de los disparos permanece en internación provisoria, mientras la mujer que conducía el vehículo sigue en prisión preventiva.
Amaro dice que en el colegio casi ya no se habla de la balacera. "Yo siento que ya está como olvidado, más que nada por nosotros, porque nosotros ya lo aceptamos", dice. "Desde afuera quizá se sigue recordando. Pero es porque no vieron ese esfuerzo que nosotros hemos hecho para que todo vuelva a la normalidad".
Francisco declinó participar en este reportaje. Dijo que no quería volver sobre el tema. Que no le gusta recordar este episodio de su vida. Sobre el colegio, agregó: "Y respecto al colegio, aunque suene un poco feo, lo que me pasó a mí los benefició a ellos".
En abril empezaron las obras de conservación que cambiarán el frontis. Cuando terminen, el edificio dejará de estar pintado a dos colores.