Un recuerdo triste
¿Cuántos miles de veces se ha hecho esta misma tarea en el largo siglo de existencia del Partido Comunista de Chile?
Para quienes vivimos la enseñanza media en la segunda mitad de los años 60, los elogios a Lenin del presidente del Partido Comunista nos han servido para refrescar recuerdos y abrir más los ojos.
Avanzaba el primer semestre de 1969 y en nuestro querido Saint George's College de Pedro de Valdivia, nosotros, los privilegiados terceros medios (éramos de los grandecitos, pero aún el ingreso a la universidad no nos turbaba el alma), entendimos que la reciente llegada de un nuevo profesor de filosofía iba a causar más de una conmoción. Vimos a varios seniors -sí, los del cuarto medio- encandilados con su docencia, con la sugerencia de lecturas, con el anuncio de una cautivadora revolución. Había llegado al colegio un marxista hecho y derecho (hecho e izquierdo, más bien).
Entonces se nos anunció que íbamos a tener una Semana de la Educación (extraña situación en un colegio con casi 40 semanas anuales de educación). La semana comenzó con la típica segregación, producto de la mirada leninista: el primer día, los alumnos fuimos reordenados en grupos previamente pensados, de los cuales fueron excluidos los 30 o 40 estudiantes de convicciones más derechistas. En el resto de las salas, el profesor marxista y sus monitores condujeron la discusión. Tengo el vago recuerdo de una sarta de generalidades con un mínimo común: injusticia social y necesidad de la revolución.
Como acto muy importante, en el corazón de la Semana, tuvo lugar la presentación de Víctor Jara en el teatro de las Monjas Argentinas, a pocas cuadras de nuestro colegio. Después de que un supuesto poeta recitara unas pocas consignas baratas con uno que otro garabato intercalado, el militante del PC cantó su reciente composición "Puerto Montt", insultante para el ministro del interior, Edmundo Pérez Z., provocando la reacción de uno de sus hijos, presente en el teatro aquel. La presentación de Jara terminó a los gritos y piedrazos, dentro del teatro.
El colegio entró en una crisis profunda, ya que parte de los sacerdotes y un grupo minoritario de los padres y apoderados fueron fuertemente contradichos por una mayoría de adultos y jóvenes que rechazamos la inclinación hacia el marxismo y hacia la lucha de clases con que se habían enfocado las actividades de las dos primeras jornadas de la educativa Semana.
A fines de ese año 1969, el profesor marxista hizo explícito su propósito. Sostuvo, desde una clara posición leninista, que el cuestionamiento a la sociedad del momento "no es abstracto, sino que toma la forma concreta de los intereses contrapuestos que pugnan hoy día al interior de la sociedad y que, innegablemente, parten de lo económico como el fenómeno más visible y palpable", por lo que, sostuvo, "en el conflicto, el colegio no puede quedar al margen, debe tomar partido porque su existencia es concreta y de una u otra forma está en alguno de los términos del conflicto".
Cientos de familias abandonaron el colegio llevándose a sus hijos; quienes nos quedamos, vivimos nuestro cuarto medio del año 1970 polarizados frontalmente ante la coyuntura electoral. Los 11 años previos de concordia se veían fuertemente amagados por la siembra del odio, gran legado del profesor marxista.
¿Cuántos miles de veces se ha hecho esta misma tarea en el largo siglo de existencia del Partido Comunista de Chile? ¿Cuántos miles de profesores han sido los agentes leninistas que han llegado a la enseñanza media, con el objetivo de resaltar las injusticias, crear sentimientos de amargura, aplicar a esa combinación las tesis marxistas, sembrar el afán revolucionario, reclutar jóvenes para su partido y encargarles concretas tareas de subversión del orden democrático?
En esas estamos.