Lo de afuera y lo de entrecasa
En vastos sectores, incluso instruidos, no se cree en la educación ni en la reflexión ni en el pensamiento.
Sonó inconstitucional el ingreso al cielo nacional de un avión militar que iba a transportar al Presidente Yamandú Orsi a un portaaviones nuclear estadounidense, sin la autorización de las Cámaras, como prevé el inciso 11 del art. 85 de la Constitución.
Cabe dudar si la competencia parlamentaria para "permitir o prohibir que entren tropas extranjeras en el territorio de la República" es aplicable a la tripulación de un avión destinado a trasladar al primer mandatario, pero no cabe dudar de que en materia constitucional todos nos debemos a todos el mayor de los pruritos. La Constitución es norma fundamental. Nunca se la debe manejar con los bordes imprecisos y el imperio en estado de más o menos, y menos aun cuando nuestro Derecho nos cruje y duele en múltiples rincones de nuestra humana sensibilidad. En la actual coyuntura nacional, hace falta que el Poder Ejecutivo haga de la constitucionalidad un culto.
Por lo demás, no parece oportuna la visita a un crucero que responde a la administración Trump: no tanto por lo que pueda sentir la militancia frenteamplista como por lo que, a los liberales de espíritu, nos duele ver a la patria de Washington y Franklin dominada por un autócrata impredecible, peleado con las matrices europeas, amenazador del vecindario y promotor de guerras que que trastornan la economía sin medir las consecuencias.
Hay en nuestro Uruguay una masa de ciudadanos de todos los partidos que, sin gárgaras de antiimperialismo, amamos la libertad y clamamos por el Derecho Internacional, y por eso discrepamos con los Estados Unidos de hoy, por fidelidad a los principios que aprendimos a cimentar, entre otras, precisamente con las enseñanzas de la historia norteamericana. Por lo cual la visita al portaaviones nuclear, además de ser de constitucionalidad dudosa, nos apareció fuera de contexto.
Eso sí, no quedemos embretados en apoyos dentro de las confusas alineaciones internacionales de la época. Seamos claros: para levantar cabeza, no ha de bastar entreverarnos con la dictadura china por el interés en su inmenso mercado, ni decir amén a todo lo que diga y haga el transitorio gobernante de una superpotencia, ni apostar a nuevas importaciones de modas ideológicas ni implorar nuevas inversiones que nos permitan empatar desde atrás con las empresas que cierran.
Lo de afuera viene entre complejo y caótico, por lo cual hacemos muy bien en seguirlo con interés pero hacemos muy mal en creer que las soluciones han de llegarnos por milagros económicos generados desde afuera. Nuestros dramas, nuestras tragedias, en gran parte fincan en una caída cultural que fincó en el descreimiento, la falta de fe en valores y un materialismo determinista que nos tiene cortos de iniciativa, de garra y de espíritu
Entrecasa nos estamos resignando a la epidemia de robos, a la multiplicación de los sin techo y a los horizontes sin esperanzas. En vastos sectores, incluso instruidos, no se cree en la educación ni en la reflexión ni en el pensamiento. Se ignora que pensar no es repetir consignas, sino crear la solución específica para cada situación concreta.
Todo eso indica fallas de actitud que no se arreglarán nunca desde afuera. Y que, en cambio, se resolverán el día que nos dispongamos a luchar como personas y ciudadanos, en vez de adormecernos en una nada mal dialogada.