Un día más en la oficina
Estuve en la Feria del Libro y salí con una sensación que no entendía
Estuve en la Feria del Libro y salí con una sensación que no entendía. Fue maravilloso ver libros y autores junto a miles de visitantes comprando, pero mi perplejidad vino cuando comprendí que buena parte de la industria editorial se mantiene gracias a gente que no escribe. Por un lado están los autores consagrados, muy pocos, escritores de oficio que tienen el nombre para vivir de eso. Luego vienen los que facturan de verdad, que son los autores ocasionales, influenciadores y famosos a los que les da por escribir un libro o que son buscados por las editoriales para que publiquen, porque saben que con ellos es más fácil vender. Se trata de libros prefabricados, engendrados en una oficina y no en la cabeza del autor. Dicen que la industria editorial está creciendo, y lo cierto es que cada vez hay más lanzamientos y más novedades, quizá no porque el mercado lo pida, sino porque la mejor manera de ser rentable es sacar la mayor cantidad de libros a bajo costo, a ver cuál pega, y una vez lo identifican, explotarlo y replicar el modelo. Y entiendo que sea así, que las editoriales tienen que ser rentables, el problema es que sobresaturan el mercado con más libros que los que se pueden leer, y ellas mismas no dan abasto para imprimir, distribuir y mercadear tanto título. Eso y, sobre todo, que en su afán por buscar el próximo best seller pescan con dinamita (o disparan con ametralladora, la figura que se prefiera usar), a ver con cuál dan en el blanco. Esto ha generado que tenga alcance una cantidad de escritura no solo pasajera, sino mediocre, que de otra manera no vería la luz. Hace años me metí a un club de lectura para obligarme a leer literatura, ya que solo estaba leyendo periodismo, y después de muchos libros asimilé que, siendo generoso, el 10 % de los títulos que se publican son extraordinarios; el resto es prosa correcta, pero nada más. Y no hablo de escritores noveles, sino de nombres rimbombantes que lideran las listas de ventas y reciben elogios de la crítica. Así que, si eso ocurre con ellos, qué queda para los escritores de paso, los que con un solo título venden decenas de miles de ejemplares y luego desaparecen para darles paso a los nuevos talentos editoriales que, a su vez, dejarán de sonar porque no tienen mucho más que contar. Y no voy a decir que es el colmo: se sabe que nos gusta lo cutre, el reguetón y las películas de superhéroes. No está mal y tampoco es razón para rasgarse las vestiduras. La gente consume lo que le gusta, ya está, y dentro de ello están los libros de autoayuda y los supuestos testimoniales valientes que de heroico tienen poco. Hoy está en auge la poesía, o al menos así le llaman a juntar unos pensamientos redactados por adultos que reflexionan como si fueran adolescentes sobre temas tan elementales como el propio oficio de escribir. Supongo que escriben así porque es más fácil redactar unas líneas sueltas que mandarse con trescientas páginas de una historia compacta. Aunque, por otro lado, la poesía, la de verdad, es terriblemente difícil de lograr. También influye que se hayan acabado los adelantos, dinero que servía para que un escritor se sostuviera mientras completaba su libro. Por cuenta de eso, quien saca uno ahora debe tener dinero para escribir sin morirse de hambre. Eso ha logrado que la prosa carezca de fuego y que se haya vuelto plana y sin asomo de rebeldía, redactada por personas que no tienen mucho que arriesgar porque la vida no las ha puesto en situaciones incómodas, literariamente hablando. Escritura sin presión no es escritura. Podría pensarse que estoy criticando a mis colegas, pero en realidad me estoy autoflagelando: por estos días odio leerme y ver que morí en vida, que por la necesidad de comer escribo lo que me toca y no lo que quiero. No sé qué me pasó, si yo tenía ganas, rabia, y ahora soy a duras penas un oficinista de las letras.
Tipos de escritores
Adolfo Zableh Durán