Alerta naranja
El Frente volvió al poder sin haber resuelto qué Frente iba a gobernar. Las encuestas no inventaron esa tensión.
Anaranjada, diría yo". Como si fuera un espectador de su propio declive y llevara rato sin las riendas en la mano, el presidente de la República corrigió a su vicepresidenta, quien había hablado de una luz amarilla.
Hace más de una semana que un par de encuestas marcan la agenda del gobierno. La respuesta de Yamandú Orsi al golpe de la desaprobación llegó, por fin, en forma de precisión cromática. La política uruguaya, siempre tan sepia, descubrió el Pantone de la crisis.
¿Puede el Frente Amplio revertir la caída? ¿Qué debería hacer para lograrlo? La historia no ayuda. No abundan los antecedentes, ni acá ni afuera, de una recuperación tras un hundimiento tan marcado y acelerado. El porrazo está sobreanalizado y es comprensible que se busquen justificaciones.
Parte de la preocupación, dicen algunos, se debe a la incertidumbre generada por el cambio climático y la baja natalidad. ¿Lo qué? Otros les pidieron a los izquierdistas que leyeran el programa del Frente Amplio y lo compararan con el "alto nivel de cumplimiento". Ajá. Varios hicieron referencia a un fenómeno regional, al contexto internacional y a la insatisfacción de las sociedades modernas. Maldita modernidad, maldita.
Uno pareció sorprendido por el dato, ya que el Consejo de Ministros se había empezado a reunir con mayor frecuencia. Okay. Alguno lo achacó a la oposición y a sus intentos de desestabilizar (sic), lo cual es imposible, pues la oposición es incapaz de articular una idea.
Las declaraciones de un presidente que se niega obstinadamente a dejar de ser su propio enemigo merecen un párrafo aparte. Orsi recibió los resultados "con preocupación" y dijo que todavía no les "encuentra explicación". "Si hay gente que no está conforme", concluyó con particular esmero, "es porque algo no está saliendo bien". Cuando supiera qué pasaba, explicó, haría algo. Para averiguarlo, leería mucho y escucharía bastante. No agregó que lo haría este domingo en pantuflas. Ni aclaró si, mientras tanto, el gobierno seguiría abierto al público.
La medida fue recibida con alivio por quienes temían decisiones precipitadas, decisiones tardías o decisiones a secas.
No ha habido en estos días una sola defensa convincente del presidente. En susurros se admite lo que nadie dirá en público: es injusto pedirle que sea lo que no puede ser. La culpa no es ni particular ni exclusivamente de él. Desde los noventa, el Frente Amplio presentó cuatro candidatos presidenciales: Vázquez, Mujica, Martínez y Orsi.
A todas luces, el deterioro de la sociedad no excluye a la política.
El Frente volvió al poder sin haber resuelto qué Frente iba a gobernar. Las encuestas no inventaron esa tensión, pero la volvieron inocultable. Pese a ello, seis de cada diez votantes de izquierda todavía aprueban a este gobierno.
Todos los partidos tienen un núcleo duro inmune a la realidad. La desaprobación es mayor entre los jóvenes, quizá otro síntoma de una generación menos automáticamente progresista. Eso debería preocuparles más que el color de la alarma.
Un líder impopular que se resiste a enmendar el rumbo es el síntoma visible de una coalición sin un destino coherente. Los votos perdidos en un flanco no se recuperan sin arriesgar apoyos en el otro.
El Frente Amplio persiste en su mayor error desde que se convirtió en el partido más votado: creer que la legitimidad de las urnas alcanza para gobernar sin incomodar a nadie dentro de su propia familia.
¿Qué está sembrando el Frente Amplio para los próximos años? Si su tarea central es redistribuir lo existente, el margen se vuelve cada vez más estrecho. Uruguay no es un país con una reserva infinita de contribuyentes dispuestos a ser exprimidos. Tiene una población que envejece y es cada vez más cara.
Jóvenes desencantados y con escasas oportunidades. Una economía que necesita crecer pero no anticipa grandes cambios ni atrae lo suficiente. Y un Estado que promete más de lo que puede sostener. El cambio de caras en el oficialismo para 2029 no resuelve el problema estructural de contar solo con un plan A. Existe, en el seno de la izquierda, una supuesta batalla de ideas.
Supuesta porque nadie duda de que el grueso del Frente Amplio cree que la solución siempre viene de la mano de más Estado. Cuidado. Tímidamente, se empieza a respirar otro aire.
Las recuperaciones políticas surgen cuando un gobierno acepta la realidad. Después viene lo demás: una medida visible, una explicación simple, un liderazgo reconocible y disciplina interna. Ningún gobierno se recupera con ministros más dispuestos a tomar distancia que a cerrar filas.
Dirigir implica elegir, dejar gente disconforme, discutir los costos y asumirlos. Y convencer. Cuando se invierte el orden y se empieza por la escenografía, la mejora suele ser nula o de corta duración.
Con reuniones y diálogos, anuncios dispersos y retoques cosméticos, no se maquilla lo elemental: la falta de conducción.
Leer mucho y escuchar bastante siempre es positivo. Gobernar, cada tanto, ayudaría. Sobre todo cuando, más allá del color, la alarma sigue sonando y nadie sabe cómo apagarla.