Domingo, 07 de Junio de 2026

¿De quién son nuestros días?

ChileEl Mercurio, Chile 6 de junio de 2026

¿No es atravesando la duda que se llega a la solución más razonable?

La relación entre duda y decisión es una callada protagonista de nuestra condición. La duda parece estorbar nuestras acciones con los obstáculos que interpone a nuestras decisiones. En un mundo ideal de creencias ciertas, un mundo en que la verdad y el conocimiento estén siempre, con claridad, al alcance de la mano, las decisiones fluirían como agua en un río corriente. Acaso por esta razón siempre causan admiración las personas de certezas y de opiniones rotundas y de seguridad enfática. Pero ¿toda duda tiene esta dimensión negativa? ¿Acaso la persona dubitativa no es también la más reflexiva? ¿No es atravesando la duda que se llega a la solución más razonable?
Estas preguntas se vienen en mente al ver "La gracia. La belleza de la duda", la última película de Paolo Sorrentino. En ella Toni Servillo interpreta a Mariano De Santis, un presidente italiano (juez y jurista célebre) que exaspera a sus cercanos por su meticulosidad y rigidez (a sus espaldas lo llaman "hormigón armado"), un personaje, desde el principio del filme, de una interesante complejidad. Al final de su mandato (y acaso de su vida) enfrenta dilemas que lo arrojan en una larga duda situada más allá de la certidumbre jurídica: una ley sobre eutanasia y dos peticiones de indulto (gracia) moralmente complejas referentes a la relación entre el hombre y la mujer dentro del matrimonio. Al mismo tiempo se enfrenta majaderamente ante una duda personal, no política: la sospecha de que su esposa muerta le fue infiel hace 40 años.
La película se refiere, entonces, al misterio del amor, el centro de todas las incertidumbres, el núcleo emocional de Mariano, y detrás de esa duda se halla la muerte y la permanente meditación acerca de la soledad, la libertad y los placeres en los días finales.
Mariano De Santis parece incapaz de resolver y de superar la duda en su dimensión paralizante. Ciertos elementos, no obstante, brillan a su alrededor, chispas que resplandecen en medio de un mundo de poder exhausto e incrédulo, anticipando un misterio. Sorrentino los introduce a través de imágenes enigmáticas (una canción de rap, un astronauta cuyas lágrimas flotan en el espacio y luego ríe, el caballo moribundo, diálogos epifánicos). La gracia florece en esa grieta abierta en "el hormigón armado", cuando se abandona a la duda misma, acepta convivir con ella y desde ella decidir, dando un salto. Mas allá del perdón institucional, es el estado espiritual que permite entrar en un mundo de coraje, sentido y de ingravidez, en el cual la pregunta por de quién son nuestros días tiene una respuesta simple aunque tardía.
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