Callejón sin salida
En seguridad pública hay una enorme expectativa insatisfecha, al punto tal que hemos registrado que el líder internacional más popular en Uruguay es Nayib Bukele, incluso sobre líderes como Lula.
Un par de repercusiones de prensa de los últimos días revela la compleja situación en que se encuentra el oficialismo. Y no nos referimos a la crisis de credibilidad de la famosa camioneta presidencial, sino a algo más general: el rumbo que sigue o debería seguir el gobierno.
Porque desde la oposición ya se ve muy claramente que dicho rumbo brilla por su ausencia. Lo dijo este miércoles Rodolfo Saldain en el encuentro de la Coalición Republicana sobre las nefastas consecuencias del Diálogo Social. Y lo dicen todos los días los propios frenteamplistas. No solo sus militantes, sino los mismos dirigentes que hace menos de dos años pidieron el voto, prometiendo el retorno del paraíso socialista.
Tal es el caso del exsenador Rafael Michelini, entrevistado por el programa de streaming "Legítima mañana" de Caras y Caretas. Demolió la defensa del pragmatismo que se hace desde el MPP, argumentando que cuando comenzaron con la Marcha del Silencio, el tema de los derechos humanos no estaba entre los intereses centrales de la gente, pero con acción política logró reimponerse. Lo mismo respecto a la campaña contra la LUC del gobierno pasado. "Desde el mismo FA nos advirtieron que la recolección de firmas podía tener resultados catastróficos, pero la política cambia las cosas". Basado en esa reivindicación de una proactividad izquierdista, declara ser de los más crítico con el actual gobierno: "Desde setiembre empecé a decir que acá hay un descontento, que tenemos que tenerlo en cuenta. Después vinieron las encuestas y después vinieron las murgas. Y todo el mundo prendió las alarmas. Ahora digo que no es solo un problema de descontento. El problema es que la gente está preocupada a ver si somos de izquierda o no somos de izquierda". Reclama "un gobierno de izquierda, con sensibilidad de izquierda" porque "el programa es de izquierda". En determinado momento aventura que "si nosotros hubiéramos dicho que en Gaza hay un genocidio, la mitad de los problemas ya estaban resueltos" (sic).
Su declaración es reveladora porque demuestra claramente que el lío no está solo en los resultados desastrosos de las encuestas de aprobación del gobierno. Está fundamentalmente en cómo se interpretan.
Porque mientras Michelini presupone que la solución al descontento es hacer caso a las murgas compañeras y romper relaciones con Israel, la realidad es bien distinta, tal como la describió en una entrevista radial de 970 Universal el director de Opción, Rafael Porzecanski. Empieza admitiendo que existe un segmento como el que protagoniza el exsenador: "el del riñón más frenteamplista de comité, que no está contento y le pide al gobierno más izquierda. Puede ser a nivel impositivo, gravar el 1% a los más ricos. A nivel de posicionamiento internacional, ayer fue con Gaza y hoy con la crítica a la visita del portaviones de EE.UU.". Pero Porzecanski aclara que hay otro segmento "más grande cuantitativamente. Es un electorado que votó al FA pero no es frenteamplista militante, sino que es quizás menos seguro para el FA. Y que no tiene satisfechas algunas expectativas que está evaluando negativamente. En seguridad pública hay una gran expectativa insatisfecha, al punto tal que hemos registrado que el líder internacional más popular en Uruguay es Nayib Bukele. Entre los que votaron al FA hay un 20% que prefiere a Bukele sobre líderes como Lula o Boric, por ejemplo. Ahí hay una parte del electorado descontento. Le pide más resultados concretos en seguridad, situación de calle y empleo".
He aquí el callejón sin salida al que se enfrenta la administración Orsi.
Sus nulos resultados de gestión alimentan un electorado arrepentido que reclama mano dura contra el delito y mejoras económicas concretas, pero también estimulan a una izquierda radical que empuja hacia medidas populistas, las que sin duda dinamitarían esas ansiadas mejoras en la convivencia y el empleo.
Lo que tiene que decidir ahora el presidente Orsi es a quién hacerle caso: a las mayorías ciudadanas que reclaman pragmatismo económico para retomar el crecimiento y rigor contra el delito, o a las ruidosas minorías que persisten en el fumadero de opio de la utopía socialista. Tratar de contentar a las dos -como está tratando de hacer el gobierno- no lo lleva a ningún lado; más bien acentúa la irritación de ambas partes.
Los buenos tipos sirven para compartir un asado pero no para ejercer la autoridad sobre un país pequeño y dependiente. Gobernarlo implica inevitablemente enojar a los menos para aliviar a los más.