La humanidad compartida
Hay ciertas experiencias humanas, intrínsecas a nuestro ser, que trascienden las diferencias que nos dividen.
C'est le ton que fait la chanson (Es el tono el que hace la canción) es un proverbio francés que comparto plenamente, porque importa mucho lo que dices, pero también pesa -y mucho- la retórica que usas para comunicar tus ideas. En este sentido, no es trivial que en su última cuenta pública, más allá de su contenido, el Presidente Kast se haya dirigido al país en un tono que reflejaba la búsqueda de un clima de entendimiento entre los chilenos, sin descalificaciones contra quienes piensan muy distinto a él. Esto se agradece particularmente en los tiempos de fracturas, de polarización, de agudización de los conflictos, de la ausencia de consensos mínimos y cuando en países cercanos hay jefes de Estado que a sus oponentes de izquierda los llaman "zurdos de m...", "empobrecedores seriales" o "parásitos".
La fractura social y política actual no es solamente una percepción subjetiva, pues existe evidencia empírica de cómo la brecha ideológica entre los ciudadanos de distintos partidos se ensancha cada vez más en los países occidentales. Las causas son muchas, pero esta narrativa de ruptura es sin dudas atribuible a las redes sociales que están deliberadamente diseñadas para maximizar la división, cultivar la indignación y convertir al adversario en un enemigo existencial al cual hay que aniquilar. Esta tendencia es también exacerbada por las nuevas políticas identitarias que pretenden organizar las sociedades en tribus aisladas, en pugna unas con otras.
Sin embargo, el elemento que funda la civilización es la aceptación de la existencia de una humanidad compartida, lo cual, como sugiere Jonathan Haidt, significa que hay ciertas experiencias humanas, intrínsecas a nuestro ser, que trascienden las diferencias que nos dividen, que no las eliminan, pero sí las vuelven temporalmente irrelevantes. Vivencias como el amor, la pena, las catástrofes o las tragedias hacen que las diferencias ideológicas se vuelvan insignificantes, y se disuelvan. El duelo es una de las experiencias más poderosas en este sentido. Tanto es así que en momentos de dolor y pérdida es muy posible, y así sucede, que personas en lo político diametralmente opuestas puedan expresar su solidaridad, con mayor sensibilidad y empatía que personas ideológicamente afines. Según Haidt, esto estaría anclado en un sustrato moral que es previo a toda cultura, sería un proceso involuntario y universal y, según los psicólogos evolutivos, sería incluso anterior al lenguaje.
Esto se relaciona directamente con el concepto de la "simpatía" que subyace en la filosofía moral de Adam Smith, que elabora en la Teoría de los Sentimientos Morales y que significa la capacidad de ponerse imaginativamente en el lugar del otro, lo cual nos permite transportarnos a la situación de quien sufre y generar una emoción semejante a quien la padece. En el último tiempo se ha introducido una diferenciación entre "simpatía" y "empatía", y esta última iría un paso más allá y no sería meramente un impulso espontáneo y automático, sino que implica un acto político deliberado para ponerse en la perspectiva del otro, para entender sus condiciones, su historia y sus miedos. En otras palabras, reconocer la humanidad compartida debe ser un objetivo para mejorar nuestra convivencia, estimulando el contacto directo entre personas distintas para reducir el prejuicio; cultivar aquello que nos une para develar al ser humano en toda su complejidad, sus ambigüedades, sus contradicciones y sus dudas; sobre todo, exige alzarse contra las estructuras del odio, incluida la retórica. Ello no implica eliminar las diferencias ni los conflictos. Significa entender que el adversario puede estar equivocado pero no es un ser inferior a eliminar. Esa diferencia no es trivial y, por el contrario, es "la que separa la democracia de la guerra civil".