China vs. Estados Unidos
El error de Washington fue creer durante décadas que el crecimiento económico de China la volvería más abierta, más parecida a Occidente .
China ya ha logrado ser la gran potencia industrial del planeta. Sus productos de exportación y de consumo interno son de calidad, buen diseño y menos caros. Su tecnología es de avanzada. Igual, en minería.
Su agricultura, donde empezó la gran reforma económica, hoy está a la vanguardia por el nivel de investigación, en semillas, riego, herbicidas, fertilizantes y uso de drones. Por razones de seguridad nacional el objetivo del gobierno es ser lo más autosuficiente posible, pero el sector enfrenta problemas de escasez de tierras aptas y éstas están "cansadas" luego de miles de años de cultivo. La polución industrial, otro desafío, complica el cuadro. Debe importar alimentos.
El sistema educativo es de vanguardia. Su infraestructura ha ido mejorando, su transporte público es excelente y su régimen de salud se ha modernizado notablemente.
Su moneda es más aceptada y su conjunto bancario parece estable, aunque existen problemas de sobreoferta de viviendas construidas sin suficiente demanda. Hoy existe un importante stock de deuda ilíquida o "pufo". No debería suceder eso en una economía planificada, aunque ya no lo sea tanto. Se ha permitido (parcialmente) la propiedad privada y el lucro, como incentivo de desarrollo.
El sector laboral es la envidia de los empresarios de occidente. Problemas sindicales no hay, que se sepa. Sus fuerzas armadas imponen respeto.
El Partido Comunista Chino (PCC) gobierna el país desde 1949, cuando Mao derrotó a los nacionalistas de Chiang Kai-shek tras una larga y cruenta guerra civil, que los llevó a refugiarse en Taiwán.
En la base existen algunos rasgos democráticos a nivel local, obviamente dentro del mismo y único partido. A medida que el funcionario trepa hacia la cúpula, pesa (en su ascenso o fracaso) el desempeño en su trabajo, lealtad y dedicación, observado y medido por el PCC. Sobre esa base se definen los sucesivos ascensos y la rotación de los más capaces y ambiciosos. Si bien, labia y maniobras políticas nunca perecen, el sesgo meritocrático predomina y su sistema le ha permitido alcanzar su posición como la segunda potencia del planeta. Eventualmente, tendrá que encarar un serio problema demográfico, pero eso para otro artículo. Qué metas tiene este nuevo imperio: alcanzar y sobrepasar a EE.UU. en la próxima generación. Recomiendo un libro extraordinario que justamente dedica las 244 páginas de su texto a este tema (*). Michael Pillsbury su autor, un estudioso de China con las mejores credenciales académicas y prácticas -lee y escribe fluidamente el mandarín- desnuda sus verdaderas intenciones en una profunda investigación.
Sostiene una tesis contundente: desde 1949, la dirigencia china perfeccionó con gran pericia un camino de engaño a largo plazo. Su objetivo, desplazar a Estados Unidos como primera potencia mundial hacia el 2049, centenario de la República Popular.
Según el autor, el error de Washington fue creer durante décadas que el crecimiento económico de China la volvería más abierta, más parecida a Occidente y en definitiva, más cooperativa. El autor afirma que el desarrollo chino no implica una convergencia política con el modelo liberal, sino el fortalecimiento paciente de un proyecto nacional propio. Guiado por una élite que ha desplazado a los moderados y que piensa en términos históricos, geopolíticos y civilizatorios.
Para explicar esa estrategia el libro recurre a la historia china, especialmente al período de los Reinos Combatientes, donde la astucia, la paciencia, la desinformación y el uso indirecto del poder ocupan un lugar central. Argumenta que la dirigencia china aprendió la tradición que recomienda ocultar la fuerza real. Mostrarse débil cuando se es fuerte, ganando tiempo, aprovechando recursos del rival y evitando el choque frontal hasta que la correlación de poder resulte favorable. Venir de atrás. A su juicio, esa lógica habría guiado durante años la relación con EE.UU., beneficiándose del comercio, de la transferencia tecnológica, el acceso a mercados y el apoyo y cooperación internacional. En lo posible borrando toda referencia positiva hacia los Estados Unidos, su aliado contra Japón en la 2da. Guerra Mundial. Sin abandonar su meta estratégica de superarlo, no solo rivalizando y compitiendo sanamente sino como venganza por agravios pasados y otros inventados. Para lo cual han organizado una mendaz formación de opinión pública contra EE.UU. El relato chino no es propaganda en el sentido clásico, sino una construcción política y cultural más amplia. Pillsbury sostiene que el PCC alimenta una narrativa histórica centrada en el "siglo de la humillación", es decir, el período en que China sufrió invasiones, imposiciones y derrotas frente a potencias extranjeras, ejemplo la guerra del opio.
EE.UU. no siempre aparece como el enemigo, pero como una traba frecuente a la restauración del lugar que China cree merecer. Esa narrativa, según el autor, cumple varias funciones: refuerza el nacionalismo, legitima el liderazgo del Partido, moviliza apoyo social para políticas de poder y presenta la competencia con Washington como una necesidad defensiva y no como una ambición hegemónica. Así, la opinión pública es orientada para percibir a EE.UU. como potencia decadente, hipócrita o empeñada en frenar el ascenso chino. Pillsbury sugiere que esa influencia sobre la percepción colectiva se ejerce por medio de la educación y la represión de quienes disientan, la censura, la diplomacia, el control del discurso público y la selección de los mensajes históricos y mediáticos. El resultado es una visión del mundo en la cual el ascenso de China aparece como justa, necesaria e inevitable, mientras que las acciones de EE.UU. se interpretan como intentos de contención o humillación.
El libro es una seria advertencia. Su mensaje central es que China no debería ser entendida como la de un competidor que inevitablemente se liberalizará, sino como un adversario sofisticado que combina paciencia histórica, ambición nacional, control político interno y manejo del relato público.
El escritor obliga a considerar que la lucha entre China y EE.UU. no se circunscribe solo al ámbito comercial y la tecnología (esperemos que tampoco al campo de batalla) .mientras, a la opinión pública, el Partido la manipula con sesgada habilidad, para lograr sus objetivos.
(*) The Hundred-Year Marathon, de Michael Pillsbury. (Paperback Edition 2022)