Sábado, 13 de Junio de 2026

SpaceX y la euforia bursátil

ChileEl Mercurio, Chile 13 de junio de 2026

La mayor apertura a bolsa de la historia llega en medio de un mercado alcista impulsado por la inteligencia artificial. El entusiasmo es comprensible, pero conviene distinguir entre el valor de una tecnología y el precio que los inversionistas están dispuestos a pagar por ella.

Ayer, la compañía de cohetes reutilizables, satélites e inteligencia artificial de Elon Musk, SpaceX, debutó en el Nasdaq, en la mayor apertura a bolsa de la historia. La empresa colocó 555,6 millones de acciones a US$ 135 cada una, proyectando recaudar cerca de US$ 75.000 millones y una valoración de US$ 1,77 billones ( trillion estadounidenses), pero cerró a un precio 19% mayor. Así, se convierte en la séptima firma más valiosa de EE.UU., por delante de Tesla, del propio Musk.
Conviene detenerse en qué significa este hito. La oferta pública inicial (IPO, por su sigla en inglés) es el mecanismo mediante el cual una firma capta capital fresco para financiar su crecimiento. Adicionalmente, permite que sus fundadores e inversionistas tempranos liquiden parte de su participación. El proceso exige registrar un prospecto ante el regulador, realizar una gira de promoción entre grandes inversionistas y, habitualmente, ofrecer un rango de precios que permita medir la sensibilidad de la demanda. SpaceX rompió esa costumbre: fijó un precio único de US$ 135 por acción, en una modalidad de "tómelo o déjelo".
Respecto del uso de los recursos generados, los increíbles proyectos de SpaceX explican parte del entusiasmo: data centers que orbiten en el espacio, crecimiento de la red de satélites de Starlink (100.000 nuevos satélites), viajes espaciales y exploración de la galaxia, junto con el potencial de los contratos para el área de la defensa.
Un mercado alcista alimentado por la IAEl estreno no ocurre en el vacío. Si bien la última semana tuvo gran volatilidad debido a la situación de Medio Oriente, la IPO de SpaceX se produce en pleno desarrollo de un bullmarket , período prolongado de alza en los índices accionarios, caracterizado por el optimismo inversor. Su lógica es, en parte, circular: los precios crecientes alimentan el optimismo, este atrae más demanda y esa demanda vuelve a empujar los precios. El actual ciclo alcista en EE.UU. se inició en octubre de 2022 y ha sido decisivamente impulsado por una sola fuerza: el potencial impacto de la inteligencia artificial (IA).
La potencia del fenómeno es notable. El sector tecnológico representa hoy más del 39% de la capitalización del índice S&P 500. Si se añaden gigantes como Alphabet, Amazon y Meta, que no se clasifican formalmente como tecnológicas, pero invierten masivamente en infraestructura de IA, más de la mitad del valor de dicho índice accionario depende de esta apuesta. Los desembolsos asociados son monumentales: el gasto de capital de las grandes plataformas podría superar el billón de dólares hacia 2027. La propia SpaceX destinó más de US$ 10.000 millones a inversión en el primer trimestre, de los cuales US$ 7.700 millones correspondieron a IA.
Riesgos y expectativasAhora bien, las aprensiones respecto de los fundamentos del alza no han sido pocas. Un número creciente de voces autorizadas ha advertido que el problema no es tanto que los niveles de los índices estén "altos", sino que descansan sobre expectativas de ganancias difíciles de cumplir. Desde 1985, los analistas han proyectado en promedio un crecimiento anual de utilidades de 13% para las empresas del S&P 500, mientras que el resultado efectivo ha rondado el 7%. Hoy las expectativas superan el 20%.
El reparo está en la rentabilidad. El gasto en IA de las grandes tecnológicas consume casi el 100% de su flujo de caja operacional, frente a un promedio histórico de 40%, y gran parte de la inversión (centros de datos y microchips ) tiene una vida útil de tres a cinco años. Entonces, la apuesta es extrema: o se concreta la monetización o bancarrota.
SpaceX lo ilustra con crudeza. Pese a su valoración, registró una pérdida neta de US$ 4.280 millones en el último trimestre y acumula un déficit de US$ 41.300 millones desde su fundación. Más inquietante aún, fue incorporada de forma acelerada a los principales índices, lo que obligó a los fondos indexados a comprar sus acciones casi de inmediato, trasladando el riesgo al ahorrante común.
Sin embargo, existen razones para mitigar dichas aprensiones. Por ejemplo, a diferencia de la burbuja puntocom (1999), las utilidades de las tecnológicas actuales son reales y robustas, y representan más de un cuarto de las ganancias del S&P 500. La cuestión, entonces, no es si la IA tiene un gran potencial, sino si los flujos de caja y las ganancias de productividad llegarán a tiempo y en escala suficiente.
A tales riesgos se suma una amenaza más reciente y menos visible: la que la propia IA introduce sobre la integridad del mercado. Y es que el auge de la IA capaz de operar de forma autónoma (IA agéntica ) ha multiplicado los ataques cibernéticos contra bancos, agencias de crédito y otras instituciones financieras. Por otro lado, la masificación de algoritmos de negociación basados en aprendizaje profundo genera un riesgo de "monocultivo": cuando numerosos sistemas comparten una misma lógica, tienden a reaccionar de idéntico modo ante un error, elevando la probabilidad de desplomes súbitos. Y a ello se añade la proliferación del llamado "AI-washing", empresas que exageran su componente de IA para captar capital. En un mercado ya tensionado por las expectativas, estas vulnerabilidades recuerdan que las innovaciones tecnológicas no solo generan valor, sino también incertidumbre. Anclar las expectativas en fundamentos sólidos es esencial para asegurar la salud de los mercados.
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