Manipulación en el teatro
Algunas obras de teatro parecen haber resuelto un problema que ha inquietado a filósofos, artistas y científicos durante siglos: la incertidumbre
Algunas obras de teatro parecen haber resuelto un problema que ha inquietado a filósofos, artistas y científicos durante siglos: la incertidumbre. En ellas no hay ambigüedades, contradicciones ni preguntas abiertas. Todo está diseñado para que el público llegue a la conclusión "correcta".
Los personajes cumplen disciplinadamente su función argumentativa, los conflictos existen para demostrar una tesis y la trama avanza con la eficiencia de un folleto informativo. El espectador no es invitado a pensar, sino a coincidir.
Por supuesto, toda obra transmite ideas y abre capas de sentido. Debe ser así. Lo preocupante ocurre cuando deja de confiar en la inteligencia del público y comienza a tratarlo como un destinatario que requiere orientación permanente. Entonces el teatro abandona el riesgo de la creación y adopta la seguridad de la instrucción.
El resultado suele ser curioso: trabajos escénicos que hablan insistentemente de libertad, pensamiento crítico y emancipación, mientras hacen todo lo posible por evitar que el espectador llegue a conclusiones propias. Como si la misión del arte ya no fuera explorar la complejidad humana, sino verificar que la audiencia haya asimilado el mensaje.