Goles de ternura
Conocí a Shakira en 2008, en el Gran Concierto Nacional que organizamos en Leticia desde el Ministerio de Cultura
Conocí a Shakira en 2008, en el Gran Concierto Nacional que organizamos en Leticia desde el Ministerio de Cultura. Estaba en el escenario junto a Carlos Vives y a los abuelos de la maloka de Moroapu, celebrando la independencia del país desde la Amazonía. Recuerdo su profesionalismo impecable, su energía vital, su compromiso genuino. No era solo una estrella: era una artista consciente del poder simbólico de su voz y de su lugar en la historia cultural del país. Por eso no me sorprende —pero sí me conmueve— que haya puesto hoy en el centro a la música africana y a los niños, en medio de un ambiente global de pocas alegrías y demasiadas tensiones. En tiempos en que la esperanza parece frágil, hay algo profundamente político y humano en ese gesto: celebrar la vida con alegría e inocencia como acto de resistencia. África es memoria ancestral y es también futuro. Es el continente más joven del planeta, el que más crece demográficamente y el que en las próximas décadas concentrará uno de los mayores pesos poblacionales del mundo. Su energía no es retórica: es realidad histórica en construcción. Allí se está definiendo buena parte del siglo XXI. Y esa África sonora hoy tiene nombres propios. Burna Boy, el rey del afrobeats, representa una industria musical vibrante; encarna una afirmación cultural global. El afrobeats —ese pulso contemporáneo nacido en Nigeria, conectado con el highlife de Ghana y proyectado al mundo— es primo de géneros colombianos como la champeta o el exótico. Son ritmos que viajaron en barcos, que cruzaron el Atlántico y quedaron suspendidos en la memoria de la diáspora, evolucionando de ida y vuelta. Colombia es afrodescendiente. Llevamos esa herencia en el cuerpo y en el ritmo; en la manera de bailar, de cantar, de resistir y de imaginar el futuro en medio de múltiples contradicciones. Es poderoso ver a los niños africanos con la bandera colombiana pintada en el rostro, afirmando con naturalidad que también son colombianos. Colombianos en territorio africano. Y así es. Porque la identidad no es una frontera fija: es una memoria compartida, una diáspora viva, un puente que atraviesa océanos y regresa transformado, a través del ritmo, como un lenguaje que no necesita explicaciones ni justificaciones. Verlos improvisar, reír y abrazar a Shakira con esa familiaridad, como si fuera esa tía cercana que regresa a casa, es recordar el espíritu africano y afrodescendiente que transforma la adversidad en celebración. No es abstracto. Está ahí en las canchas y estadios. Es lindo y esperanzador ver en la mayoría de representaciones del Mundial, el juego de equipos, países y continente, al África, a la gente; la diáspora en todos, comenzando por la Selección Colombia. En un mundo marcado por la confrontación, el juego incesante de los egos y los extremismos, la cultura y el deporte siguen siendo espacios donde todavía podemos reconocernos. El fútbol, como la música, suspende por instantes nuestras trincheras. Nos devuelve algo esencial: lo humano, el juego, la fiesta que trascienden la competencia y donde todos terminamos ganando. Los goles que vemos y los que esperamos en estas semanas de Mundial no son solo deportivos. Son goles de ternura. Pequeñas victorias emocionales que nos permitan volver a mirarnos como un solo país y mundo. Sé que suena ingenuo hablar de unidad en tiempos de violencia y desconfianza, pero sin esos momentos de comunión no hay proyecto colectivo posible. La cultura y el deporte no reemplazan la política, pero sí humanizan el clima en el que esta ocurre.
Gracias, Shakira
Paula Moreno