Martes, 23 de Junio de 2026

La naranja mecánica rediviva

ChileEl Mercurio, Chile 23 de junio de 2026

El mundo está remecido por una delincuencia extrema, sea organizada o no, que tiene en vilo la vida diaria en demasiados países. Nadie escapa a esta realidad.

La película (basada en la novela de Anthony Burgess) es una de las obras maestras de Stanley Kubrick y viene a ser uno de los diagnósticos más estremecedores acerca de nuestra era, auténtica utopía negra, profundamente pesimista a pesar del humor macabro de que hace gala. Describe el peligro de erosión difícil de revertir en ese deslizarse hacia una cohabitación de la institucionalidad del Estado de derecho, por una parte; y por la otra, ello se convierte gradual e inexorablemente en cáscara o superestructura montada sobre la guerra de todos contra todos, la ley del hampa llevada a su paroxismo. Uno huele la descomposición y la inminente devastación final.
En verdad, el fenómeno de violencia delincuencial nunca desapareció de la historia humana. Si retrocedemos al 1900, en Chile y en el mundo existía, junto a las emergentes mafias modernas, un enjambre de bandidaje rural y urbano que confería uno de los rostros de la vida cotidiana. Si se hubieran podido pronosticar los avances técnicos de que dispondrían las policías y los sistemas judiciales de la actualidad, amparados en una colosal ampliación del poder del Estado, se diría que era cosa de tiempo que se arrinconara a la delincuencia dura hasta convertirla en una realidad marginal. Las fuerzas del orden dispondrían de una ventaja técnica insuperable, reduciendo o exterminando a las bandas violentas o especialmente gravosas.
Solo que no ha sido así. Entrando al segundo cuarto del siglo XXI, el mundo está remecido por una delincuencia extrema, sea organizada o no, que tiene en vilo la vida diaria en demasiados países. En un sentido absoluto, nadie escapa a esta realidad, y para esta consideración dejamos de lado las experiencias donde la crisis política se funde y confunde con brutal fiebre delictiva, como Yemen, Sudán y tantos países más (!nuestro Haití¡).
Existen sin embargo algunas correlaciones. En general, los países desarrollados -la mayoría son democracias, y en especial las más igualitarias- están menos expuestos a transformar la vida cotidiana de sus habitantes en una situación que puede ser calificada como estado de sitio espontáneo frente a una delincuencia desenfrenada. Y la otra observación, que América Latina muestra índices de vida criminal mucho mayores a lo que deberían de ser de acuerdo a su desarrollo relativo y su experiencia política. Es significativo que dos de los países más fuertes de nuestra América, Brasil y México, ostenten índices de asesinatos por 100 mil habitantes -una medición típica- inaceptables en relación a su poder y capacidades.
En la última década -o desde antes- hemos marchado decididamente en esa dirección, con una nueva delincuencia mafiosa altamente organizada y enquistada. Que esto haya sido importación migratoria no impide que por influencia directa o por emulación se haya propagado en nuestra otrora relativamente modesta hampa nacional. ¿Existe una estrategia que nos pueda librar de convertirnos en escenarios de la naranja mecánica, como México o Brasil? Se habla de que hay que tratar las causas profundas (que no siempre lo son), como marginalidad y pobreza. Caso clásico de este problema son las guerras de contrainsurgencia, donde el factor político, como lo aconseja Clausewitz, es quizás más fuerte que en las guerras entre Estados. Habría que pensar en una estrategia análoga que, teniendo en cuenta estas dos dimensiones del conflicto, las emprendiera más allá de una administración de cuatro años, como combate a este nuevo tipo de criminalidad, antes que la naranja mecánica las cristalice en conflictos eternos, como sucede en Colombia y en tantas partes.
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