Miércoles, 24 de Junio de 2026

La crisis que no fue

ColombiaEl Tiempo, Colombia 23 de junio de 2026



El domingo, en la transmisión en vivo de los resultados de la segunda vuelta, hubo un momento breve pero revelador



El domingo, en la transmisión en vivo de los resultados de la segunda vuelta, hubo un momento breve pero revelador. Estadísticamente ya era evidente que Abelardo De La Espriella era el presidente electo de Colombia: la tendencia era irreversible y el margen, aunque estrecho, había cruzado el umbral en que la aritmética deja de ser opinión y se convierte en hecho. Sin embargo, en las redacciones y en las caras de los analistas que transmitían en vivo se palpaba una duda. No era solo prudencia periodística ni temor a errar ante un resultado apretado. Había algo más hondo: una dificultad repentina para decir, con la claridad de siempre, que había un vencedor. Ese titubeo no nació del vacío. Durante semanas, el Gobierno tendió un manto de sospecha sobre el proceso electoral, sembrando la idea de que reconocer un resultado antes del escrutinio equivalía a desconocer la institucionalidad. La tradición colombiana, sin embargo, ha sido otra: informar el preconteo, reconocer la tendencia irreversible y hacer la salvedad de que el escrutinio formal continúa. Vale la pena recordar el dato que sostiene esa tradición: desde que se instauró la segunda vuelta en la Constitución de 1991, ningún escrutinio ha revertido al ganador anunciado en el preconteo, y la distancia entre uno y otro nunca ha superado el 0,1% del total de los votos. Hay, además, una ironía que conviene no dejar pasar: ese mismo preconteo que hoy el Gobierno cuestiona fue el que llevó al propio Gustavo Petro a celebrar su victoria, hace cuatro años, esa misma noche. Aun sabiendo todo eso, por unos minutos esa pausa se sintió en el oficio. Nadie quería dar un paso que pareciera precipitado, ni cargar con el riesgo de desafiar una narrativa de duda instalada con eficacia. Pero ahí estaba la responsabilidad del periodismo: no amplificar una incertidumbre artificial cuando los datos ya hablaban con claridad. Había presidente electo. Se llamaba Abelardo De La Espriella. También había una Registraduría cumpliendo su tarea y un preconteo respaldado por treinta y cinco años de precedente. Los ajustes de mesa en el escrutinio no favorecen necesariamente a un solo candidato: pueden moverse en cualquier dirección. Presentar cualquier ajuste como amenaza automática al resultado era desconocer cómo funciona el proceso, y la propia historia reciente de quien lo cuestionaba. Decirlo no era proclamar por encima de la ley. Era informar: anunciar al ganador cuando la tendencia es irreversible, y recordar, en el mismo aliento, que el escrutinio formal sigue su curso. Esa decisión ayudó a conjurar una crisis de credibilidad que nunca debió existir. Podríamos llamarla la crisis que no fue: la crisis de los cinco segundos. El instante en que un país pudo haber amanecido atrapado en la sospecha, con más miedo, más incertidumbre y fisuras más profundas, y no lo hizo. No ocurrió porque el periodismo colombiano, en su mayoría, entendió rápido su responsabilidad. Hubo quienes tardaron más de lo habitual, pero todos terminaron informando lo que los datos ya mostraban. Después llegaron los gremios, los líderes, los expresidentes y la comunidad internacional a reconocer el resultado. El domingo se hizo lo correcto: se informó con prudencia y carácter, se respetó el escrutinio sin convertirlo en pretexto para desconocer la evidencia, y se defendió la institucionalidad sin caer en el juego de quienes buscaban sembrar dudas. Queda la lección. La democracia no siempre se defiende con grandes discursos, sino con la decisión serena de decir las cosas como son, en el momento exacto en que más cuesta hacerlo.
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