Agro argentino: más allá de la coyuntura, actuar hoy frente a una oportunidad única
Pocas actividades como el agro tienen la capacidad de generar simultáneamente divisas, inversión, empleo, innovación, conocimiento aplicado y presencia territorial
Durante décadas, el debate público argentino analizó al campo principalmente desde la coyuntura
Pocas actividades como el agro tienen la capacidad de generar simultáneamente divisas, inversión, empleo, innovación, conocimiento aplicado y presencia territorial
Durante décadas, el debate público argentino analizó al campo principalmente desde la coyuntura. Las retenciones, el tipo de cambio, los costos de producción, las sequías, la presión tributaria o los precios internacionales ocuparon buena parte de la conversación. Son temas relevantes, desde luego, porque inciden directamente sobre la capacidad de invertir, producir, generar empleo y exportar. Pero hoy la Argentina enfrenta un desafío mucho más trascendente : definir cómo será capaz de transformar ese enorme potencial del agro en una verdadera estrategia de desarrollo nacional.
Si se generan las condiciones adecuadas, el agro tiene el potencial de crecer entre un 40% y un 50% en cereales y oleaginosas, sumar un millón de toneladas de carne bovina, porcina y aviar, duplicar el área implantada en forestación y agregar 2.000 millones de litros de leche. Este salto productivo implicaría incorporar alrededor de 20.000 millones de dólares adicionales por año a los más de 50.000 millones que el sector aporta actualmente a la economía argentina.
Pocas actividades tienen la capacidad de generar simultáneamente divisas, inversión, empleo, innovación, conocimiento aplicado y presencia territorial. La columna vertebral es el agro, que se difunde luego en la cadena bioindustrial argentina. Por eso, cuando hablamos del futuro del agro, no estamos hablando solamente de un sector. Estamos hablando de una parte central del marco económico, social y tecnológico de la Argentina.
El nuevo contexto macroeconómico abre una ventana que el país no debe desaprovechar. La desaceleración de la inflación, la recuperación del equilibrio fiscal, la normalización progresiva del sistema cambiario y una mayor previsibilidad económica con reglas estables y justas crean condiciones de confianza indispensables.
Un productor toma decisiones todos los días sin conocer con certeza cuál será el régimen de lluvias u otras incidencias climáticas, cómo se moverán los precios internacionales o qué eventos geopolíticos pueden alterar los mercados. Decide sembrar, invertir, contratar, financiar capital de trabajo, endeudarse, incorporar tecnología o expandir una actividad con información siempre incompleta. Ese esfuerzo constituye uno de los mayores capitales culturales y productivos de la Argentina.
Los números permiten dimensionar la magnitud estratégica del agro. Las cadenas agroindustriales exportaron USD 51.070 millones durante 2025, el tercer valor más alto de la historia argentina en términos nominales. En términos simples: prácticamente seis de cada diez dólares que ingresan a la Argentina por exportaciones provienen de la agroindustria. Y un elemento primordial en la estructura económica y muchas veces soslayado: el agro es el único sector que año tras año, en términos de balanza comercial, consolida un balance neto positivo, a diferencia de otras actividades.
El crecimiento de la producción ya no podrá sostenerse bajo los mismos parámetros del pasado. La expansión de la frontera agrícola tiene límites ambientales, sociales y económicos. Este punto es central. El futuro agroalimentario global dependerá de producir mejor, con mayor eficiencia en el uso de agua, tierra, insumos, energía y conocimiento. Siembra directa en maiz
La innovación tecnológica es uno de los grandes pilares del futuro del agro argentino. La siembra directa es un eje en nuestro modelo de producción, pero no el único, a la hora de demostrar que productividad y sostenibilidad no son conceptos opuestos.
Los mercados internacionales, los consumidores, los sistemas de financiamiento y las cadenas globales de valor incorporan de manera creciente criterios vinculados a huella de carbono, uso responsable de recursos, deforestación, bienestar animal, inocuidad y trazabilidad. Quienes puedan demostrar mejores estándares accederán a más mercados y mejores oportunidades.
La nueva revolución agropecuaria es digital. La agricultura de precisión, los sensores remotos, los drones, la inteligencia artificial, la automatización, la robótica, la genética avanzada, las plataformas de gestión, la trazabilidad digital y el análisis masivo de datos ya están modificando la forma de producir en todo el mundo.
En este nuevo paradigma, cada hectárea puede ser gestionada con mayor precisión. Pero la digitalización requiere una condición básica: conectividad. Esta permite reducir costos, mejorar rendimientos, monitorear variables climáticas, optimizar el uso de insumos, integrar cadenas y aumentar la transparencia de los procesos.
Por eso, una agenda moderna para el agro argentino debe incluir inversión en digitalización, además de infraestructura básica en rutas, caminos y puertos. La competitividad no se define solamente en la tranquera, sino también en la calidad de la infraestructura física y digital que conecta a cada productor con el mundo, potenciada hoy a través de los acuerdos con Estados Unidos y Mercosur-UE.
El financiamiento es una de las condiciones decisivas para transformar el potencial en desarrollo. La producción agropecuaria demanda capital de trabajo antes de generar ingresos. En muchos casos, el retorno llega meses y hasta años después.
Durante décadas perdidas, la volatilidad macroeconómica argentina redujo la profundidad del crédito productivo. La consecuencia fue clara: muchas inversiones debieron postergarse o se realizaron con recursos propios.
Los datos comparados con países de la región muestran la magnitud del desafío. Esa diferencia no es meramente financiera. Define la capacidad de incorporar tecnología, comprar maquinaria, invertir en riego, mejorar infraestructura vial, desarrollar energías renovables, ampliar almacenamiento, avanzar en genética, digitalizar procesos y sostener capital de trabajo. Un país que quiere ser potencia agrícola necesita un sistema financiero con capacidad y voluntad para acompañar a las fuerzas del trabajo.
El futuro del agro argentino no se produce únicamente desde los campos. También requiere instituciones sólidas, dirigencia responsable, capacidad de articulación, representación federal y visión de largo plazo
La inserción internacional requiere competitividad interna, pero también estrategia externa. Acuerdos comerciales, apertura de mercados, reducción de barreras, sanidad, trazabilidad, diplomacia económica y reglas previsibles serán factores determinantes.
Si existe un debate que atraviesa la historia económica argentina de las últimas décadas es el de los derechos de exportación, comúnmente conocidos como retenciones. La discusión no debería centrarse únicamente en cuánto recauda el Estado mediante este instrumento, sino en cuál es el modelo de desarrollo productivo que la Argentina pretende construir para las próximas décadas para dejar de subsidiar a otros países con los que compiten nuestros productos. Desde esa perspectiva, el objetivo urgente es inequívoco: cero retenciones. El agro ha sumado tecnología, incrementando su potencial
Existe además una dimensión institucional. Así como el RIGI ha sido validado e impulsado como un acelerador de inversiones en el marco de una coyuntura exigente, no habría que perder de vista la oportunidad que se abre en proyectos que también requieren horizontes de inversión que se extienden por años y décadas. Y aquí, vale remarcarlo, la previsibilidad tributaria constituye una condición indispensable para movilizar ese capita l.
El futuro del agro argentino no se produce únicamente desde los campos. También requiere instituciones sólidas, dirigencia responsable, capacidad de articulación, representación federal y visión de largo plazo. La Sociedad Rural Argentina tiene un papel relevante en ese proceso: representar la diversidad productiva, promover una agenda de competitividad y fortalecer el vínculo entre el campo y el conjunto de la sociedad, sin grietas ni antinomias, en una interacción de diálogo y construcción de consensos público-privados a partir de objetivos compartidos.
Durante los últimos años, la SRA trabajó para mejorar su inserción positiva en la sociedad, abrir sus puertas, acercar la producción a los ciudadanos y mostrar que detrás de cada alimento, cada exportación y cada innovación tecnológica existen personas, familias, trabajadores y comunidades. Representar esa diversidad exige escuchar, ordenar prioridades y construir consensos.
Si logramos consolidar ese camino, el agro no estará solo para generar divisas, como desde hace más de 70 años, sino que se articulará en forma virtuosa junto a sectores como petróleo, gas, minería y la industria del conocimiento para consolidar grandes plataformas de desarrollo económico, tecnológico, social y territorial del país para las próximas décadas, de cara a un marco regional y global altamente desafiante.