Inermes frente al cambio tecnológico
Chile enfrenta un rezago formativo que se acumula y que, frente al cambio tecnológico, amenaza golpear permanentemente las posibilidades laborales de parte importante de la población.
Nuestro país lleva décadas destinando millonarios recursos a la educación superior. Esto significó un cambio de prioridades de la política pública, desde los primeros años de la formación (los más importantes desde un punto de vista social y educacional), hacia aquellos en donde los votos de los estudiantes captaron la atención de la política.
El resultado fue un significativo aumento en los años promedio de educación de las nuevas generaciones: según datos de la OCDE, mientras en 2022 solo un 17% de la población entre 55 y 64 años había alcanzado la educación superior, la cifra era más del doble entre personas de 25 a 34 años. Sin embargo, esto no se ha traducido en mejorías sustanciales en la productividad del empleo ni en las competencias de nuestra población respecto de otros países.
Una muestra de ese retraso la entrega la encuesta PIAAC 2023 de la OCDE, que evaluó a 160.000 adultos de entre 16 y 65 años en 31 países, midiendo competencias en lectoescritura (alfabetización), matemáticas y resolución adaptativa de problemas. Chile ocupó el lugar 31 de 31 en los tres dominios. No es un rezago menor ni un matiz estadístico: es el último lugar, a distancia. La puntuación promedio chilena en alfabetización fue de 218 puntos, frente a un promedio OCDE de 260. En matemáticas, 214 frente a 263. En resolución de problemas -que la propia OCDE diseñó para capturar la capacidad de los adultos de desenvolverse en entornos digitales cambiantes-, Chile volvió a quedar último, con 218 puntos frente al promedio de 251.
Pero lo más complejo de PIAAC no son los promedios, sino la distribución de los resultados. El 47,7% de los adultos chilenos se ubica en el nivel 1 o inferior en alfabetización y/o matemáticas, el peor resultado de los 31 países. En resolución de problemas, el 55,6% cae en ese mismo estrato. Por otra parte, solo el 0,8% alcanza el nivel 4, el techo de la escala. Un país en que más de la mitad de su fuerza laboral no puede resolver problemas básicos en entornos digitales no está mal posicionado para el futuro tecnológico: está, sencillamente, desarmado ante él.
Podría intentarse atribuir estos resultados al retraso histórico de generaciones de adultos formados en un país precario y distante del mundo. Pero los datos no admiten esa interpretación. Entre los jóvenes de 16 a 24 años -quienes recibieron su educación en el Chile del siglo XXI, con mayor inversión, mayor acceso y mayor cobertura-, el país también ocupa el último lugar en alfabetización y matemáticas. En la misma encuesta, los egresados de enseñanza media en Finlandia obtienen puntajes más altos que los titulados universitarios de Chile. Así, el problema no es un legado del pasado, sino una realidad presente: las credenciales no se han traducido en competencias o competitividad.
El reemplazo del humano: una realidadLa inteligencia artificial, la automatización y la transición digital no son amenazas propias de la ciencia ficción, sino procesos en curso que ya están redefiniendo qué habilidades importan y cuáles quedan obsoletas.
Resultados para Estados Unidos indican que la incorporación de un robot adicional por cada mil trabajadores reduce la tasa de empleo en 0,2 puntos porcentuales y los salarios en 0,42%. A su vez, entre 50 y 70% de los cambios en la estructura salarial de ese país se explican por la caída relativa de los salarios de trabajadores que desarrollan tareas rutinarias en industrias afectadas por la automatización. Si esto ocurre en sociedades con mayor capital humano y más flexibilidad, en la nuestra el impacto podría ser igual o superior, dados nuestros rezagos y la rigidización del mercado laboral.
Y en Chile, la incorporación de la inteligencia artificial avanza con fuerza. Según el reciente estudio "Adaptación de IA en las empresas chilenas", que unió al sector privado, gremios e instituciones académicas, más del 80% de las grandes empresas ya utilizan dicha tecnología; el porcentaje se acerca al 70% entre las pymes.
Hasta dónde este proceso puede explicar las complejas cifras del mercado laboral es un tema a estudiar. Como sea, el país enfrenta una transición tecnológica sin el capital humano para aprovecharla. Eso no significa que Chile esté condenado. Significa que hay decisiones que deben tomarse con urgencia y rigor.
¿Qué se requiere entonces?Un tema central es elevar radicalmente la calidad -no solo la cobertura- de la formación de adultos. Chile tiene programas de capacitación, pero sin gran impacto. Un sistema de aprendizaje requiere financiamiento diferenciado, acreditación rigurosa y mecanismos de reconocimiento de competencias adquiridas. Los ministerios del Trabajo y Educación son los llamados a desarrollar esta estrategia, que va mucho más allá del Proyecto de Reconstrucción y sus implicancias sobre la franquicia Sence.
No menos relevante es reorientar la educación técnica y profesional hacia las competencias del siglo XXI. No se trata de reemplazar los oficios por la programación, sino de integrar habilidades críticas. Un técnico en minería o en logística que opera en entornos automatizados necesita hoy competencias que hace diez años no existían en esos roles.
Y, junto con ello, reorientar los recursos desde la educación superior -muchas veces sin retornos sociales ni privados- hacia las etapas críticas de formación. Destinar financiamiento a enseñanza media vocacional y a los primeros niveles de educación con instrumentos accesibles y orientados a áreas estratégicas -tecnología, energía, biotecnología- es una inversión, no un gasto.