Los dos Occidentes
Desde nuestro lugar de extremo occidente, para referir a la expresión de A. Rouquié, la divergencia entre estas concepciones americana y europea nos llega de manera indirecta pero potente.
Una de las evoluciones más evidentes de estos últimos años ha ocurrido dentro de lo que definimos Occidente: por un lado, el camino que ha tomado Estados Unidos (EE.UU.) y por el otro lado el de la Unión Europea (UE).
La división se ha hecho patente con el giro de la política exterior de la segunda administración Trump. EE.UU. ha definido lineamientos estratégicos que implican una concertación internacional de grandes potencias, unas zonas de influencias geográficas claramente designadas, y un retorno a los principios de la corriente realista en la teoría internacional, donde los factores de poder son los que hacen la Historia. No se niega la globalización económica ni tampoco la multiculturalidad, como dejó en claro el discurso de Rubio en febrero en Munich, pero no se toman con ingenuidad las relaciones de fuerzas militares y estratégicas en el campo internacional y se reconoce, como bien enseñara Huntington a finales del siglo XX, que Occidente implica el respeto de ciertos valores políticos, sociales y de tolerancia religiosa que de ninguna forma son conjugados por vastas y distintas zonas y países del mundo no-occidentales.
Algo completamente distinto a esto ocurre en el viejo continente europeo que, evidentemente, forma también parte de Occidente. En efecto, varios de los gobiernos de los países más relevantes de la UE, dentro de los cuales Alemania, Francia y España, entienden que el orden internacional generado a partir de la caída del muro de Berlín debe seguir siendo el norte que guíe su política exterior. Se trata de un orden social-liberal, cuya misión es adaptar constantemente a las poblaciones a las demandas de un mercado global mediante métodos de ingeniería social cada vez más sofisticados. Pero se trata también de un orden que pretende cierta homogeneidad: la diversidad natural de los pueblos cede su protagonismo en favor de una intercambiabilidad de las poblaciones.
Ellas están destinadas a migrar constantemente, mezclándose, con identidades que sobreviven sí pero sólo como folklore o como escenarios utilizados para el turismo de masas: el mundo es un todo, y la globalización económica y cultural está llamada a promover un "melting pot" basado en el consenso que brinda mayor bienestar para todos.
Así las cosas, un reciente libro del sociólogo canadiense- quebequense Mathieu Bock-Côté ("Los dos occidentes") analiza esta particular divergencia dentro del campo occidental. Bock-Côté corre con varias ventajas: conoce muy bien a EE.UU. por ser su país gran vecino de la primera potencia mundial, pero reivindica a su vez una identidad francófona dentro de Canadá y por ello no cede a las simplificaciones propias del mundo anglosajón. Además, tiene una excelente formación en los temas que trabaja teóricamente, y hace años ya que ocupa un lugar de analista privilegiado no solamente en su tierra natal, sino también en la prensa y televisión de Francia.
Para Bock-Côté la divergencia intra-occidental no es menor ni es coyuntural. Escribe que el gran error de la filosofía liberal ha sido creer que es posible privatizar completamente la concepción del hombre y construir un orden político estrictamente formal, desvinculado de toda metafísica que refiera a la identidad de las personas, a sus afectos y querencias que lo ligan a lugares concretos y patrias específicas. Nadie podría imaginar la Odisea sin Ulises queriendo volver a su amada Ítaca, ni nadie puede hoy tampoco entender los desafíos profundos de las relaciones internacionales sin asumir que la identidad y los valores son partes fundamentales de ellas.
Desde nuestro lugar de extremo occidente, para referir a la expresión de ese otro gran analista como es Alain Rouquié, la divergencia entre estas concepciones americana y europea nos llegan de manera indirecta pero potente. Por un lado, porque evidentemente estamos en el espacio hemisférico que EE.UU. entiende que forma parte de su natural área de influencia. Por otro lado, porque ha sido desde esta reivindicación de un orden que se fortalezca con normas multilaterales que Europa ha podido avanzar, finalmente, en el acuerdo con el Mercosur.
Bock-Côté mira a futuro y concluye que el choque de identidades no es una teoría sino un hecho antropológico generado por la naturaleza humana que dice que, por definición, un grupo siempre quiere controlar el territorio en el que se desenvuelve y las instituciones que le dan vida política y cultural. Los próximos años nos dirán cuál de los dos Occidente será el que termine primando.