Miércoles, 01 de Julio de 2026

Jóvenes y trabajo en Uruguay: las barreras de acceso al primer empleo

UruguayEl País, Uruguay 1 de julio de 2026

Para muchos jóvenes el problema no es encontrar un mejor trabajo, sino conseguir el primero. Visibilizar esta dificultad y pensar fuera de la caja para abordarla se vuelve una necesidad cada vez más urgente.

Cada año, miles de jóvenes uruguayos intentan dar el mismo primer paso: conseguir su primer empleo. Sin embargo, para una parte importante de ellos, ese ingreso al mercado laboral no depende solo de estudiar más o buscar más, sino de algo más básico: que exista una oportunidad real para comenzar. Hace unas semanas, en un intercambio con jóvenes de Global Shapers Montevideo sobre empleo juvenil, surgieron algunas reflexiones que terminaron dando origen a esta columna.

Lo primero que surge es la magnitud del desafío. La tasa de desempleo de los jóvenes triplica la del total de la población. En 2025, unos 235 mil jóvenes de entre 18 y 29 años no trabajaban. De ellos, 80 mil buscaban empleo, mientras que 155 mil permanecían fuera del mercado laboral[1].

Detrás de estas cifras hay realidades distintas, pero un problema común: las dificultades para construir una trayectoria laboral en una etapa decisiva de la vida, en la que normalmente se adquiere experiencia y se desarrollan habilidades.

Un segundo elemento clave es la heterogeneidad dentro de este grupo. Entre los jóvenes que no trabajan, 78 mil no culminaron el Ciclo Básico y carecen de experiencia laboral. A ellos se suman otros 105 mil jóvenes con restricciones intermedias: cuentan con experiencia pero no terminaron el liceo, o cursan nivel terciario sin haber accedido a una primera oportunidad de trabajo.

Un tercer elemento es la evolución reciente del empleo juvenil. El grupo de 18 a 24 años es el único que no ha recuperado los niveles de empleo previos a la pandemia y se mantiene por debajo de los registros de una década atrás. Esto sugiere una pérdida de dinamismo relativo en la inserción laboral de los jóvenes en comparación con otros grupos etarios. A su vez, se observan cambios en su composición: la caída del empleo se concentra con mayor intensidad entre los jóvenes de menor nivel educativo, mientras aumenta el peso relativo de quienes tienen educación media superior completa o estudios terciarios.

Esto refuerza la idea de que la educación sigue siendo un determinante central de la inserción laboral. Sin embargo, el desempleo juvenil continúa siendo elevado incluso entre quienes alcanzan niveles medios o terciarios. En ese contexto, la experiencia laboral ha ido ganando relevancia en la transición hacia el empleo.

Un cuarto elemento es la evidencia reciente sobre las puertas de entrada al mercado laboral. Estas parecen haberse ido restringiendo. Un estudio basado en más de 60.000 oportunidades laborales en Uruguay entre 2022 y 2025, elaborado por la consultora Advice, muestra una reducción de las vacantes dirigidas a personas sin experiencia[2]. Cada vez son menos los puestos de primera inserción y más frecuentes las búsquedas que requieren experiencia previa incluso en empleos tradicionalmente de entrada. En ese contexto, la experiencia deja de ser solo consecuencia del empleo y pasa a ser también condición para acceder a él.

Este fenómeno introduce una dificultad propia de la transición al trabajo. La experiencia es a la vez requisito para acceder a un empleo y algo que solo se obtiene trabajando. En ese cruce, muchos jóvenes no logran ingresar porque no tienen experiencia y no adquieren experiencia porque no logran ingresar. Sin mecanismos de transición, esta dinámica tiende a reforzar las barreras iniciales de inserción.

Frente a este escenario, el desafío no se limita a generar más empleo para jóvenes. El punto central parece ser el diseño de mejores mecanismos de transición entre educación y trabajo. Esto incluye la expansión de pasantías, prácticas formativas y esquemas de formación dual que permitan incorporar experiencia durante el proceso educativo. También implica focalizar esfuerzos en quienes enfrentan mayores dificultades de inserción, en particular quienes no completaron el liceo y no cuentan con experiencia laboral.

Asimismo, las políticas de empleo juvenil pueden beneficiarse de un enfoque más amplio de empleabilidad. Los subsidios a la contratación pueden contribuir en algunos casos, aunque su impacto ha tendido a ser acotado en la experiencia uruguaya más reciente. En contextos donde las barreras de entrada son estructurales, estos instrumentos por sí solos difícilmente generan inserciones sostenidas.

Los empleos no se crean por ley ni se consolidan por decreto. Dependen de condiciones económicas, de productividad y de organización del trabajo. En ese sentido, el desafío puede ir más allá de los incentivos tradicionales y abarcar también las condiciones bajo las cuales se realiza la primera experiencia laboral. Es allí donde aparecen posibles espacios de adaptación en la transición, tanto para las empresas como para los trabajadores.

Uruguay necesita dejar de pensar el empleo juvenil únicamente como un problema de desempleo. Este es la expresión visible de una dificultad más profunda: la transición entre la educación y el trabajo. Más que centrarse exclusivamente en la creación de puestos subsidiados, el desafío parece estar en fortalecer trayectorias de empleabilidad que combinen formación, experiencia y acompañamiento.

Para muchos jóvenes el problema no es encontrar un mejor trabajo, sino conseguir el primero. Visibilizar esta dificultad y pensar fuera de la caja para abordarla se vuelve una necesidad cada vez más urgente.

[1] Datos fueron obtenidos a partir del procesamiento de los Microdatos de la Encuesta Continua de Hogares 2025.
[2] Extraído del Monitor Laboral de Advice de abril de 2026.
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