Xi y el desafío chino
El aniversario del PC chino fue muestra de su férreo control y de sus ambiciones globales.
Mientras Estados Unidos celebra 250 años de vida independiente, Xi Jinping, el líder de la única potencia capaz de desafiar el poderío norteamericano, dio esta semana una nueva demostración del férreo control que ejerce sobre su país, encabezando su propio festejo: los 105 años del Partido Comunista Chino, PCCH, al que no solo busca consolidar como el partido más grande (tiene más de un millón de miembros), sino también el más poderoso del mundo. En un revelador discurso, el líder definió al PCCH como "el eje que ha guiado a China desde la revolución de 1949" y gestor de la "modernización económica que permitió la industrialización" del país, "escribiendo la epopeya más magnífica en los miles de años de historia china".
En la celebración, Xi hizo gala de su autoridad y ambición, destacando la importancia de un partido que "ha cambiado profundamente la tendencia y trayectoria del desarrollo mundial", y cuya "pureza" llamó a defender, eliminando los "virus que erosionan su organismo sano". Fue esta una abierta alusión al combate contra la corrupción, una bandera que le ha servido a Xi para fortalecer su poder, investigando a millones de funcionarios y llevando a cabo la purga de miles de altos cargos. Dicha "limpieza" ha sido particularmente profunda en el estamento militar, con el descabezamiento casi total de la Comisión Militar Central -que él preside y donde su dominio es hoy casi absoluto- y de encargados de la industria militar y aeroespacial. El discurso fue claro respecto de lo que pretende Xi en este ámbito, cual es "convertir al Ejército Popular de Liberación en una fuerza de talla mundial lo antes posible". Eso sí, bajo "el liderazgo absoluto" del Partido Comunista.
En la arenga del líder chino no hubo ni advertencias ni amenazas directas a ningún país, pero sí la reafirmación de su objetivo de "completar la reunificación" de China con la reincorporación de Taiwán, "una misión histórica y un compromiso inquebrantable". Beijing, y en eso Xi ha sido enfático, no descarta el uso de la fuerza para lograr ese propósito, y lo manifiesta en su permanente hostigamiento a la isla con provocativos ejercicios militares frente a las costas. Los taiwaneses han amenazado con responder a cualquier agresión, pero hoy, con Donald Trump, a diferencia de gobiernos norteamericanos anteriores, no tienen seguridad de que EE.UU. vaya en su defensa inmediata. Japón, sin embargo, ha dado muestras de que sí está dispuesto a enfrentar una provocación china si siente amenazada su seguridad.
Aunque estuvo más bien centrado en temas internos, el discurso -pronunciado en la misma fecha en que ha entrado en vigencia en China una nueva y controvertida Ley de Unidad Étnica, cuestionada por organismos de derechos humanos- también fue una clara señal de las ambiciones globales de Xi, donde "China promoverá la construcción de un nuevo tipo de relaciones internacionales". Una de sus frases finales fue, en este sentido, elocuente: "la historia no espera a nadie".