Martes, 07 de Julio de 2026

Caer de pie

UruguayEl País, Uruguay 7 de julio de 2026

Si sólo celebramos a los ganadores, terminamos empobreciendo la idea misma del éxito.

El éxito y el fracaso son conceptos subjetivos, como la felicidad o la seguridad. Seguramente dependa de cada uno y de los objetivos que se plantee. Pero a veces nos olvidamos de que la posibilidad de fracaso es inherente a toda iniciativa. No hay apuesta real sin que exista probabilidad de éxito, pero tampoco sin posibilidad de fracaso. En el deporte se suele repetir que lo que importa es el resultado. En el fútbol, por ejemplo, al final del partido todo se define en si la pelota entró o no al arco. Sin embargo, cada tanto aparecen historias que desafían ese relato. La de Cabo Verde en el mundial es una de ellas. Y en contraste, la baboseada de Mbappé tras la victoria ante Paraguay, es otra.

Los uruguayos sabemos lo que significa competir con recursos escasos, que el favoritismo esté del otro lado y que cada victoria pareciera requerir mucho más esfuerzo que para los demás. Por eso quizás valoramos y reconocemos esa sensación a la que hizo referencia Vozinha, el arquero de Cabo Verde, tras la derrota ante Argentina: "caímos de pie".

No es celebrar el fracaso. Tampoco es conformarse con perder. Es reconocer que hay derrotas que engrandecen, así como hay victorias que empequeñecen. Además del resultado, las formas cuentan. Sin embargo, vivimos en una época que muestra lo contrario. Todo se mide con indicadores de éxito: rankings, métricas, KPIs, llevan al mundo a una lógica binaria: ganar o perder, ascender o fracasar, crecer o desaparecer. En el mundo del trabajo, de la educación y hasta de las relaciones personales, queda poco espacio para valorar aquello que no se refleja en un marcador.

Michael Sandel, en "La tiranía del mérito" dice que cuando terminamos identificando éxito con mérito, corremos el riesgo de olvidar cuánto pesan las circunstancias, las oportunidades, los recursos e incluso el azar en cualquier resultado. Y cuando eso ocurre, la admiración queda reservada para quienes llegan primeros, mientras que quienes se quedan en el camino parecen cargar con toda la responsabilidad de su derrota. Y eso no sólo es injusto, sino que nos vuelve menos humildes cuando ganamos y menos compasivos con los que pierden.

Claro que todos queremos ganar. En el deporte y en la vida, en general nadie entra a una cancha soñando con una derrota honorable. Pero si bien el camino no remplaza el resultado, sí le da sentido. Y eso sobrevive mucho después de que el marcador deja de importar. Porque una identidad no se construye sólo sobre los triunfos. Se forja, sobre todo, en la manera de enfrentar las adversidades, en la capacidad de competir con quien parecía invencible y en la convicción de que el esfuerzo y las formas conservan su valor, incluso cuando el resultado no acompaña.

Si sólo celebramos a los ganadores, terminamos empobreciendo la idea misma del éxito. Porque hay equipos que ganan partidos y otros que dejan enseñanzas. Como la importancia de ganar sin humillar y de la derrota sin perder la dignidad.

Quizás el éxito pase más por tener la profunda convicción de que se está dando lo mejor de sí, de que se están haciendo las cosas bien y de que, independientemente del resultado, volverían a confiar en nosotros. Ahí es cuando más que ganancia, se transforma en activo.


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