Mérito en educación
Se trata de un valor de nuestro sistema que nunca debió haberse suspendido.
La idea de que los desempeños académicos de niños y jóvenes son principalmente consecuencia de la desigual distribución del capital económico, social y cultural de los hogares ha cobrado mucha fuerza. Por cierto, no se puede ignorar el peso que tiene dicho capital, pero eso no significa que sea el único factor. Sin embargo, es habitual, incluso entre expertos, aceptar un grado de determinismo que carece de sustento. En efecto, los estudios empíricos sugieren que entre un 20 y un 50 por ciento de la varianza (con una moda en torno a un tercio) en desempeños educativos se explicaría por variables que se pueden asociar a dicho capital. Hay suficiente espacio, entonces, para que otros factores influyan significativamente.
Entre ellos, el mérito -entendido como el esfuerzo, la dedicación, el compromiso y los talentos, entre otros aspectos- es, sin duda, fundamental. Se traduce en aprendizajes y progresos académicos robustos, que es valioso que la comunidad política reconozca. Por ello, es razonable utilizarlo como criterio para asignar cupos escasos en educación. Descartarlo y, de alguna forma, menospreciarlo constituye un error. Por cierto, es imposible defender la idea de mérito en la educación inicial, en kínder o primero básico, pero más adelante, en la progresión escolar, comienza a ser más razonable. Por eso, en muchos países se lo acepta como criterio de selección a partir del equivalente a nuestro séptimo básico (en algunos es un poco antes y en otros algo después).
Esta decisión no es casual, porque se entiende el valor que esta señal involucra. Sin ella es difícil entender la modernidad. En parte, esta es consecuencia del papel que jugó la meritocracia en el imaginario colectivo de las sociedades que pudieron iniciar un progreso económico robusto hace 200 o 250 años. Las sociedades que más tarde lograron avanzar en su desarrollo también confiaron en esta idea. La movilización de las capacidades y esfuerzo humano es muy difícil sin la apelación a este ideal. Y es muy importante que ello se refleje en la educación. No hay ningún argumento suficientemente convincente para descartarlo. Además, ¿cuál sería la alternativa para reconocer a las personas? ¿El azar?
El cuestionamiento que, a pesar de sus muchas virtudes, existe en la opinión pública frente al sistema de admisión escolar (SAE) tiene que ver precisamente con esta cuestión. Ocho de cada 10 cupos escasos (es decir, donde hay más demanda que vacantes disponibles) se asignan por medio del azar y es esto lo que origina la crítica, porque no es inofensivo desde el punto de vista de los mensajes que transmite la política educativa. El proyecto de ley enviado por el Gobierno para modificar el SAE tiene deficiencias comentadas en estas páginas, pero una gran virtud: la posibilidad de que los planteles escolares puedan incorporar, a partir de séptimo, el mérito académico como criterio de distribución de los cupos educacionales más escasos. Ello permite recuperar un atributo y un valor de nuestro sistema educativo que nunca debió haberse suspendido.