Del dolor de la derrota al deber democrático
Ricardo Gaitán
El Mundial de Fútbol coincidió con una coyuntura decisiva para Colombia, la campaña electoral que definió a Abelardo De la Espriella como próximo presidente de la República
Ricardo Gaitán
El Mundial de Fútbol coincidió con una coyuntura decisiva para Colombia, la campaña electoral que definió a Abelardo De la Espriella como próximo presidente de la República. Mientras la política volvía a dividir al país entre izquierdas y derechas, miedos y esperanzas, el fútbol produjo una imagen distinta: millones de colombianos reunidos bajo una misma emoción. La FIFA presentó el torneo como una fiesta sin fronteras: una celebración de la diversidad y la pasión popular, capaz de aglutinar culturas, idiomas, y banderas distintas alrededor del balón. En Colombia, esa promesa tuvo una expresión visible: la camiseta amarilla apareció en calles, hogares y estadios como un símbolo común que, al menos por unos días, pareció suspender las fronteras ideológicas. La selección logró algo que la política pocas veces consigue: reunir a ciudadanos de posiciones opuestas bajo los mismos símbolos patrios. Himno nacional, bandera tricolor y camiseta amarilla dejaron de ser emblemas disputados para convertirse en signos compartidos de pertenencia. Durante el Mundial, el país demostró que sí puede reconocerse en estos símbolos sin preguntarse primero si el otro es de izquierda o de derecha. El riesgo es que, tras la derrota de Colombia esa energía se convierta en frustración, reproche o búsqueda de culpables. Pero también puede tener otro significado: recordarnos que perder juntos es una forma de nación. La democracia no solo se fortalece cuando celebramos victorias compartidas, sino cuando somos capaces de tramitar la decepción sin romper el vínculo social. La lección es clara: si el país fue capaz de reconocerse en una emoción común, puede encontrar mínimos compartidos para tramitar sus diferencias políticas. Se trata de recordar que la discrepancia no tiene por qué convertirse en odio, y que el adversario político no debe ser tratado como enemigo. En el fútbol se compite con intensidad, pero la existencia del rival no destruye la pertenencia al mismo juego. Esa ética debería inspirar la conversación pública en tiempos electorales: confrontar ideas sin deshumanizar personas, defender proyectos sin incendiar el país y aceptar que ninguna victoria política justifica la fractura de la nación. Ese es el llamado democrático que deja esta experiencia: que la camiseta amarilla no sea solo un recuerdo de estadio, sino una invitación nacional a votar sin odio y reconocer al adversario político como compatriota. Porque si fuimos capaces de abrazarnos por un gol, también debemos ser capaces de respetarnos por un voto. Y si la derrota nos dolió a todos, que esa tristeza no nos divida. Antes que adversarios políticos, somos colombianos; antes que vencedores o vencidos, somos una misma nación que solo podrá ganar si decide cuidar su democracia.
Analista de marca.