Sábado, 18 de Julio de 2026

La investidura y sus formas

ColombiaEl Tiempo, Colombia 18 de julio de 2026

Las democracias también cambian de lenguaje

Las democracias también cambian de lenguaje. No siempre lo hacen a través de reformas constitucionales o de grandes transformaciones institucionales. A veces basta con observar cómo hablan quienes ejercen el poder, cómo se presentan ante el país y qué símbolos escogen para relacionarse con los ciudadanos. Colombia parece haber entrado en uno de esos momentos. La transición presidencial, que en otras épocas habría sido un ejercicio de prudencia republicana, hoy transcurre en medio de una confrontación inédita que difumina las fronteras entre el Gobierno, la oposición y la campaña permanente. Los episodios recientes no deberían analizarse de manera aislada. El presidente Petro desconoce políticamente el resultado electoral; Iván Cepeda anuncia la posibilidad de acudir a la desobediencia civil; el empalme se suspende entre recriminaciones públicas y el país se prepara para nuevas movilizaciones cuando todavía no concluye el mandato que está por terminar. Ninguno de esos hechos, por sí solo, explica el momento que vive Colombia. Juntos describen una transición que rompe con casi todas las convenciones democráticas que el país había conocido. En ese escenario emerge otra reflexión, menos comentada pero igualmente reveladora. El presidente electo, Abelardo De La Espriella, parece haber decidido prolongar la estética y el tono de la campaña más allá de las urnas. El ‘tigre’ convertido en emblema, la conocida postura marcial, acompañada del lema ‘Firme por la patria’ y una narrativa construida alrededor de un personaje mantienen una presencia constante en su comunicación. No es una cuestión de buen o mal gusto. Es una concepción distinta del liderazgo. La pregunta no consiste en si esos recursos resultan eficaces. La verdadera inquietud radica en saber si el personaje terminará por eclipsar a la investidura. Durante buena parte de la historia republicana existía una diferencia visible entre el candidato y el presidente. La campaña admitía la hipérbole; el ejercicio del poder imponía contención. La investidura obraba como una suerte de transformación silenciosa: el dirigente dejaba de hablar únicamente para sus seguidores y comenzaba a hacerlo en nombre de toda la Nación. Esa mutación parecía inseparable del cargo. Hoy, en cambio, da la impresión de que la investidura debe adaptarse al personaje y no al revés. No se trata de un fenómeno exclusivamente colombiano. Donald Trump, Javier Milei o Nayib Bukele han construido liderazgos donde la identidad personal ocupa un lugar tan relevante como las decisiones de gobierno. La política contemporánea parece premiar la capacidad de captar atención antes que la sobriedad institucional. El símbolo gana terreno frente al argumento; la marca personal adquiere un valor que hace apenas unas décadas habría resultado impensable. La verdadera transición, sin embargo, no comienza cuando concluye la campaña. Comienza cuando el gobernante debe demostrar que el personaje es capaz de convertirse en Estado. Esa prueba aparece mucho antes de las grandes reformas. Empieza con las primeras decisiones de gobierno, entre ellas la conformación del gabinete ministerial. Como ocurre al inicio de toda administración, algunos nombramientos inspiran confianza por su experiencia y otros suscitan reservas legítimas. Ese debate forma parte de la democracia. Lo prudente consiste en resistir la tentación de expedir sentencias anticipadas. Los gobiernos no se consolidan el día en que anuncian a sus ministros, sino cuando sus decisiones permiten establecer si las personas escogidas estaban realmente a la altura de las responsabilidades que asumieron. Quizá esa sea la reflexión que deja esta transición. Cada época redefine las formas de hacer política, y sería ingenuo pretender que las democracias permanezcan ajenas a esos cambios. Sin embargo, hay principios que trascienden las coyunturas. La Presidencia seguirá perteneciendo a una persona durante cuatro años. La investidura, en cambio, pertenece a la República. Y esa diferencia nunca debería perderse de vista.
Empalme presidencial
Juan Martín Caicedo Ferrer
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