La Nación, Costa Rica
18 de julio de 2026
La transición hacia energías limpias y automatización depende cada vez más del ecosistema manufacturero e ingenieril a gran escala.
Las empresas chinas han alcanzado el liderazgo mundial en sectores que antes se consideraban coto privado de las economías avanzadas: vehículos eléctricos, baterías, robots industriales, paneles solares e inteligencia artificial, por citar solo algunos. La explicación habitual de este éxito es que el Estado chino subvenciona la producción, un argumento al que ahora se le ha otorgado el peso institucional de un importante informe de la OCDE.
Este informe en concreto es relevante porque es probable que sus conclusiones marquen el rumbo de los debates políticos mucho más allá de la propia OCDE. Sin embargo, la teoría de las subvenciones es incompleta y cada vez más insuficiente. Al igual que todas las grandes economías, China sí recurre a la política industrial, y sus subvenciones han tenido importancia. Pero las subvenciones ya no son la explicación más convincente de la creciente competitividad de las empresas chinas. La OCDE está aplicando un marco obsoleto a una economía que ha cambiado.
La primera deficiencia del informe es metodológica. Las estimaciones de la OCDE se basan en gran medida en el concepto de «préstamos por debajo del mercado», al considerar que los préstamos con un tipo de interés inferior al tipo de interés preferencial de los préstamos (LPR) de China constituyen financiación subvencionada. Pero el LPR no es un tipo de interés preferencial de política monetaria. Se acerca más a un tipo medio de interés de los préstamos comerciales en el sistema bancario chino.
Las cifras son reveladoras. El LPR a cinco años de China ronda el 3,5%, mientras que los rendimientos de los bonos del Estado a 30 años se sitúan aproximadamente en el 2,2% y los de los bonos a diez años, en torno al 1,7%. Una empresa que se endeuda a un tipo cercano al LPR está pagando mucho más que el propio Estado. Tratar estos préstamos como financiación subvencionada conlleva el riesgo de convertir los préstamos comerciales ordinarios en pruebas estadísticas del apoyo gubernamental.
Los datos revelan una realidad igualmente incómoda. Los datos de más de 5.300 empresas chinas no financieras que cotizan en bolsa muestran que la mayor parte de los préstamos bancarios sigue destinándose a empresas estatales de sectores tradicionales como las infraestructuras, los servicios públicos y la construcción. Muchas de las empresas más competitivas de China, por el contrario, dependen cada vez más de las ganancias retenidas, la financiación mediante capital propio y los mercados de capitales.
El momento en que se produce este fenómeno no es menos importante. Entre 2023 y 2025, la intensidad de las subvenciones entre las empresas de la nueva economía que cotizan en bolsa disminuyó sustancialmente, y no por casualidad. Si bien el aumento de la deuda de los gobiernos locales limitó drásticamente la capacidad de las autoridades locales para prestar apoyo, el impulso del Gobierno chino para construir un mercado nacional unificado tenía por objeto frenar el proteccionismo local y la competencia en materia de subvenciones entre las regiones. Así, las industrias emergentes de China lograron sus mayores avances durante un período en el que la intensidad de las subvenciones estaba disminuyendo y las restricciones presupuestarias de los gobiernos locales se estaban endureciendo.
El mismo problema de interpretación surge en los debates sobre el superávit por cuenta corriente de China. Su reciente aumento se interpreta a menudo como una prueba de que China ha redoblado su apuesta por el crecimiento impulsado por las exportaciones. Pero la explicación más sencilla reside en la economía nacional. Tras la desaceleración del sector inmobiliario, la inversión se debilitó más que el ahorro nacional y, dado que el saldo de la balanza por cuenta corriente es la diferencia entre el ahorro y la inversión, el superávit se amplió de forma casi mecánica. Gran parte de este ajuste refleja un ciclo inmobiliario, no una estrategia deliberada de exportación.
¿Cómo se explica, entonces, la competitividad de China? La respuesta no reside en una única política, sino más bien en la interacción entre la organización industrial, el capital humano, la innovación y la escala del mercado. China alberga actualmente múltiples etapas de desarrollo industrial dentro de un mismo mercado nacional. Las áreas metropolitanas de vanguardia coexisten con vastas redes manufactureras, lo que crea una estructura interna de «gansos voladores» —que traslada parte de la producción a regiones del interior con menores costes— que abarca gran parte de la cadena de valor industrial. Los productos pueden diseñarse, probarse, fabricarse y comercializarse dentro de un único ecosistema integrado antes de distribuirse en un mercado de más de 1.400 millones de personas.
La escala por sí sola no es lo fundamental. La ventaja radica en la interacción entre la escala, las cadenas de suministro, la competencia y la capacidad técnica. Las densas redes de proveedores acortan los ciclos de retroalimentación, los grandes mercados nacionales aceleran la comercialización y la feroz competencia obliga a las empresas a innovar y mejorar rápidamente. La fortaleza industrial resultante refleja capacidades estructurales, no subvenciones.
El capital humano es igualmente importante. China produce aproximadamente 3,6 millones de titulados en ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM) y 1,3 millones de ingenieros al año —más que cualquier otra economía—. Esta mano de obra altamente cualificada mejora los procesos de fabricación, absorbe y adapta tecnologías, resuelve cuellos de botella en la producción y apoya cada vez más la innovación. Probablemente, el mayor activo industrial de China hoy en día no sea el capital financiero, sino el capital de ingeniería.
Una explicación de la competitividad china centrada en las subvenciones pasa por alto todo esto. Se centra en los instrumentos de política, al tiempo que subestima el ecosistema industrial en el que operan las empresas. Tiene en cuenta el apoyo gubernamental, pero concede muy poca importancia al talento técnico, la escala del mercado, la profundidad de la cadena de suministro y la rapidez con la que las empresas chinas pasan de la adopción a la innovación.
Por supuesto, China sigue enfrentándose a graves retos. Necesita un mayor consumo de los hogares, una mejor asignación de recursos y un menor desequilibrio exterior. Pero abordar estos problemas no debilitará a las empresas chinas. Unos mercados de capitales más profundos, una demanda interna más sólida y un mercado nacional más unificado reforzarán, con toda probabilidad, muchas de las capacidades que han sustentado su auge.
La OCDE hace bien en examinar las políticas industriales de China. Pero la verdadera cuestión no es cuánto subvenciona China a sus empresas, sino en qué medida esas subvenciones se han traducido en el éxito industrial del país. Las subvenciones nunca han sido la única explicación y, a medida que la economía china ha evolucionado y se ha vuelto más competitiva, su importancia es mucho menor de lo que supone la OCDE.
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Kai Guo es investigador junior del RGC y profesor asistente de investigación en el Departamento de Currículo y Enseñanza de la Universidad China de Hong Kong.