Jueves, 23 de Julio de 2026

Racismo: con la historia a favor, pero con discursos políticos que confunden

ArgentinaLa Nación, Argentina 22 de julio de 2026

El posteo del actor Samuel L

El posteo del actor Samuel L. Jackson contra la Argentina por racismo

"Estimada comunidad negra... Por favor, no hinchen ni apoyen a la Argentina para que gane la Copa Mundial de la FIFA. Históricamente, Argentina ha sido uno de los países más racistas del mundo, si no el más racista", dijo el reconocido actor Samuel L. Jackson, en sus redes sociales, compartiendo con sus seguidores una inexplicable e infundada acusación. Evidentemente la campaña antiargentina, producto de su participación en el Mundial de fútbol de la que fueron parte varios medios de comunicación e intelectuales de distintos países, tuvo éxito, al punto que llevó a este reconocido actor a decir semejante barbaridad.

Pero vale tomar el debate: definitivamente, Argentina no es un país racista, pero sí tiene dentro de su población, como todos los países del mundo, personas con comportamientos racistas. Ese comportamiento, sancionable en nuestras normas, no tiene las mismas características del racismo de otros países. En Estados Unidos es claramente contra la población afrodescendiente, no en vano atravesaron la llamada Guerra de Secesión, sucedida entre 1861 y 1865, que dejó unos 700 mil muertos, lo que significaba el 2% de su población de ese entonces, una división que los marcó la vida de todos los estadounidenses. Un siglo después, en muchos estados del sur aún existían baños, transporte, bares, lugares indicados para personas afroamericanas por lo que, seguramente, en su niñez, Jackson padeció este tipo de discriminación. La segregación racial fue dura, se combatió en las calles, en los ámbitos públicos, en la cultura, hasta aparecieron grupos violentos como el Ku Kux Klan, un grupo de extrema derecha supremacista, que cometió miles de crímenes.

Existen otros ejemplos notables como el de Sudáfrica y su apartheid entre 1948 y 1994, que dejó decenas de miles de muertos, además de las persecuciones políticas y arrestos arbitrarios a quienes lo desafiaron. Por eso llama la atención que la acusación le llegue a un país que, 50 años antes de la guerra civil de EE.UU., estableció el 2 de febrero de 1813, durante la Asamblea del Año XIII, la "libertad de vientres", un decreto histórico que declaró que todos los niños nacidos de madres esclavizadas a partir del 31 de enero de ese año serían considerados personas libres. No fue rápido ni sencillo, de hecho, la esclavitud se extendió algunos años más, pero se tomó una decisión fundacional mientras en gran parte del mundo se esclavizaba y se vendían seres humanos como mercancía, incluso en países considerados del primer orden. Las palabras de Rajoy, quien afirmó que en el seleccionado francés no había jugadores franceses generaron indignación en París

Hoy, tanto en Estados Unidos como en los países más importantes de Europa, el racismo se comporta como tal contra los inmigrantes, latinos en el norte, africanos y árabes en Europa. Si existe una discriminación puesta de manifiesto en el Estados Unidos de Donald Trump, es mayoritariamente hacia los latinoamericanos, incluso con un tratamiento violento de parte del Servicio de Inmigración de EE.UU. (ICE), que trata a los que no tienen residencia legal como delincuentes, cuando en realidad son personas indocumentadas. En Europa, desde 2005, se calcula que más de 5 millones de personas migraron desde Africa y Medio Oriente, y lo que Angela Merkel llamó "una acción humanitaria", para muchos hoy se convirtió en una invasión, donde no todos los occidentales toleran los rasgos culturales y comportamientos religiosos de los nuevos vecinos. Muchos países europeos recibieron, tras años de colonización y depredación, a personas provenientes de antiguas colonias, con las que han mezclado sus genes. El Mundial de Fútbol fue una muestra clara de eso. Algunos activistas de extrema derecha rechazaban ver personas de otro color de piel vistiendo las camisetas de sus equipos, siendo ciudadanos nacidos en esos países, como ellos, o bien, descendientes de primera o segunda generación. Con declaraciones repudiables, como la del expresidente español Mariano Rajoy, que ponen el acento en la diferencia conceptual que existe entre un Estado y una Nación. Lo mismo le sucedió a cualquier país de América 100 años atrás, pero con otras formas, recibiendo europeos, también por una necesidad de expansión integradora. No podemos soslayar que nuestras inmigraciones de la segunda parte del siglo XX, provinieron en su mayoría de países limítrofes, como Paraguay y Bolivia, en menor escala de Perú y, en los últimos años producto de la brutal dictadura chavista, de Venezuela.

Pero, si bien el mote de "país racista" a nuestro país no le cabe, es bueno acordar que esa forma de segregación es, como bien llaman los antropólogos, "un racismo estructural". En nuestro país existieron siempre miembros de una clase media o media alta que menospreciaron a otros por su condición social, cultural o de comportamiento, provenientes de los sectores más empobrecidos. Esos son los llamados "negros" o "cabecitas negras", denominación que nada tiene que ver con el color de su piel, sino con sus posibilidades de ascenso social y de incorporación a una sociedad que en buena parte no estaba dispuesta a invitarlos a participar. Podríamos detenernos en distintos momentos de nuestra historia para resaltar eso, pero sería injusto no reconocer que, a diferencia de países vecinos, tuvimos un lugar de equiparación social, de igualdad y formación ciudadana que otros carecieron en momentos difíciles. Así, el desarrollo social, de la mano de la inmigración masiva, fue dándole forma a una sociedad moderna, con la educación pública . Sin dudas, la Ley 1420 fue la norma más exitosa, y de cumplimiento efectivo, en el siglo XX.

En la Argentina, el antisemitismo ha dejado una huella indeleble en la memoria colectiva por ser un país que ha dado la bienvenida a inmigrantes de todo el mundo, donde una gran parte provino de la comunidad judía, que dio lugar a que la Argentina tenga la colectividad de esa ascendencia más grande de América Latina. A principios del siglo XX, la Argentina recibió una ola de inmigrantes judíos que huían de la persecución en Europa Oriental, rechazados en otros países, que se integraron al desarrollo social y económico de un país pujante. Aun así, el antijudaísmo -como forma de odio racial- siempre estuvo presente de la mano de los nacionalismos violentos, como también del odio del islamismo radicalizado. De hecho, en la Argentina ocurrieron dos atentados en la década del 90, en la embajada israelí y en la AMIA. Un informe reciente de la Escuela Judicial de la Nación alerta que en los últimos años se triplicaron los insultos antisemitas solo en la red social X. El gobierno de Javier Milei hizo mucho contra el antisemitismo, considera a Israel como un país aliado y hasta se define como un católico dispuesto a convertirse al judaísmo. Es más, el año pasado admitió estar "estudiando" esa posibilidad, pero reconoció que el Shabat, día sagrado de descanso, no sería compatible con su labor como presidente. El ´presidente Milei con Donald Trump, en la Casa Blanca, el 14 de octubre de 2025

Más allá de esto, Milei, por su condición de presidente, debería atender una peligrosa realidad que se está construyendo. Porque el mundo puede confundir el pensamiento colectivo mayoritario en una sociedad con la persona a la que ha elegido para gobernarla. En los 80, con Raúl Alfonsín como líder, seguramente se nos veía como una sociedad dispuesta a adoptar la democracia y el respeto por los derechos humanos como forma de vida. En los 2000, con los Kirchner, como parte del llamado "eje chavista" en la región. Hoy, con Javier Milei, esa imagen puede ser la de un país que representa en el Cono Sur los intereses ideológicos de la extrema derecha norteamericana, simbolizada en Donald Trump. Y es allí donde esa historia de integración y apertura a las corrientes inmigratorias que ubica a la Argentina como pionera en la lucha contra la esclavitud entra en colisión con algunas posiciones de quien lidera hoy en los EE.UU., y con el cual se ha alineado el gobierno libertario.

Un ejemplo claro se dio en marzo pasado cuando, en la Asamblea General de las Naciones Unidas, se aprobó una resolución que califica la trata transatlántica de esclavos y la esclavitud racializada de africanos como "el crimen de lesa humanidad más grave" de la historia. La propuesta tuvo el apoyo de 123 países con tres votos en contra: Estados Unidos; Israel y la Argentina. El seguidismo casi fanático de Milei con Trump y Benjamín Netanyahu, generó un voto que desnaturaliza nuestra propia historia. A eso, podemos sumarle la posición internacional puesta de manifiesto en el discurso de Milei en el Foro Económico de Davos en enero de 2025, que no registra antecedentes en un presidente democrático. Allí afirmó que las acusaciones de homofobia y transfobia son tácticas de victimismo utilizadas para silenciar a quienes critican la agenda progresista. Además, asoció a las diversidades sexuales con el abuso infantil, como razones para justificar su "batalla cultural", adjudicándole al "wokismo" la responsabilidad de todos los males.

Si bien el racismo y la homofobia tiene penalidades con normas constitucionales que contribuyen a la integración diaria, establecidas también desde la educación formal, hay que poner atención en las nuevas formas de comunicación pública en las redes sociales, donde se fortalece el discurso de la mayoría de los seguidores mileístas, replicados también por legisladores y funcionarios oficialistas, que suelen señalar a otros como "marrones", "negros", "planeros", "mogólicos", entre otras monstruosidades que se leen a diario, y que habilitan tácitamente a otros a adoptar esta hostilidad, construyendo así una segmentación social que ubica a unos sobre otros, no solo por razones basadas en su condición social, sino también de acuerdo a su posición ideológica, cimentándola desde la palabra. Y esto es aún más peligroso, porque la palabra también construye y destruye. Los discursos más influyentes del mundo no solo marcaron momentos políticos, sino que se convirtieron en símbolos universales de lucha, libertad, justicia y de cambios sociales.

Samuel L. Jackson no tiene razón, pero cuidado, porque si la "batalla cultural" que promueve el gobierno se consolida apuntando a derribar lo conseguido, anulando el debate permanente por la igualdad y el acceso de oportunidades, denostando a personas por no compartir sus ideas y su modo de vida, entonces el problema argentino será mucho más grave que la inflación y el crecimiento económico.
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