Entre tinta y tinto
Margarita Bernal
Se ha escrito tanto sobre los escritores y el café que la imagen del genio con ‘café en las venas’ terminó desgastándose
Margarita Bernal
Se ha escrito tanto sobre los escritores y el café que la imagen del genio con ‘café en las venas’ terminó desgastándose. Hoy es un cliché. Pero detrás de esa escena hay una pregunta que intriga: ¿por qué, entre todos los rituales cotidianos posibles, fue el café el que se instaló en el centro de la vida literaria e incluso se filtró dentro de los libros? Escribir, para muchos —y me incluyo—, exige aislamiento, pero también un mínimo de realidad alrededor: un ruido de fondo, el de un mundo que no se detiene, movimiento ajeno, la certeza de que la vida sigue sin exigirle nada a quien observa. El café ofrece eso: una soledad pública. Se puede pasar horas sin hablar con otro y, sin embargo, no estar completamente solo. Ese estado es el que muchos autores encontraron para transformar en palabras sus pensamientos Honoré de Balzac llevó esa relación a un extremo físico. En Tratado de los excitantes modernos (1839), describe lo que él llama "una horrible y cruel" manera de tomar café: molido, prensado y con poca agua, bebido en ayunas, reservada solo para hombres de fortaleza y vigor excesivos. "Entonces todo se agita: las ideas se ponen en marcha como los batallones del gran ejército en el terreno de una batalla, y la batalla tiene lugar". Lo notable no es cuánto café bebía —se afirma que durante la escritura de La comedia humana tomó entre quince y veinte tazas al día—, sino que sintiera la necesidad de advertir sobre el riesgo antes de describir la euforia. Imagino que, para él, escribir no era un acto sereno, sino una efervescencia que pocos cuerpos y mentes podían resistir. Voltaire encontró en el café una lealtad inquebrantable. Se dice que llegaba a tomar más de sesenta tazas al día. Cuando sus médicos le advertían que aquello terminaría por matarlo, respondía que debía de ser un veneno muy lento, porque llevaba más de cuarenta años bebiéndolo. Y luego está el caso en el que deja de ser hábito del autor para convertirse en inspiración y recurso literario. Gabriel García Márquez abre El coronel no tiene quien le escriba con esta frase: "El coronel destapó el tarro del café y comprobó que no había más de una cucharadita". Ahí el café no acompaña la escritura: nos ubica en la historia. En esa imagen caben la pobreza, la cotidianidad, la dignidad y la espera. No deja de ser revelador y fascinante que el café aparezca tanto en la vida de los escritores como en sus libros. Rubén Darío resumió mejor que nadie esa cercanía entre el café y la escritura: "una buena taza de su negro licor, bien preparado, contiene tantos problemas y tantos poemas como una botella de tinta". Quizá por eso el café aparece una y otra vez en la literatura: como protagonista, como costumbre o como recurso narrativo. Más que una musa, ha sido el cómplice y compañero de generaciones de escritores.
Comunicadora y consultora gastronómica.