Caminantes
Conviene no olvidar que hubo, y hay, otro modo de caminar, uno que no persigue nada fuera de sí mismo.
Voy por un sendero de campo. Atardece. Pienso que vivimos la era del caminar recetado. Los relojes cuentan nuestros pasos, los médicos los prescriben como quien receta un jarabe.
Caminar se ha vuelto una forma de la dietética: un medio para un fin ajeno al caminar mismo: la salud, el peso, el colesterol. Es una comprensible y necesaria preocupación de nuestro tiempo por nuestro cuerpo y estoy feliz de que las nuevas prescripciones coincidan esta vez con antiguos hábitos. Con todo, conviene no olvidar que hubo, y hay, otro modo de caminar, uno que no persigue nada fuera de sí mismo. Es lo que en el mundo urbano se llama flâner .
Robert Walser lo encarnó como pocos. Su breve libro El paseo (1917) empieza así: "Declaro que una hermosa mañana, ya no sé exactamente a qué hora, como me vino en gana dar un paseo, me planté el sombrero en la cabeza, abandoné el cuarto de los escritos o de los espíritus, y bajé la escalera para salir a buen paso a la calle". Para Walser, un escritor extático y soñador (toda su obra es magnífica), el paseo no es ejercicio: es la condición misma de la escritura, la manera de superar la imposibilidad de escribir del que enfrenta la página en blanco para volver a ella con algo fresco que decir. Caminaba para escribir, y escribía, se ha dicho, como quien pasea: divagando, deteniéndose en lo cotidiano, dejando que el mundo le saliera al encuentro sin apuro. Ironía final: aquel hombre que hizo del paseo su literatura terminó sus días internado, enfermo, y murió caminando en la nieve. Quizás deslumbrado por la belleza que veía en su entorno.
Henry David Thoreau, en su ensayo Walking (1851), se toma el asunto con una seriedad casi religiosa. Explora el origen de la palabra "sauntering", vagar sin prisa, y prefiere derivarla de Sainte-Terre, Tierra Santa: el caminante como peregrino medieval que intenta dirigirse a Jerusalén. Caminar, entonces, no es desplazarse: es una forma de peregrinación, un compromiso casi sagrado con el mundo. Por eso prescribía para sí mismo cuatro horas de bosque cada día, porque sin ese vagar, decía, no podía conservar "la salud y el espíritu".
Ni Walser ni Thoreau (el célebre autor de "Walden") caminaban para llegar a ningún lado ni para perder peso. Caminaban para estar, con espíritu y ligereza, en el acto mismo de caminar. El primero encontró ahí su literatura; el segundo, su Tierra Santa cotidiana.
Es hora de regresar. Me detengo un poco y respiro el aire puro. Ahora estoy más tranquilo porque en la casa estoy seguro daré con el tono justo para esta columna.