La factura del abandono
El cierre de Propal es más más que el final de una empresa emblemática
El cierre de Propal es más más que el final de una empresa emblemática. Es la confirmación de que la industria colombiana no sale de la zona de fragilidad, que ya no puede explicarse por hechos aislados ni por dificultades de mercado. Cuando una compañía con décadas de trayectoria, después de implementar planes de ahorro, buscar inversionistas, diversificar operaciones y explorar alternativas de viabilidad, concluye que continuar operando solo profundizaría sus pérdidas, el problema deja de ser empresarial y se convierte en una alerta nacional. Este doloroso cierre coincide con un momento paradójico para la economía. Mientras el país celebra una tasa de desempleo históricamente baja y una importante creación de puestos de trabajo, la manufactura avanza en dirección contraria. El empleo industrial sigue cayendo y la industria manufacturera perdió miles de trabajadores durante el último año. La pregunta es inevitable: ¿qué tan sostenible puede ser una recuperación laboral cuando uno de los sectores con mayor capacidad para generar empleo formal y productivo continúa debilitándose Lo preocupante es que el caso de Propal encaja exactamente dentro del diagnóstico que diferentes análisis vienen señalando para el sector productivo. La manufactura enfrenta una combinación compleja de menor demanda, desaceleración de mercados internacionales, mayores costos de producción y una apreciación del peso que reduce la competitividad de los bienes nacionales frente a los importados. Las exportaciones industriales perdieron dinamismo y sectores como el papel aparecen entre los más golpeados por este entorno adverso. La situación adquiere una dimensión aún más delicada porque la industria no es una actividad cualquiera dentro de la economía. Es un motor de productividad, innovación, exportaciones y empleo de calidad. Cuando una planta cierra, no desaparecen sólo los puestos de trabajo. También se afectan proveedores, transportadores, contratistas, comercios locales y cadenas productivas ligadas a esa operación. El impacto termina multiplicándose mucho más allá de los muros de la fábrica. Por eso es preocupante que la economía en su conjunto mantenga un crecimiento superior al de la manufactura. Esa brecha refleja que el país está creciendo sobre bases cada vez menos sólidas desde el punto de vista productivo. Una economía puede aumentar el consumo y expandir algunos sectores de servicios, pero difícilmente podrá sostener mejoras duraderas en productividad e ingresos si pierde capacidad industrial. Lo ocurrido con Propal saca a la luz un problema más profundo. La pérdida de competitividad acumulada, la presión de los costos, la competencia externa y la falta de una estrategia integral para fortalecer la producción nacional han creado un entorno donde cada vez más compañías enfrentan márgenes estrechos y menor capacidad de inversión. Cuando esas condiciones persisten durante varios años, incluso empresas con historia y experiencia terminan llegando a un punto de no retorno. Este cierre deja la lección de que las cifras positivas de empleo no deben conducir a la complacencia. La llegada del nuevo gobierno abre la posibilidad de reconstruir la confianza entre Estado y sector productivo, impulsar condiciones más favorables para la inversión y recuperar el protagonismo de la manufactura en la generación de empleo formal. Colombia ya ha demostrado en otros momentos que puede levantarse de coyunturas complejas. El desafío ahora es que casos como el de Propal no sean el epílogo de una industria en retroceso, sino el punto de partida de una nueva etapa de crecimiento y recuperación productiva.