Perder el tiempo
Nunca habíamos dedicado tantos recursos a descansar
Nunca habíamos dedicado tantos recursos a descansar. Aplicaciones para meditar, relojes que califican el sueño, pausas activas. Pero casi nada de eso busca realmente liberarnos de la necesidad de hacer algo. Busca que volvamos a producir en mejores condiciones.
Dormimos para rendir. Hacemos ejercicio para tener más energía. Meditamos para controlar el estrés. Leemos para desarrollar habilidades. Viajamos para acumular experiencias. El descanso dejó de ser lo contrario del trabajo y se transformó en una etapa más del proceso productivo.
Vivimos en una sociedad donde la sobreestimulación tecnológica, la falsa sensación de recompensa en el consumo y en la inmediatez nos han convencido de que todo es posible. Puedes capacitarte, emprender, reinventarte, optimizar tu cuerpo, administrar mejor tu tiempo y convertirte en una versión superior de ti mismo. No hay límites, siempre se puede aprender algo nuevo o aprovechar mejor el día.
Esta lógica no termina cuando salimos de la oficina. También domina nuestro tiempo libre. El ocio debe volvernos más creativos; el deporte, más disciplinados; y el sueño, más productivos. No sabemos perder el tiempo. Y, más profundamente, ni siquiera creemos que valga la pena hacerlo.
Sería fácil culpar al capitalismo, la tecnología o la cultura empresarial. Pero el argumento es más incómodo. Es el propio desarrollo económico el que ha permitido que millones de personas vivan más, trabajen menos horas y tengan acceso a actividades antes reservadas para una minoría. La contemplación necesita tiempo, pero también seguridad material.
Esta es la paradoja: usamos la tecnología para reducir el esfuerzo necesario para realizar una tarea, pero rara vez transformamos esa ganancia en una pausa. La convertimos en nuevas tareas y exigencias de rendimiento.
El problema no es que produzcamos demasiado. Es que hemos convertido la producción en la medida de valor de casi todas las cosas. Una conversación debe generar contactos; un pasatiempo puede convertirse en emprendimiento; una caminata debe contar pasos; un libro debe dejar aprendizajes. Hasta el ocio debe demostrar que valió la pena.
Quizás la discusión económica relevante no sea cuánto ocio podemos producir, sino si somos capaces de concebir un ocio que no produzca nada. Porque una sociedad desarrollada no debería medirse solamente por la cantidad de bienes que puede generar, sino también por cuánto espacio deja para actividades que no aumentan el PIB, no mejoran el currículum y no conducen a ninguna parte.
Una economía verdaderamente próspera no es aquella en que nadie pierde el tiempo. Es aquella en que las personas pueden perderlo sin tener que justificarlo.
Usamos la tecnología para reducir el esfuerzo necesario para realizar una tarea, pero rara vez transformamos esa ganancia en una pausa.