Ganar, ¿para qué?
Es muy difícil que a este gobierno le vaya bien, que pueda ser exitoso a los ojos de la gente.
No hay dudas de que llegar al poder ganando las elecciones, es una de las razones de ser de todo partido político.
Pero no debería ser la única, porque tampoco sirve ganar a cualquier precio para después fracasar, (lo que convierte al ganador coyuntural en perdedor por tiempo indefinido).
Por otro lado, tampoco el mejor camino para ganar es trancar todo. Con frecuencia eso despierta - o agudiza - el malestar del votante con la política en general y ambienta aquello de: "que se vayan todos".
En política hay que ser realista (que no es igual a cínico): cuando se es oposición, hay que oponerse. Pero no a todo, no todo el tiempo y, menos aún, de forma agresiva.
Si miramos la realidad de nuestro Uruguay contemporáneo, con un poco de detenimiento y de objetividad, detectaremos algunos elementos relevantes para este análisis:
1. Es muy difícil que a este gobierno le vaya bien, que pueda ser exitoso a los ojos de la gente y de esa forma llevar al FA a ganar las próximas elecciones.
Juegan en su contra muchos factores. Desde la realidad económica, interna e internacional, a las debilidades políticas del propio gobierno y de la fracción mayoritaria del FA que es su respaldo (al menos en el papel), amen de la guerra sorda que le llevan el PIT y su brazo político.
Esa realidad debería ser suficiente para mitigar los fervores opositores y la intensidad de las críticas y los trancazos. ¿Para qué hacer daño innecesariamente?
No se justifica, ni siquiera mirando exclusivamente lo electoral.
2. El país acarrea algunos problemas y deficiencias que son muy serios, que vienen de mucho tiempo atrás, que tienden a agravarse y que sólo pueden mejorar si se toman algunas medidas de fondo que, como generalmente ocurre con ellas, son duras de digerir.
Problemas y deficiencias que este gobierno ya ha dicho públicamente que no fue votado para encararlos. Lo que, a su vez - porque es cierto el alegato - responde a que la sociedad no ha internalizado aún que está viviendo fuera de sus posibilidades y enfrentando nuevas amenazas, como es el caso del crimen organizado. No hay conciencia de que el pacto de la Penillanura está amenazado.
Esto significa que, si este gobierno no encara reformas estructurales (peso del estado, excesos regulatorios, proteccionismos, etc.) y si la sociedad no es asistida para que tome conciencia de la realidad, ganar las próximas elecciones, va a ser una gata parida.
Somos un país caro, ineficiente, que viene perdiendo competitividad aún en sectores como los servicios, donde se supone que tenemos (teníamos) ventajas comparativas - ¡y dónde no las podemos perder! A ese cocktail se suman el envejecimiento progresivo, un corporativismo fortísimo, niveles educativos insuficientes, una marginalidad dura de vencer y la creciente delincuencia. Las perspectivas no son de mejora.
O sea: en primer lugar, no se precisa, ni aún para el cálculo electoral más descarnado, hacerle más difícil la vida al gobierno. Pero, además, si este período se nos va sin que se encaren reformas de fondo y el discurso de la oposición ha sido sólo eso: de oposición, quien gane las próximas elecciones, enfrentará la cuasi certeza de un fracaso. Estrepitoso.
El ideal para la oposición - que coincida con el ideal para la sociedad - es que este gobierno pague por lo menos algunos de los platos rotos, encarando reformas necesarias y que en paralelo, se vaya instalando y crezca en la gente, la convicción de que hay que encausar la vida en la realidad.
Eso se traduce, a mi modo de ver, en que haría bien la oposición en invertir energías ahora, apuntando a generar conciencia en la sociedad, a ir tratando de transformar la cultura conservadora que lastra a nuestro país, sacándole un poco la pata al acelerador oposicionista.
Ejemplificando un poco lo anterior:
- No fue buena idea anunciar que se votaría en contra de la Rendición de Cuentas, máxime cuando ni había empezado el trámite.
- No sería buena idea votar en contra (al menos el grueso de) el proyecto sobre mejora de la competencia.
- Cambiar el tono de la oposición: menos agresividad contra el gobierno, más empatía con la sociedad. Más en la línea de aquellas proclamas como, "Por la Positiva" y "La Libertad Responsable".
Por último, insisto: utilizar estos tiempos, lejos de las elecciones, para intentar una transformación cultural y así ganar las elecciones con un mandato claro de cambio.
En el caso del Partido Nacional, eso significa volver a sus raíces de libertad, soberanía y empatía popular, para rescatar las ideas fuerza que el país precisa.
¿De otra manera, para qué serviría ganar?