Fútbol y commodities
El fútbol es más que entretenimiento. De hecho, muchos partidos son aburridísimos.
El presidente de la FIFA, Gianni Infantino, finalmente abandonó su plan de vender una participación en los derechos comerciales futuros de las competiciones de FIFA a fondos de capital privado, incluyendo la familia del yerno de Trump.
Si bien es cierto que la FIFA dijo que la propuesta podría aumentar la financiación para el desarrollo y redistribuir beneficios a sus asociaciones miembro, el problema de fondo era hacia dónde se intentaba llevar al fútbol para generar ese dinero.
El fútbol no es algo puro e inocente; lejos de ello. Pero con su financierización se iba un paso más allá en el desarraigo de una práctica que tiene un sentido social muy importante, e iba a sumirse en su prostitución absoluta.
Marx dijo que todo lo sólido se disuelve en el aire, en el sentido que el capitalismo necesita destruir las tradiciones, los lazos sociales y las formas de vida al someterlo todo al intercambio y a la lógica del mercado. También describió el "fetichismo de la mercancía" como el proceso a través del cual el capitalismo transforma relaciones sociales en relaciones entre cosas.
De forma parecida, el filósofo marxista Georg Lukács definió que bajo el capitalismo se da un proceso de reificación en el que las prácticas y relaciones humanas adquieren el carácter de cosas, y se vuelven calculables y comercializables.
Ciertamente que Marx no le pegó en todo con su teoría, pero algunas ideas y conceptos marxistas como estos nos permiten entender cosas que pasan hoy día.
Lo que buscaba Infantino era completar el desarraigo de una práctica sociocultural muy importante para muchísimas personas y transformarlo en el espectáculo comercial que es el deporte en Norteamérica. Si bien podamos encontrar divertido ir a un partido de la NBA, NFL, o la NHL cuando viajamos al norte, su experiencia es completamente distinta a un partido de fútbol.
Con esos otros deportes, el espectáculo al estilo película como Rápido y Furioso es evidente. Lo más importante en el estadio es el entretenimiento y que uno consuma; las franquicias de los equipos se asocian a una ciudad y más tarde a otra sin ningún problema. En el fútbol, por el contrario, hay una tradición, un arraigo, alegría colectiva, rivalidad, ilusión, llanto y la suspensión ritual de la vida cotidiana que producen la Copa del Mundo y otros campeonatos.
No es que las ligas que consumimos de Norteamérica no tengan todo eso (los partidos de fútbol americano universitario suelen tenerlo), sino que se plantean de otra forma y el vincularse como consumidor es parte de la experiencia.
Otra forma de verlo es a través de un patrón cultural moderno de relacionamiento con el mundo que el filósofo germano-estadounidense Albert Borgmann definió como el "paradigma de los dispositivos".
Este paradigma conceptualiza la tendencia moderna a separar el bien recibido de la práctica que antes le daba sentido.
En otras palabras, la modernidad se caracteriza por el desarraigo de las prácticas sociales y culturales de su contexto, y su sustitución por un dispositivo que da una commodity transformándonos principalmente en consumidores, al mismo tiempo que oculta la maquinaria necesaria para adquirir esa commodity.
Un ejemplo simple es la calefacción central o el aire acondicionado: con apretar un botón recibimos calor o frío sin saber cómo funciona el sistema que lo produce. En cambio, armar un fuego exigía trabajo, atención y cuidado, pero también reunía a las personas, creaba rituales y organizaba la vida doméstica.
No es que sea malo apretar un botón y tener calor, todo lo contrario, pero el problema está cuando este paradigma de los dispositivos empieza a dominar todo aspecto de la realidad y sustituir un relacionamiento significativo con la realidad por el consumo.
El plan de la FIFA buscaba convertir al fútbol en un sistema que ofrece la experiencia de la Copa del Mundo como un producto a consumir, en desmedro de las prácticas sociales, históricas y comunitarias que le dan su significado.
El fútbol es más que entretenimiento. De hecho, muchos partidos son aburridísimos. Este deporte es lo que Borgmann definía como una "práctica focal": algo con un significado social que reúne a las personas en torno a un elemento central y revela una interacción con la realidad más rica y profunda que el mero consumo.
Implica apoyar a un club heredado de la familia, el barrio o la ciudad en las buenas y en las malas; una historia común; tradiciones, leyendas, nostalgia, rituales; pertenecer a algo más grande que uno mismo.
La comercialización del fútbol al nivel que proponía la FIFA fue algo aberrante. Ya todos tuvimos una introducción a lo que sería con el espectáculo de medio tiempo en la final y con los cortes de hidratación, cuyo fin es meter publicidad bajo la ideología de proteger la salud de los jugadores. Por suerte, la embestida fue frenada. No porque el fútbol sea "puro", ni porque la FIFA sea una institución moralmente ejemplar, sino porque todavía parece existir la intuición de que no todo debe ser una commodity absoluta.
Hay cosas que el dinero no debe poder comprar.