Sábado, 08 de Agosto de 2026

León y António

ColombiaEl Tiempo, Colombia 8 de agosto de 2026

Es la primera vez en mi vida que no sé cómo se llaman el Papa y el secretario general de la ONU porque, en la era de las redes y la sobreinformación, cada vez nos importan menos cosas

Es la primera vez en mi vida que no sé cómo se llaman el Papa y el secretario general de la ONU porque, en la era de las redes y la sobreinformación, cada vez nos importan menos cosas. Yo vengo de una época en la que el reinado nacional de la belleza se seguía con gran interés, un evento cubierto como si se tratara del Mundial de fútbol, y hoy nadie, salvo la familia de la reina, sabe cómo se llama la mujer que lleva la corona. Lo mismo pasaba con la Teletón y la maratón de San Silvestre, eventos que nos mantenían pegados al televisor hasta tarde y que hoy no suenan por ningún lado; se fueron silenciando tan de a poco que el público ignora si se siguen organizando. Quizá el nombre del sumo pontífice y del ganador de una carrera de fin de año en Brasil nunca fueron datos importantes, apenas una manera de descrestar bobos, porque la verdad es que nunca estuve cerca de Víctor Mora ni de un secretario de Naciones Unidas, mientras que al Papa lo vi de refilón, el de 1986, andando raudo en su carro blindado por la avenida Murillo en Barranquilla. Lo chistoso es que lo que importa hoy es todavía más inútil que lo de antes, como la apariencia y la longitud del cordón umbilical del hijo recién nacido de Isabella Ladera, por ejemplo. Y eso pasa porque hay tanta información que no tenemos tiempo de consumirla toda; es por eso que, entre más ligera e irrelevante, mejor. Todo lo que es abundante pierde valor, y si algo sobra en este tiempo es formas de enterarnos de hasta lo que hace el vecino. Es tanto el afán de estar conectados (que no enterados) que hace poco me contaron que hay gente que pone videos a velocidad doble para alcanzar a ver más cosas. Entiendo que los audios de WhatsApp se oigan a 2x (odio eterno a los que mandan audios en vez de escribir, flojos y conchudos todos), pero me extraña que hagan lo mismo con piezas audiovisuales. Al comienzo creí que se limitaban a trabajos menores, tutoriales de YouTube y cosas así, pero resulta que no, y hasta películas se ven a toda bola con tal de pasar lo más pronto posible al próximo contenido para consumir. Después pasa que sale gente diciendo que no entendió El Padrino. ¿Pero cómo, si vieron la trilogía completa en tres horas y entre que Vito Andolini llega a Nueva York y su hijo Sonny le parte la madre a su cuñado con un bote de basura pasan solo trece minutos? Ni un androide podría consumir tanta información en tan poco tiempo, mucho menos lo va a lograr un humano de los de ahora, que en un suspiro se traga doce videos y veinte memes, y antes de poner la cabeza en la almohada ya ha olvidado la mitad de lo que aprendió. Claro, es que una peli de dos horas no dispara hasta el cielo los niveles de dopamina necesarios para sobrevivir al día. Recuerdo que antes teníamos pequeñas parcelas de información. Podía ser un libro de viajes, o de arte, o una revista de deportes que leíamos antes de dormir. Uno se enamoraba de las cosas que allí aparecían y soñaba con conocerlas cuando fuese adulto, sabiendo que el mundo era mucho más grande, pero que no había afán de saberlo todo porque las cosas llegaban a su tiempo, aunque la vida fuese finita. Ahora que tenemos el planeta tan a la mano, se volvió aburrido. Los viajeros han conquistado el mapa como quien antes llegaba en bicicleta al final de la cuadra, devorando destinos casi sin darse cuenta. Es irse al Mediterráneo y saltar tan rápido de Córcega a Cerdeña y de Sicilia a Santorini que ya nadie sabe ni dónde está parado. Pero he desvariado con lo de las islas, que yo solo quería hablar de la devaluación del conocimiento y de la ligereza con la que tomamos lo que solíamos creer importante. León XIV y António Guterres se llaman los señores que se sientan en las sillas más importantes en Roma y Nueva York. Tuve que buscarlos en Google y estoy seguro de que mañana en la mañana olvidaré sus nombres.
La devaluación del conocimiento
Adolfo Zableh Durán
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