Sábado, 08 de Agosto de 2026

Veritas vincit omnia. ¿Y qué?

UruguayEl País, Uruguay 8 de agosto de 2026

El crecimiento irrefrenable de la IA ha vuelto atractivas las Humanidades, especialmente la Filosofía.

Es increíble que el crecimiento irrefrenable de la IA haya hecho tan atractivas las Humanidades, especialmente la Filosofía. Uno hubiese pensado que la tendencia habría sido inversa. A fin de cuentas, ¿qué sentido tendría escuchar a ese patán ignorante que fue Sócrates frente a la avasallante inteligencia maquinal que puede dar soluciones, respuestas, posibilidades, en unos pocos segundos?

Ahora resulta que los filósofos y los humanistas son "sexy" otra vez y que tienen la custodia sobre lo más fundamental de la vida. De hecho, cada vez hay más artículos de economistas, tecnócratas y especialistas en IA que nos recuerdan lo importante que es pensar y lo significativas que son estas disciplinas para su cultivo. Discúlpeseme la ironía, pero. "¡menos mal que tenemos estos artículos para recordarnos lo evidente!"

Sería indeseable de mi parte negarme a aceptar que sin duda la Filosofía tiene el resguardo de lo más significativo de la vida humana. Lo cierto es que lo único que puede dirigirse hacia el sentido es el pensar. La Filosofía es el dominio del pensar propiamente tal y del conocimiento en su sentido último. Además, pretende esclarecer qué clase de vida corresponde a los hombres en virtud de lo que son.

Conjeturemos, pues, que el filósofo tiene esa mísera dignidad de que estas cosas le vienen a la inteligencia con cierto esmero, que a lo mejor comprende acá y allá "de qué se trata todo esto". Imaginemos que los libros que los filósofos escribieron -no sin torpeza, no sin prejuicios y tampoco sin idiotez (acaso sin ironía)- contienen esas verdades de sentido que nos importan, que sinceramente y de corazón nos importan porque hablan de nosotros, nos delatan lo que somos, nos sitúan en el cosmos o nos recuerdan que el sentido es una exigencia inhóspita para los espíritus débiles. Bien: veritas vincit omnia. ¿Y qué?

Me voy a repetir con estridencia: ¿¡y qué!? Me sorprende un poco la rapidez en suponer que la exposición a determinado ámbito de proposiciones, de ideas, de universos teóricos, de sistemas, a la belleza de los discursos y sus maquillajes retóricos, a las comprensiones más profundas traídas al dominio de la palabra, sea suficiente para cambiarle la vida a una persona.

Existe, a modo de ejemplo, una tendencia de que las universidades ofrezcan cursos de formación en Filosofía. No cabe duda de que hay que celebrar esta tendencia. Es una tendencia verdaderamente buena y las universidades que se suben a este tren anticuado del cultivo de lo humanístico tienen su sensatez.

El problema, no obstante, está en asumir ciertas cosas que no van de la mano de fomentar esta clase de formación por sí misma. La necesidad -que los griegos llamaban "ananké" para nombrar lo inevitable, lo ineludible- no rige la relación entre la exposición al sentido y su adhesión apropiante a él. Nada significativo viene al mundo inevitablemente, sino por la apropiación continua del individuo libre que decide que cierta verdad tiene sentido para él y está dispuesto a vivir en virtud de ella.

Las disposiciones auténticas no se generan por mera exposición. Se puede exponer a todos los alumnos de todas las universidades del mundo a los cursos más profundos sobre la condición humana, se les puede exigir que hagan 500 horas intensivas de formación humanística con los mejores profesores del mundo, con magos de la palabra y encantadores legendarios de mentes jóvenes, y que no se lleven más que la tematización interesantísima de lo significativo y unas cuantas ideas profundas para entretenerse antes de dormir.

La exposición a las Humanidades, a la Filosofía, con su carnaval de belleza y significado, puede a uno no dejarle nada. De hecho, a uno puede hacerlo también bastante infame. Uno aprende muchísimo de cómo ser más soberbio leyendo a Nietzsche; cómo justificar su irresponsabilidad leyendo a Arendt hablar de Eichmann; o lo bien que uno puede alienarse de sí mismo por el pensamiento objetivo si lee el Postscriptum de Kierkegaard; o las formas en que uno puede ser una peste de amigo aprendiendo de Cicerón. Quiero decir que la Filosofía, oh purísima, no es capaz por sí de provocar en el otro lo único que la relaciona positivamente con los individuos que a ella se exponen: el movimiento interior de apropiación de su sentido. Sin duda, uno puede ser un vil-hijo-de-mala-madre especialista en cierto tratado platónico del Renacimiento italiano sobre el amor.

La formación humanística no tiene su origen en ningún tratado, en ninguna obra ni en tesis clavadas en una puerta catedralicia. El gesto primero de la Filosofía está fuera de sí, y es lo único que la hace humana. El más radical, absoluto e incuestionable movimiento que uno debe hacer por el otro es recordarle sin ninguna clase de pudor, sin descreimiento, sin reserva ni temor, que su vida depende irremisiblemente de sí mismo.

Las preguntas por el sentido, el amor, la amistad, la belleza, el bien, incluso la tortura, sólo tienen valor cuando se despierta en el otro el espíritu de la apropiación, cuando el otro comprende que no importa el "tema", lo "interesante", lo "culto", el "sentido", sino que, a cada uno, como escribió el viejo Heidegger, "le va su ser" en estos problemas, que la vida propia está inexorablemente jugada en estas cuestiones y que la lucidez sobre ellas es más imperiosa que saber cuál es la última forma de desarrollar código en Python.

No tiene que ver, en todo caso, con cultivar el entusiasmo o las famosas "ganas de aprender" ni de entender lo interesantes que son ciertos temas. Lo interesante es una categoría más bien patética de nuestro tiempo.

Se trata de recordarle al otro que las preguntas fundamentales sólo se muestran como tales cuando se ha recobrado la comprensión irremisible de que la vida propia, el devenir de la propia alma, está decisivamente en juego en la comprensión de estos problemas. Lo demás, me parece, es mera filosofía, una cuestión de meras humanidades.
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