Tecnología en el aula: lecciones de la economía de la educación
Dos estudios recientes, uno sobre la prohibición de celulares y otro sobre el uso de la IA, coinciden en una misma lección económica: dar acceso a la tecnología en el aula no garantiza el aprendizaje.
¿Los celulares y la Inteligencia Artificial mejoran o empeoran el aprendizaje? Esta pregunta suele discutirse desde la pedagogía: qué metodología de enseñanza usar, cómo motivar a los alumnos, qué rol cumple el docente. Pero hay otra manera de mirar el problema, la de la economía de la educación: tratar a la tecnología como un insumo más de la función de producción educativa, igual que el tiempo de clase o la calidad docente, y preguntarse cuál es su retorno causal. Dos investigaciones recientes, realizadas en países latinoamericanos contextos parecidos a nuestro país permiten responder la pregunta inicial con evidencia rigurosa, no con intuiciones.
El celular que juega en contra
Guilherme Lichand (Stanford), junto a Luca Moreno-Louzada, Thiago da Costa y Matthew Gentzkow, estudiaron en un documento de trabajo del NBER la prohibición de celulares implementada en las escuelas municipales de Río de Janeiro, la red escolar más grande de América Latina, con más de 650 mil estudiantes en 1.557 escuelas. La prohibición se aplicó en dos etapas: primero solo dentro del aula (2023), luego durante toda la jornada escolar (2024).
Como no todas las escuelas partían del mismo punto algunas ya tenían reglas estrictas antes de la prohibición municipal y otras no los investigadores compararon la evolución de los puntajes de las pruebas de matemáticas y lenguaje según la exposición de la escuela al cambio de política. Resultado: en las escuelas donde más cayó el uso del celular, los puntajes de matemática y portugués subieron significativamente respecto al grupo de control. El efecto se concentra en los grados 7 y 8 (niños entre 11 y 13 años de edad), justo donde el uso de celulares era más alto.
La lección económica aquí es simple: el celular en el aula compite por un recurso escaso la atención del estudiante sin producir ningún insumo educativo a cambio. Retirarlo no cuesta presupuesto adicional y genera un retorno medible.
La inteligencia artificial que no alcanza por sí sola
El segundo estudio, de Sebastián Gallegos (UAI Business School, y HCEO - University of Chicago), tiene una lógica distinta. En un curso universitario de econometría en Chile dictado en siete secciones coordinadas, se diseñó un asistente de inteligencia artificial entrenado con los materiales del curso y se hicieron dos experimentos aleatorizados con cerca de 300 estudiantes.
En el primero, se animó a un grupo de estudiantes a adoptar la herramienta antes del parcial, mediante correos de recordatorio. La adopción y el uso subieron, pero el desempeño en el examen no mejoró: el efecto fue estadísticamente nulo. Tener acceso a la IA, promocionada sin más instrucciones, no bastó.
La inteligencia artificial que sí funciona
El segundo experimento fue distinto: antes del examen final, un grupo de estudiantes recibió no un incentivo para usar la IA, sino orientación concreta sobre cómo usarla pedirle que actúe como tutor, generar preguntas de práctica, verificar respuestas paso a paso en lugar de usarla simplemente para obtener soluciones. Este segundo grupo mejoró su desempeño en el examen final, y aumentó la probabilidad de aprobar el curso. La mejora se concentró en las preguntas de respuesta abierta, que exigen razonamiento estructurado, y no en las de opción múltiple. Este patrón es coherente con el diseño de la intervención de orientación en el uso de la IA, que hacía hincapié en el razonamiento estructurado y la resolución de problemas paso a paso.
Es decir: la misma herramienta, con la misma disponibilidad para todos los estudiantes, produjo un efecto nulo cuando el insumo fue solo "acceso", y un efecto grande y significativo cuando el insumo fue "acceso más una guía sobre cómo usarla bien".
Qué nos dice la economía de la educación
Ambos estudios usan diseños que permiten evaluar científicamente el efecto de una intervención: un cuasi-experimento natural en Río de Janeiro (unas escuelas prohibieron uso del celular y otras no, entonces aprovecharon a compararlas), y experimentos en Chile (por sorteo, unos alumnos reciben acceso a IA o acceso a IA más enseñanza de cómo usar esa IA. Ambos estudios llegan a una misma conclusión desde ángulos opuestos: el acceso a la tecnología no garantiza el aprendizaje; su efecto depende de con qué otros insumos se combina. El celular sin supervisión resta porque compite con la atención sin sustituto pedagógico. La inteligencia artificial sin guía no suma porque los estudiantes tienden a usarla como atajo en vez de como tutor. Pero la inteligencia artificial acompañada de instrucciones de uso sí genera aprendizaje adicional, con un costo marginal bajísimo comparado con contratar más profesores o tutores humanos.
Hasta el momento se sabía poco sobre el efecto de los celulares en países en desarrollo y sobre la IA en el aula universitaria. Los estudios citados, realizados en Brasil y Chile, son un aporte potente a la economía de la educación.
No alcanza con preguntar si se permite o se prohíbe una tecnología en clase. Hay que preguntar qué insumo complementario unas reglas de uso, una guía, una capacitación docente transforma el acceso a esa tecnología en aprendizaje efectivo. Ese insumo complementario, casi siempre barato frente al costo de contratar más horas docentes o tutorías individuales, es lo que separa una política costo-efectiva de otra que solo cambia el paisaje del aula sin cambiar sus resultados.