Seamos todos rescatistas
Hoy es difícil escribir
Hoy es difícil escribir. Ese nudo que sube del pecho parece quitarnos el aire y se nos nubla la vista. El espantoso terremoto del lunes temprano, de 7,4 de intensidad en la escala de Richter, nos marcará para siempre como país, como personas y como sociedad. Varias generaciones recordarán ese minuto y medio eterno, entre la impotencia y el miedo, mientras la tierra nos sacudía sin piedad y todo alrededor, casas, edificios se mecían como árboles al viento. Después, cada noticia ha sido más dura que la otra y cada tragedia humana más dolorosa que la anterior. El balance día a día conmueve más: ayer, según la UNGRD, la misma que saqueó el gobierno pasado, iban 281 fallecidos, 3.971 heridos y 379 desaparecidos. Y medio país quedó afectado. Desde el lunes estamos entre lágrimas de sal y de dulce: alegría por la recuperación de vidas y dolor por las pérdidas de otras. La tragedia de la familia Saavedra Caicedo, en Cali, que estremece todas nuestras fibras, simboliza la desolación que estamos viviendo. Jairo Saavedra, un hombre alegre, salsómano, pachanguero, y su esposa, Victoria Caicedo, fallecieron abrazados bajo ese edificio donde se amaron y celebraron grados y cumpleaños de sus trillizas. Junto con ellos fallecieron Sofía e Isabella y un tío. Ana María se recupera en una clínica. Quizás la Virgen María, su tocaya, la acompañe siempre y le dé mucho valor. Como a centenares de personas más. Afrontamos una tragedia nacional que nos plantea que la vida es frágil y breve y debemos saberla aprovechar. Pero también vemos un país de seres humanos en su mayoría maravillosos, llenos de solidaridad, humanidad y coraje. Me pongo de pie ante los rescatistas y miembros de nuestras Fuerzas Armadas que casi no duermen y siguen como ángeles, con sus perros amorosos buscando vidas, que a veces surgen de los escombros como un milagro. Está en pie una sociedad civil, junto a los expertos en cada lugar; otros, aportando, donando sangre, la que se necesite, y en especie y en dinero. O montando ollas comunitarias y dando consuelo. Varios futbolistas, encabezados por el generoso Jhon Arias, han hecho un toque toque de corazones y enviaron importantes aportes. Los empresarios se metieron la mano al dril. La vaca de la Andi estaba ayer en cerca de 200.000 millones. Los gobiernos nacional y seccionales han reaccionado bien y unidos. Todo eso reconforta. Pero el terremoto también derrumbó ese velo gris con el que muchos gobiernos han escondido una triste realidad. Hay municipios del Chocó, por ejemplo, a los que solo visita la pobreza. Nadie los tiene en cuenta en sus planes; sin agua potable, con hospitales a varios días de distancia. Y qué tal la vergüenza de Buenaventura, nuestro gran puerto, con una red hospitalaria colapsada. ¿Qué pensarán los del gobierno saliente ante esta tragedia con el sistema de salud del sísmico shu, shu, shu que nos dejaron? Se han perdido muchas vidas, billones en bienes materias, pero no la berraquera. Este pueblo admirable que no se doblega, merece y espera una reconstrucción seria, que sea realidad la descentralización anunciada que lleve el Estado a los pueblos a los que no ha ido, con servicios, con vías, con acompañamiento, con seguridad y salud, física y mental. Es la hora de la unidad, de que el Gobierno y los privados trabajen de la mano. Partidos políticos, congresistas, miren a este pueblo que representan, con muchos a la intemperie, el dolor y la incertidumbre. Es el momento de dejar las ambiciones personales y reconstruir el rumbo de este país. Ustedes, con el Gobierno, sin colores políticos, solo con el color de la esperanza, pueden ser los rescatistas nacionales. Todos podemos serlo. No olviden que ningún bien material está por encima de la gratitud. Lo más grande de una vida pública es ganarse un aplauso. luioch@eltiempo.com
El arca de Noé
Luis Noé Ochoa